Hace 81 años moría el padre del psicoanálisis y hace 90 publicaba un libro esencial “El malestar en la cultura”. Aquí un resumen de sus ideas sobre la sociedad y el hombre.

Si queremos entender la visión freudiana de la sociedad y la cultura humana tendremos que acudir a tres obras magistrales: “Tótem y tabú” (1913), “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921) y “El malestar en la cultura” (1930). De entrada, las tres obras inciden en aspectos muy diversos, pero puestas en un determinado orden proyectan una imagen muy completa y profunda de todo lo humano. Nos centraremos especialmente en el estudio de “El malestar en la cultura”, ya que se trata del diagnóstico más imponente de la cultura realizado por Freud y el que ha marcado más el pensamiento filosófico y sociológico contemporáneo.

“El malestar en la cultura” postula inicialmente una idea difícil de cuestionar: los hombres deseamos ser felices, esto es, queremos ver realizado en la práctica nuestro ideal de felicidad. Así venimos programados por naturaleza: el “Id” o “Ello”, es decir, el estrato más profundo y original de nuestro yo, está gobernado por el principio del placer. Aspiramos, pues, a realizar ese gozo y a experimentar el contento o la alegría que se deriva de ello. Una vida siempre placentera sería, claro está, una vida feliz. Sin duda, esta afirmación inicial de Freud contaría con el respaldo de un filón nada despreciable de filósofos, los hedonistas, que ya desde la antigua Grecia, se habían centrado en la importancia que el placer tenía para la vida del hombre.

Sin embargo, nuestro entorno no nos pone la tarea nada fácil, más bien al contrario: sentimos infinidad de oposiciones a nuestro impulso innato hacia el placer y la felicidad. La naturaleza, como se suele decir, es cruel y no tiene compasión con nosotros, y las relaciones con los demás son, a menudo, fuente de frustración e insatisfacción. No solo son los agentes externos los que nos impiden realizar tranquilamente nuestro ideal de felicidad; también nuestra propia naturaleza nos pone obstáculos: el cuerpo degenera y enferma, nos sume en incontables dolores y frustraciones. Ante todo esto, ¿qué posibilidades tenemos, pues, para ser felices? ¿Cómo podríamos evitar el dolor?

Históricamente se han propuesto infinidad de recetas contra el dolor: se ha instado a la renuncia del deseo, que en último término se torna en dolor; a dedicarse a proyectos más elevados o espirituales, como el arte; a la huida de la realidad, que, como veremos, procura la religión, o, incluso, al consumo de drogas. Pero ni la renuncia, ni la “fuga mundi” a la que llevan las drogas o la religión, ni siquiera el amor más auténtico, consiguen liberarnos del dolor que es vivir. La felicidad parece ser un ideal imposible de realizar: nacemos aspirando a ser felices y luchamos desesperadamente para conseguirlo, aunque la realidad, siempre testaruda, se opone con firmeza a nuestros propósitos.

Cabe aceptar, nos aclara Freud, que todos los utensilios e instrumentos técnicos que los hombres hemos logrado construir en el curso de nuestra evolución cultural nos han hecho la vida un poco más fácil. La ciencia y la técnica han contribuido a cierto dominio de la naturaleza, de tal manera que esta, incluso, ha servido a nuestros fines. Por lo tanto, el devenir histórico de la humanidad nos da una impresión en parte positiva, ascendente, de triunfo. Nuestro incipiente dominio sobre la naturaleza nos llena de orgullo como especie, y ebrios de optimismo ya nos vislumbramos como pequeños dioses; “dioses con prótesis”, apostilla irónicamente nuestro autor: “El hombre ha llegado a ser, por así decirlo, un dios con prótesis: bastante magnífico cuando se coloca todos sus artefactos, pero estos no crecen de su cuerpo y a veces le procuran muchos sinsabores”. Si somos sinceros, tendremos que reconocer que los progresos tecnocientíficos no logran dar un sentido completo a nuestra existencia. De hecho, bastaría con observar nuestra civilización hipertecnológica, en la cual la experiencia del dolor y de la frustración sigue estando a la orden del día.

Así pues, dado que las personas, en general, aún se sienten infelices, incluso a pesar de su creciente dominio técnico de las condiciones naturales, deberemos encontrar la causa del dolor en otra parte. Sorprendentemente, afirmará Freud, la hallaremos en nuestro entorno más inmediato, la cultura. No obstante, el término cultura resulta un tanto equívoco y esquivo, así que tendremos que pedirle a Freud que nos aclare qué entiende exactamente por tal.

En un principio, define cultura como el conjunto de producciones e instituciones creadas por el hombre con el fin de conseguir una protección contra la inclemente naturaleza y de regular las relaciones entre los diferentes individuos. La creación de herramientas básicas y el dominio de ciertos elementos de la naturaleza, como el fuego, son los primeros impulsos del hombre en este sentido. Pero son solo los primeros, ya que el hombre no se conformará con dominar y protegerse de ciertas agresiones de la naturaleza; rápidamente aspirará a metas más altas. De manera progresiva, buscará la belleza, la limpieza y el orden; empezará a especular y a cavilar nuevas ideas, algunas de carácter espiritual, ya sean filosóficas o científicas, y, finalmente, aspirará a una regulación jurídica de las relaciones humanas que deje atrás el dominio de la fuerza bruta y abra nuevos espacios para la seguridad de todos y la convivencia pacífica. He aquí todo lo que deberíamos considerar cultura, según Freud.

No obstante, esta regulación de las relaciones sociales, una de las características más significativas de la civilización, nos impone necesariamente la limitación de nuestros impulsos, ya sean eróticos o agresivos. La cultura nos exige el control, la constricción, de los instintos, hasta tal punto que, cuanta más civilización hay, menos libertad se tiene en ese sentido, aunque, eso sí, se cuenta con más seguridad y protección. Pero, como bien constata Freud, los hombres no somos, por suerte o por desgracia, hormigas, esto es, animales gregarios que enseguida se contenten con sacrificar su individualidad en favor de la colectividad. Los hombres siempre experimentaremos internamente una reacción en contra de aquello que nos impida realizar nuestros deseos más profundos y genuinos.

Con lo dicho está claro que, socialmente, nos hallamos sobre un polvorín, y en ocasiones bastará con prender la mecha. De vez en cuando, y generalmente a través de los medios de comunicación, todos hemos presenciado episodios devastadores de violencia urbana, en los que un determinado acto por parte de las autoridades competentes es capaz de desencadenar una oleada de destrucción. El caso más paradigmático podría ser el de los hinchas que, después de un emocionante partido de fútbol, y ante la sola presencia de la policía, desatan una verdadera batalla campal; pero también, aunque no tan exagerado, tendríamos el caso de los conductores de automóvil que, retenidos durante horas a causa de un control policial, responden a la autoridad con gritos e insultos, o el de la multitud congregada ante el palacio de justicia que recibe con empujones e improperios a un concejal imputado. Todos estos son ejemplos de una agresividad latente que espera cualquier ocasión para desatarse.

La presión que ejerce la cultura sobre todos nosotros es fuerte y constante, así que deberemos aprender a renunciar a parte de nuestros impulsos si queremos beneficiarnos de las seguridades que nos ofrece la vida en sociedad. También cabe la posibilidad de reconducir la energía de nuestras pulsiones erótico-tanáticas hacia actividades socialmente más aceptables —una realización desplazada de su finalidad netamente sexual que Freud bautizó con el término “sublimación”—; aunque todos estaremos de acuerdo en que degustar un producto sucedáneo nunca ha reportado el mismo placer ni la misma intensidad que el original. En cualquier caso, la cultura, al no velar por la satisfacción completa de nuestros impulsos libidinales más auténticos, nos conduce en último término a la frustración y a la infelicidad.

En un primer momento, indica Freud, los hombres sintieron la necesidad de agruparse en pequeñas comunidades para procurarse la supervivencia; cada uno de los individuos reconoció rápidamente en el otro a un colaborador necesario. Asimismo, la constitución de pequeños grupos familiares respondió a una necesidad instintiva de carácter netamente sexual y, al mismo tiempo, de protección: agrupándose, el macho, siempre según Freud, obtenía una satisfacción genital, y la hembra, la anhelada protección.

Hasta este punto, es difícil de concebir por qué estos orígenes, que en apariencia cubrían todas las necesidades de sus miembros, evolucionaron hasta dar lugar a esa forma de civilización represiva que hemos descrito. Freud se apresura a ofrecernos una explicación. De hecho, el placer derivado del amor de pareja, muy intenso y endogámico, ponía en riesgo la cohesión del grupo: ante la posibilidad del sexo, ¿quién pensaba en ir a trabajar? Era necesario, pues, introducir los resortes sociales necesarios para modificar esta dependencia endogámica de la pareja y para fortalecer los lazos con los otros miembros de la comunidad. Fue así como diversas prohibiciones, algunas muy severas, impusieron al hombre la transformación de sus impulsos primigenios: la casi indomable sexualidad genital, a fuerza de estas constricciones sociales, se fue metamorfoseando en amor, y se instó a que ese amor también fuese proyectado y difundido sin exclusividades a la comunidad, fortaleciendo de esta manera los tan convenientes lazos sociales.

En “Tótem y tabú” (un escrito publicado cerca de veinte años antes de la obra que nos ocupa) Freud ya había proyectado su mirada crítica sobre los inicios de la civilización, y lo hacía a través del análisis de algunas culturas primitivas de su presente, pues en ellas el pasado se hacía presente. En esa obra, Freud había analizado el rígido sistema de prohibiciones a las que estaban sometidas las culturas primitivas, y, sin excepción, había encontrado rastros de contiendas sexuales; de hecho, más bien intentos desesperados de mantener a raya las pulsiones eróticas y las tentaciones que son propias y prácticamente inextirpables de la naturaleza humana. Y descubrió que no solo se trataba de contener en los límites de lo aceptable las relaciones sexuales de la pareja amorosa, sino de algo todavía más profundo y turbador.

En efecto, Freud constató que la prohibición más universal y rígida de estas culturas primitivas versaba sobre la posibilidad del incesto; y cabía inferir que si eran necesarias tantas prohibiciones era porque el incesto constituía, para ellos, una tentación constante. Este conjunto de normas y usos sociales, cada vez más severos y rígidos, pues debían luchar contra unos impulsos muy enraizados en la naturaleza humana, contribuyó a frustrar a una gran cantidad de individuos, deseosos de practicar formas de amor o de sexualidad diversas. Como también podemos leer en “El malestar en la cultura”, a la larga, solo un estereotipo de relación amorosa, y amoldada a la situación, devino culturalmente aceptable.

Sin embargo, ya desde sus mismos inicios, la cultura no solo se propuso modelar las pulsiones eróticas del hombre, sino también sus pulsiones agresivas. Freud nos recuerda en “El malestar en la cultura” la célebre sentencia de Plauto, después popularizada por el filósofo inglés Thomas Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre”. El hombre, dejado a sus anchas, rápidamente se convertiría en un peligro para los otros hombres, dada su agresividad y egoísmo innatos. Por lo tanto, eran necesarios dispositivos culturales que impidieran que los instintos agresivos del hombre se desataran condenando de manera definitiva la unión del grupo. Ciertamente, la conveniencia del trabajo mutuo no resultaba lo bastante estimulante.

Nos sorprenderá saber que la receta cultural que permitía romper la exclusividad disgregadora de la sexualidad y de la vida en pareja y que promovía los convenientes lazos comunitarios, pudo actuar esta vez como exigencia ética en contra de la violencia contra el otro. Y estas recetas, añadió Freud, todavía circulan entre nosotros. Todos hemos escuchado los imperativos que instan a la no violencia y a ese tipo de amor difuso para con el otro, ya sea desconocido o, incluso, enemigo: “Amarás al prójimo como a ti mismo” o “Amarás a tus enemigos”. No deja de resultar sorprendente —casi podríamos decir que raya en lo increíble— que se nos invite a amar al enemigo, una persona que, a todas luces, nunca podríamos amar verdaderamente.

La cultura, en su largo proceso de evolución, terminó por dar forma a la medida más sutil y eficaz de compresión de las pasiones eróticas y tanáticas del hombre. Ya que las medidas de control externo, con ganas y buen ingenio, podían ser burladas, era necesario establecer un dispositivo de control interno, una especie de dique de contención en el mismo sujeto y contra el mismo sujeto. El Superyó fue el encargado de actuar como juez implacable del Yo. Desde entonces, cualquier exceso en los límites establecidos genera un desasosegante sentimiento de culpa en todos nosotros. Las palabras de nuestro autor no podrían ser más elocuentes: “Por consiguiente, la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo, debilitando a este, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada”.

Los sentimientos de culpa que de manera interna experimentamos los hombres civilizados son, contrariamente a lo que podría parecer, algo mucho más inquietante y severo que el miedo que sentía el hombre primitivo ante la autoridad externa. En el caso de nuestros ancestros, si no se transgredían las normas, no había nada que temer, ya que sin infracción flagrante nadie podía ganarse ninguna reprimenda; el Superyó, en cambio, juzga severamente y castiga con grandes cantidades de culpa y angustia —por norma general, experimentada a un nivel inconsciente— hasta las mismas intenciones: es decir, ya no es necesario que una autoridad externa nos descubra en falta y nos castigue, basta con hacer algo malo (o con pensarlo) para que nos castigue una autoridad interiorizada. Nada puede escapar al Superyó, este severo tribunal interno. En las comunidades civilizadas incluso se dan casos que, a primera vista, podrían parecer paradójicos: personas que llevan una vida muy casta experimentan con mucha intensidad el sentimiento de culpabilidad, ya que cada una de las renuncias del instinto que logran fortalece más y más su conciencia moral, hasta el punto de que esta deviene excesivamente suspicaz.

El diagnóstico freudiano sobre la cultura es, pues, como hemos podido observar, pesimista y un tanto descorazonador: cuando la enfermedad o las crueldades del destino no acaban con nosotros, la vida en sociedad nos complica la existencia obligándonos a renunciar a nuestros deseos más auténticos en pos de la seguridad. En ciertos momentos, Freud parece atisbar una sociedad futura sexualmente menos censuradora y formalmente menos represiva. Pero no hay muchos más motivos de esperanza: en cualquier caso, una sociedad con pocas constricciones camina abiertamente hacia la disgregación, de la misma manera que una sociedad con muchas constricciones consuma la frustración y el angustioso sentimiento de culpa de sus miembros.

Marc Pepiol Martí
Doctor en Filosofía
Autor de Sigmund Freud: un viaje a las profundidades del Yo