El desafío más complejo ya no es la falta de datos, sino cómo organizarlos, ponerlos a disposición de manera clara y oportuna, y lograr que ellos conversen para que se transformen en una herramienta concreta de gestión de la respuesta a emergencias por parte de los tomadores de decisiones.

La tragedia del Biobío generada por el incendio forestal que arrasó amplios sectores de Penco y Tomé no solo interpela desde la urgencia, sino que obliga a distinguir con claridad qué tipos de decisiones están en juego antes, durante y después de un desastre.

Cada temporada de incendios tensiona a las instituciones públicas, a los equipos de emergencia y a los territorios, pero también expone límites estructurales en la forma en que se produce, interpreta y utiliza la información. En ese contexto, resulta pertinente preguntarse —sin asumir respuestas obvias— qué puede y qué no puede aportar la ciencia de datos a los tomadores de decisión cuando cada minuto cuenta.

Desatada la catástrofe el tiempo siempre apremia, pero no todas las decisiones requieren el mismo nivel de precisión ni enfrentan los mismos riesgos. En los incendios forestales, la contención del fuego convive con la necesidad de responder a personas afectadas en condiciones de alta incertidumbre.

Como lo vimos en Penco, es imposible entrar de inmediato a territorios siniestrados, menos aún estar en cada barrio afectado de manera simultánea, y se requiere de tiempo para el necesario levantamiento de información en terreno sobre cuántos, quiénes y dónde están las personas afectadas.

En este escenario, la tecnología y la ciencia de ciudad permiten construir aproximaciones tempranas sobre las potenciales afectaciones. La integración de información geoespacial, demográfica y urbana en tiempo cercano al real abre posibilidades relevantes.

El desafío más complejo ya no es la falta de datos, sino cómo organizarlos, ponerlos a disposición de manera clara y oportuna, y lograr que ellos conversen para que se transformen en una herramienta concreta de gestión de la respuesta a emergencias por parte de los tomadores de decisiones.

Contar tempranamente con estimaciones sobre población potencialmente afectada, rangos etarios, condiciones de vulnerabilidad socioeconómica o infraestructura crítica expuesta puede orientar prioridades iniciales, siempre que se entienda como un insumo preliminar y no como una fotografía definitiva del daño.

El monitoreo satelital extensivo permite anticipar escenarios antes de que los equipos asistenciales lleguen a terreno, iniciando la gestión de la respuesta de forma anticipada, ganando tiempo y reduciendo la exposición de los afectados a más situaciones urgentes.

Variables como conectividad, concentración de niños, personas mayores o vecinos con movilidad reducida pueden y deben estar mapeadas previamente en zonas de riesgo. Sin embargo, su valor no radica solo en existir, sino en estar asociadas a protocolos claros: qué decisiones cambian si esa información está disponible a los 30 minutos y no a las seis horas. Esa información no reemplaza el conocimiento territorial de autoridades y equipos de emergencia, sino que lo complementa y operacionaliza.

Ese es el espíritu del visor público desarrollado por City Lab Biobío junto a Deep-Hub e Imagine-IT, que articula datos provenientes de satélites de NASA, INE, Censo 2024, IDE Chile, SENAPRED y Waze, entre otros. La plataforma no pretende sustituir los reportes oficiales ni operar como sistema de comando, sino ofrecer una lectura territorial integrada que ayude a anticipar posibles impactos y a formular preguntas informadas en etapas tempranas de la emergencia. Su utilidad, por tanto, depende de cómo y por quién sea utilizada.

Este esfuerzo tiene también una dimensión pública que no está exenta de tensiones. Hacer accesible esta información permite el escrutinio ciudadano y puede mejorar la comprensión sobre una emergencia, pero la visualización nunca es neutra: selecciona, simplifica y encuadra.

Asumir esa limitación es parte de la transparencia. Una mejor lectura territorial no garantiza consenso ni comprensión automática, pero sí abre la posibilidad de una discusión pública más informada sobre la magnitud del desafío y las decisiones que implica gestionarlo.

Fernando Pérez Barrientos
Director principal de City Lab Biobío

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