Desde que se declaró la pandemia, internet se volvió crucial para las personas que necesitan continuar con sus actividades laborales, académicas y de ocio.

Cambiaron las dinámicas familiares; por ejemplo, en cada hogar se tuvieron que buscar espacios para encontrar una buena señal o un ambiente libre de ruidos. En ese buscar “su lugar” niños y jóvenes comenzaron a pasar más tiempo en sus dormitorios participando de clases virtuales, realizando trabajos grupales y, también, muchos de ellos jugando en línea o revisando sus redes sociales, haciendo parecer que estaban en una burbuja libre de los peligros externos.

Sin embargo, esta “burbuja” manifestó sus peligros, pues en la soledad de los dormitorios se evidenciaron los peligros propios de internet, como ciberbullying, grooming, acoso, funas y tantos otros que acarrean consecuencias irreparables a quienes las padecen.

Internet es un mundo virtual que tiene detrás de cada pantalla una persona que no siempre cuenta con buenas intenciones y, por lo mismo, se aprovecha de la vulnerabilidad de niños y jóvenes. Como el grooming, que consiste en adultos pervertidos que utilizan esta vía para acosar sexualmente a niños y jóvenes que pasan largos ratos solos en línea.

Frente a esta situación, es clave la figura de un adulto responsable que esté advirtiendo, mostrando y conversando con sus hijos sobre los peligros de esta plataforma, para cuidarlos. Es cierto que los niños nos llevan la delantera respecto al uso de la tecnología, pero se debe distinguir el significado del saber hacer y el saber cuidarse. No deleguemos esa responsabilidad en ellos, pues el cuidarse se aprende y la mejor forma es hacerlo en el seno familiar.

El mundo online ya es parte de sus vidas, así pues, cuando un adulto se acerca a la tecnología se acerca también al niño; la invitación es a repensar la relación que tenemos con ellos y con la virtualidad.

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