Y es que la sola existencia de ese prejuicio con respecto al arte y el sexo es razón suficiente y de peso para abordarlo como un problema cultural.

El pasado 1 de febrero la periodista y activista de extrema derecha María José Olea inició una campaña contra la muestra de cine y placeres críticos Excéntrico, que acaba de finalizar su 7ma edición en la ciudad de Valparaíso.

En un video subido a en la red social X, la egresada de la Pontificia Universidad Católica -centro educativo confesional que recibe cuantiosos fondos públicos- se muestra indignada de que nuestros impuestos financien una muestra de cine explícito. Sin haber visto ninguna de las películas en cuestión, la influencer enumera algunos títulos sabrosos que -desde su perspectiva- dejarían en evidencia el carácter no artístico de los mismos y finaliza haciendo un llamado a la denuncia viral.

La estrategia cumplió su objetivo: los medios de comunicación hegemónicos replicaron la “denuncia” y la derecha oficial se plegó a la campaña llegando al absurdo de exigir la salida de la ministra de Cultura, que probablemente no se había enterado de que este festival era uno de los cientos o miles de proyectos financiados.

Hay que detenerse en el punto central de Olea y que se intenta imponer como sentido común: una obra que incluya representaciones sexuales explícitas no merece ser llamada arte y no tendría derecho a obtener financiamiento público. Si la periodista UC estuviera en lo cierto se tendría que reescribir toda la historia del arte y quitar cualquier referencia al famoso “Origen del mundo” de Courbet, a las fotografías de Robert Mapplethorpe o a los bajorrelieves del Kama Sutra en los templos de Khajuraho en la India. A lo que hemos llegado…

Y es que la sola existencia de ese prejuicio con respecto al arte y el sexo es razón suficiente y de peso para abordarlo como un problema cultural. El cine, lejos de ser un terreno de libertad creativa total, es un campo de producción cultural sometido a convenciones o normas que regulan especialmente la manera como se representa la sexualidad.

Salvo contadas excepciones, esta regla sustenta y distribuye una dicotomía radical entre lo que consideramos como “cine” propiamente tal y la “pornografía”, que hoy opera como una industria a la vez rentable y socialmente subvalorada, cuyos contenidos se concentran específicamente en el acto sexual, ese resto que el cine legitimado excluye.

Desde el feminismo también existe un largo recorrido de debates sobre el porno, entre las posiciones pro censura y las pro sexo que reivindican la apropiación crítica de la pornografía. Y de estos debates deriva lo que hoy se conoce como “post pornografía”, producciones artísticas experimentales que muchas veces abordan lo pornográfico sin siquiera contener material sexualmente explícito.

Entonces, teniendo todo esto en cuenta es evidente que estamos ante un asunto cultural. Ese asunto cultural es precisamente lo que aborda el festival Excéntrico. Lo viene haciendo hace 7 temporadas de una forma profesional y seria, a tal punto que ha sido seleccionado en dos concursos públicos del Ministerio de Cultura tras procesos de evaluación realizados por paneles de profesionales expertos e independientes.

Todo lo que describo no es nada nuevo; se sabe hace tiempo. Pero, así y todo, la derecha nos tiene presenciando y padeciendo una polémica artificial que impresiona por lo burda y anticuada que es. Casi como un flashback, en pleno 2026 se nos vienen a la mente la censura de “La última tentación de Cristo”, o el retiro de las revistas porno del centro de Santiago, ocurridos décadas atrás. Entre tanta telaraña y olor a naftalina, tal vez lo único novedoso es que ya no son los militares ni los curas quienes lideran la campaña reaccionaria, sino una periodista cuica y pechoña desde X.

Que esto suceda ad portas del inicio del gobierno de José Antonio Kast es alarmante, pues anticipa lo que podría ser un grave retroceso cultural determinado por personajes ultraconservadores que nadie eligió, pero que demuestran tener una gran tribuna en RRSS e influencia en la agenda política de los partidos que serán oficialismo.

Como artista visual y ciudadano chileno adulto que paga impuestos, me parece impresentable que nuestro país le regale cantidades gigantescas de dinero público a colegios y universidades católicos o evangélicos para que promuevan sus ideologías religiosas.

Y resulta más grave aún que personas egresadas de esos colegios o universidades estén ahora promoviendo campañas para quitarle a los artistas, a las minorías sexuales o a los académicos que investigan acerca de la sexualidad, los pocos recursos que tanto ha costado obtener. La sexualidad humana es parte fundamental de lo que llamamos “cultura” y no se puede permitir que el nuevo gobierno ponga eso en cuestión.

Felipe Rivas San Martín
Artista visual
Investigador postdoctoral Universitat Autònoma de Barcelona

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