Trump no es un loco lobo solitario. Los poderosos del mundo que han provocado todos estos problemas no están dispuestos a ceder un solo dólar para evitar las consecuencias del propio sistema que crearon.

Donald Trump no es un capricho individual ni un cable suelto de la política mundial. El “trumpismo” es más que Trump y, la “motosierra”, es un plan delicadamente diseñado para mantener el poder global de los magnates norteamericanos.

Frente a la pérdida de influencia del dólar, el estancamiento industrial de EEUU y la pérdida de hegemonía en la economía global, multimillonarios y banqueros norteamericanos crearon hace décadas la “Fundación Heritage” con el propósito de coordinar una ofensiva política frente a su propia crisis.

Este laboratorio del pensamiento ultraderechista ha presentado su última propuesta -el “Proyecto 2025”- con las tareas urgentes para desacoplar China de la economía norteamericana, “deconstruir el Estado administrativo” y que “el sector privado fije los estándares”.

Si una de las primeras medidas de Trump fue abandonar el Acuerdo de París, la decisión no fue por capricho personal. El “Proyecto 2025” propone aumentar el consumo de combustibles fósiles, eliminando las restricciones sobre la industria del petróleo, el gas, el carbón y el “fracking”.

Representantes de las industrias más afectadas por las políticas contra el cambio climático como Exxon Mobil, Shell Usa o Red Koch, han sido financistas de la “Fundación Heritage” y de la campaña presidencial de Trump. Así, detener la ley que protegería a los trabajadores mineros contra la sílice no es un simple descuido.

Trump no es un outsider de la historia, sino el vocero de un grupo de magnates que saben perfectamente lo que hacen. Si sumamos el patrimonio económico de quienes integran su gabinete presidencial, éste supera el PIB de 174 países, incluyendo a Elon Musk. Tal como señalaba Milton Friedman, “hay una cortina de humo detrás de cada programa de gobierno” y para disipar los intereses de Trump, es preciso dilucidar el contexto.

El premio nobel de economía, Joseph Stiglitz, afirma que “ahora que la globalización ha tocado techo, solo podemos esperar que nos vaya mejor gestionando su declive, que su ascenso”. Y es que luego del Covid-19, la inflación y la guerra en Ucrania, se aceleró la disputa entre los ricos del mundo frente a las fallas estructurales de un modelo global del que ellos mismos han sido los responsables.

Desde los tiempos de Margaret Thatcher, la especulación financiera aumentó exponencialmente la volatilidad de los mercados. Según el FMI, desde 1970 arrastramos 450 crisis financieras en todo el mundo y competidores como China multiplican el riesgo. Además, el modelo impulsado por EE.UU ha provocado que la deuda mundial de los países ya represente 2.5 veces el PIB mundial; monto que si se paga, hunde por completo las economías, pero si sigue aumentando, explota una crisis generalizada de improductividad.

Por otro lado, tener demasiado en pocas manos también se vuelve una amenaza para sus propios mercados. Contamos con la mayor concentración de riqueza de toda la historia de la humanidad, donde los más ricos consumen menos en proporción a su ingreso y, a la inversa, los más pobres consumen todo y más, mediante deudas. Reducido el poder adquisitivo de las grandes mayorías, el resultado son menos ventas, menos rentabilidad, menos empleo y más estancamiento económico.

Ambientalmente este modelo ya rompió sus límites desde los 80, consumiendo recursos naturales por encima de su capacidad de renovación. Desde la Cumbre de Río hasta el Acuerdo de París, los Estados consensuaron disminuir los combustibles fósiles, pero las grandes empresas enfrentan una paradoja: soportar normas ambientales cuesta mucho dinero, aunque evitarlas resulta extremadamente caro y fatal para la humanidad.

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En resumen, las fallas del modelo económico obligaron a las élites de EE.UU a replantearse su rol y jugar nuevas cartas. El bombardeo a Venezuela, las amenazas para anexar Canadá, Groenlandia o Panamá, son la cara geopolítica de la “motosierra” comandada por la “Fundación Heritage”, cuyo objetivo declarado públicamente es “institucionalizar el trumpismo”.

A nivel interno, la “motosierra” se expresa de la siguiente forma. La ley de presupuesto del 2025 de Trump es la mayor transferencia de riqueza de los pobres a los ricos en una sola ley en la historia de EEUU. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, un órgano independiente, el 1% más rico obtendrá un beneficio de 390 mil millones USD anuales.

Al contrario de lo que se piensa, las políticas de recorte en EE.UU han aumentado la deuda y los intereses en beneficio de los bancos. En sus primeros 100 días del segundo mandato, Trump aumentó el gasto público un 6% y la deuda pública en 400 mil millones USD. La rebaja de impuestos corporativos y el recorte del gasto social vino acompañado de más gasto militar (el 2024 representó el 37% del gasto militar mundial), en una ecuación similar a lo realizado por la Alemania Nazi, previo a la ejecución de su política expansionista.

Vuelvo al principio, Trump no es un loco lobo solitario. Los poderosos del mundo que han provocado todos estos problemas no están dispuestos a ceder un solo dólar para evitar las consecuencias del propio sistema que crearon.

Imponer el totalitarismo del mercado les será imposible de lograr respetando la soberanía, la libertad de los países y las reglas que se crearon para mantener la paz luego de dos guerras mundiales. “Cagar a patadas en el culo a keynesianos y colectivistas hijos de p*ta”, sostiene su socio Milei. Para sostener su poder, los magnates necesitarán agredir a los aliados, visibilizar su supremacía militar y hacerla valer.

Abrazar los valores humanistas y resistir es una urgencia. En Chile, con un gobierno que asumirá alineado con Trump, desmontar el mayor fraude intelectual de la historia de la ultraderecha será nuestro trabajo.