Concepción, desde su condición de enclave geográfico, está de alguna manera definida por cuerpos de agua en distintas magnitudes. Esteros, canales, humedales, lagunas, ríos, estuarios, mar, dan forma a cómo nos relacionamos con el territorio.

Hace 9.000 años nuestro territorio era un territorio fundamentalmente de agua. Lo que hoy conocemos como Talcahuano y Hualpén eran islas, y el suelo desde donde se funda Concepción era totalmente acuoso, parte del mar que se fusionaba con el río Biobío. Poco a poco los sedimentos fueron configurando la planicie que habitamos, en diálogo con las islas que hoy las entendemos como cerros, y que han perdurado.

En este proceso, se ha ido editando nuestro territorio, no sólo desde el paleocauce de hace miles de años, sino en nuestra historia más reciente, desde la desembocadura del río Andalién que se ha ido redibujando, hasta la creación natural de humedales, o, por ejemplo, la desaparición de la laguna Los Negros, variando con el paso del tiempo nuestro ecosistema.

Sin embargo, la memoria del agua no sólo tiene que ver con una mirada histórica, sino también, desde esa memoria que cada tanto aparece con diversos eventos y que nos recuerdan que nuestros suelos se formaron recientemente sobre agua, y que nuestro territorio es hídrico. Las más evidentes y de mayor impacto son las inundaciones, como las crecidas del año 2006 en diversas zonas del Gran Concepción, o los tsunamis, como el del año 1835, o recientemente el del año 2010.

Pero también, hay una memoria más silenciosa, que encontramos a poca profundidad en lo extenso de nuestro suelo. Actualmente los ríos Biobío y Andalién se conectan por el eje Carrera subterráneamente por la presencia de paleocauce, encontrando agua a poco más de 1 metro de profundidad, dando cuenta de nuestra historia.

No es novedad que nos enfrentamos a un cambio climático que nos está obligando a cambiar radicalmente nuestra manera de habitar los territorios. En nuestro caso, en Concepción, cuando hablamos de crisis hídrica, no podemos sólo pensar en la posibilidad futura de sequía, sino también, desde una revisión de qué hemos hecho en nuestro territorio, que tiene memoria, y cómo nos proyectamos desde una mirada sensible y coherente. Es decir, no es sólo un problema hídrico en cuestión, es un problema biológico, ecológico, y es, por tanto, un problema ecosistémico.

Cómo avanzamos desde esa memoria que ha ido desarrollando un variado ecosistema en humedales, lagunas, esteros, pero también desde esa memoria futura, que nos permite proyectar inundaciones para que se den de manera natural, minimizando el impacto en nuestro habitar.

Esto no significa aislar, excluir o no relacionar, esto significa pensar y diseñar el cómo debemos cohabitar en un territorio desde los componentes naturales y su ecosistema, y las dinámicas antrópicas. Cohabitar desde la complejidad de nuestro territorio, desde los cuerpos hídricos, desde la memoria del agua, pero no sólo como una condición líquida, sino más bien, con toda la biodiversidad que estos cuerpos generan.

Avanzar sobre este punto es avanzar sobre nuestra lógica de entender cómo habitar los territorios. No podemos mantenernos de la misma manera. Desde cómo cotidianamente nos relacionamos culturalmente con nuestro diverso ecosistema, hasta nuestra visión de territorio urbano y sus instrumentos de planificación en diversas escalas, los que debiesen garantizar la cohabitación desde lo natural hacia lo antrópico. Debemos entender que, esta memoria del agua, es parte de nuestra definición más esencial como ciudad y debiese marcar nuestra ruta futura.