Para países medianos como Chile, entender este cambio a tiempo no es una opción, sino una condición de viabilidad.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China, iniciada durante el primer mandato de Donald Trump y prolongada, sin mayores matices, bajo la administración de Joe Biden, fue mucho más que una disputa arancelaria. Constituyó el punto de quiebre de un orden internacional que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se había articulado en torno a reglas compartidas, instituciones multilaterales y una razonable expectativa de previsibilidad.

A partir de ese conflicto, la lógica de la competencia estratégica se expandió hacia otros ámbitos: la tecnología, los minerales críticos, las cadenas de suministro y, más recientemente, el control de territorios y espacios estratégicos.

El Canal de Panamá o Groenlandia dejaron de ser referencias geográficas para transformarse en activos explícitos de poder y la agresión de Rusia contra Ucrania el primer anuncio de una nueva era en este renovado campo de la geopolítica. El cambio o condicionamiento de regímenes considerados adversos (Venezuela), pasó a integrar el repertorio de opciones. Nos guste o no admitirlo, la geopolítica y la geoeconomía han recuperado una centralidad que no conocíamos desde hace al menos ocho décadas.

Este proceso ha tensionado el sistema internacional hasta niveles desconocidos en décadas. Pero lo más relevante no es la crispación, sino la mutación de fondo que revela.

Lee también...

Bajo el liderazgo de Trump —y con una continuidad que trasciende su figura— Estados Unidos está redefiniendo su rol global. La diplomacia misional, orientada a la promoción de valores universales y al fortalecimiento del multilateralismo, ha sido desplazada por una diplomacia de interés nacional explícito, transaccional y pragmática, donde cada movimiento se evalúa por su rentabilidad inmediata.

La reciente intervención estadounidense en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y trasladarlo a tribunales de Nueva York, bajo cargos de narcoterrorismo, terminó por confirmar esta tendencia.

Más allá del juicio político y moral que merece la dictadura venezolana, el episodio dejó en evidencia el deterioro del orden internacional basado en reglas. Principios como la soberanía territorial, la no intervención o incluso la autodeterminación de los pueblos quedaron subordinados a una lógica de poder que privilegia el resultado por sobre el procedimiento. No se invocó la democracia; se invocó la seguridad y el interés nacional.

Lejos de ser un hecho aislado, la operación en Venezuela se inserta en un rediseño estratégico más amplio, determinado por la competencia con China. Asegurar el control del hemisferio occidental, garantizar el acceso a recursos energéticos y minerales críticos, y limitar la presencia de potencias extrahemisféricas se ha vuelto prioritario para Washington. En ese contexto, el derecho internacional se estira y contrae según las circunstancias, y las alianzas tradicionales ingresan en una zona de creciente incertidumbre.

Chile y el fin de una era

Para Chile, este “fin de una era” no es una abstracción académica. Obliga a una revisión urgente de nuestros activos y pasivos estratégicos.

El valor del territorio, la proyección antártica, el control de cadenas logísticas estratégicas en el norte, la riqueza en cobre y litio, junto a la solidez de nuestra institucionalidad democrática y nuestra cohesión social, adquieren una relevancia renovada. En un mundo menos regulado y más transaccional, estos atributos dejan de ser supuestos y pasan a convertirse en variables de poder.

Chile ha construido históricamente su inserción internacional sobre la base del respeto al derecho internacional y del multilateralismo. Esa opción no pierde vigencia ni debe abandonarse. Pero ya no es suficiente.

Lee también...
Nosotros y el (des)orden global Sábado 17 Enero, 2026 | 08:30

El nuevo escenario exige complementar principios con realismo estratégico: fortalecer capacidades estatales en defensa, inteligencia y política exterior; proteger activos críticos; diversificar asociaciones sin ingenuidad; y evaluar las decisiones de largo plazo incorporando variables geopolíticas que durante años fueron deliberadamente ignoradas.

No estamos frente a una crisis coyuntural, sino ante el fin de una era. El orden que conocimos se desvanece y otro —más áspero, más competitivo y menos predecible— comienza a consolidarse.

Para países medianos como Chile, entender este cambio a tiempo no es una opción, sino una condición de viabilidad. Repensar nuestras relaciones vecinales, afirmar sociedades estratégicas, proyectar con claridad nuestros intereses y asumir que el poder vuelve a importar es hoy una tarea ineludible. Ignorar esta realidad no nos preservará de sus efectos; solo nos dejará más expuestos frente a ellos.