Esta no es una columna para la complacencia. Es un basta ya, basta de impunidad y normalizar la barbarie.

Hay líneas que un país jamás debería cruzar. Chile las está cruzando.

Mientras voluntarios de Bomberos combatían incendios forestales en el sur del país, fueron apedreados, amenazados e incluso intimidados con disparos.

En Angol, el propio Cuerpo de Bomberos denunció que sus equipos fueron blanco de armas de fuego mientras intentaban contener el avance del fuego. No fue un exceso aislado ni un desborde circunstancial: fue una agresión directa contra quienes, sin sueldo ni privilegios, arriesgan la vida para salvar las nuestras.

Cuando se ataca a Bomberos de Chile, algo se rompe en la base moral de la República.

En ese mismo contexto, se conoció la detención de un hombre de alrededor de 50 años, sorprendido presuntamente intentando iniciar un foco de incendio en Penco, en plena emergencia.

El caso está hoy en manos del Ministerio Público y será la justicia la que determine su eventual responsabilidad penal. Pero el hecho instala una pregunta que incomoda y que no puede seguir esquivándose: ¿Por qué en Chile parece tan fácil incendiar y tan difícil castigar?

No estamos frente a una fatalidad inevitable

La Corporación Nacional Forestal (Conaf), junto a otras entidades técnicas, ha sido consistente durante años en advertir que la vasta mayoría de los incendios forestales en Chile -más del 95%- se originan en actividades humanas.

Accidentes, negligencias graves, fogatas mal apagadas, faenas productivas irresponsables y, también, conductas intencionales ligadas al vandalismo o a intereses mezquinos. Ese dato no es coyuntural: es estructural.

Por eso, cuando hoy contamos 20 personas fallecidas, más de 7.000 damnificados y cerca de 600 viviendas reducidas a cenizas, no basta con lamentar la tragedia. Aquí hay responsabilidades que superan al clima y apuntan directamente al comportamiento humano y a la capacidad -o incapacidad- del Estado para imponer disuasión, control y autoridad.

Frente a la infamia, sin embargo, Chile vuelve a mostrar su mejor rostro.

Bomberos que rescatan bebés mientras el fuego avanza sin control. Voluntarios que viajan desde Santiago, desde Valdivia y desde múltiples regiones para apoyar a sus pares del Biobío y Ñuble.

Y ciudadanos que, aun con todo perdido, comienzan a reconstruir con lo puesto, sin esperar anuncios ni promesas. Como en el mito del ave Fénix, se levantan desde las cenizas. Ese es el Chile que une, que trabaja y que resiste.

Y entonces surge la pregunta inevitable. La que no aparece en los informes ni en las vocerías.

¿Quién está detrás de todo esto? ¿Dónde están los miserables que prenden fuego y luego se esconden? ¿Quiénes son los criminales que atacan a bomberos, que disparan, que apedrean, que celebran el caos? ¿Cuál es la mente infame, enferma, que escribe este guion macabro mientras familias enteras lo pierden todo?

No se trata solo de apagar incendios. Se trata de identificar, enfrentar y erradicar a quienes hacen del fuego un método y del miedo una estrategia.

Esta no es una columna para la complacencia. Es un basta ya, basta de impunidad y normalizar la barbarie.

Chile no puede resignarse a arder cada verano ni a convivir con la infamia. O se enfrenta esta realidad con decisión, autoridad y sanción efectiva, o seguiremos contando muertos, damnificados y cenizas.

Y eso, sencillamente, sigue siendo inaceptable.