Tenemos a un presidente que todavía no es presidente, que actúa como si gobernara, pero al que se le oponen incluso quienes deberían sostenerlo.
Nunca había visto algo parecido a esta suerte de prepresidencia. La Constitución es clara: el cambio de mando ocurre el 11 de marzo siguiente a la elección. Sin embargo, hoy tenemos a un presidente electo que actúa como si ya estuviera en ejercicio, recorriendo el mundo, en lo que parece más bien una visita ideológica a sus compañeros de partido que relaciones de Estado.
Se reúne con países que han crecido menos que Chile, solo con presidentes y agentes cercanos a su sector político, en giras cuyo objetivo y financiamiento siguen sin ser explicados con claridad: nadie sabe quién las paga ni bajo qué marco institucional se realizan.
Cabe preguntarse qué dirá doña Dorothy el 12 de marzo, cuando termine la épica del tour internacional y comiencen las exigencias formales de transparencia, legalidad y rendición de cuentas. Aunque, siendo justos, debo admitir que me habría encantado estar en El Salvador cuando Bukele dijo que ellos sueñan con ser como Chile.
Esta prepresidencia ha generado una consecuencia tan temprana como inquietante: el incumplimiento anticipado de promesas de campaña.
En pocas semanas hemos pasado de la rebaja voluntaria del sueldo presidencial a su incremento. De la promesa de expulsar masivamente a extranjeros, a “invitarlos a salir”, para luego descubrir que “no son tan malos” y que, además, “sirven para la agricultura”. Del discurso implacable de “detener y arrestar a todos los delincuentes”, hemos transitado a un tono casi pedagógico: “los invito a entregarse”. En resumen: pórtese bien y deje el delito.
Pero el problema de fondo no es solo la inconsistencia discursiva, típica de populismos de derecha, sino el escenario político que enfrenta el futuro gobierno. Kast no tendrá una oposición, sino cuatro.
Primero, las dos izquierdas, que competirán entre sí por marcar posición, defendiendo los derechos ganados en los últimos años.
Segundo, su propio aliado, Johannes Kaiser, cuya lógica política parece más orientada a disputar liderazgo dentro del sector que a respaldar un proyecto común.
Tercero, las derechas descontentas, incluidas aquellas que siguieron a Franco Parisi, incómodas con la conformación de un gabinete cargado de “ministros empresariales”, más cercanos a directorios que a la gestión pública. Los partidos de derecha están siendo tratados como los perros de campo, cuidan la casa, pero duermen afuera.
Y cuarto, quizás la más compleja: sus propios ministros. Los dichos de la futura vocera de gobierno respecto de la futura ministra de Seguridad no solo son impresentables, sino además complejos, en la medida que podría presumirse que la relación del propio Kast con quienes han ventilado los casos más bullados del mundo público, en los últimos años, es mayor de lo que hasta ahora se ha expresado.
A ello se suma el preministro de Vivienda, que parece desconocer un principio básico del derecho público: la autoridad solo puede hacer aquello que la ley le permite, y no lo que simplemente pasa por su cabeza.
La paradoja de Pepe es simple y brutal: tenemos a un presidente que todavía no es presidente, que actúa como si gobernara, pero al que se le oponen incluso quienes deberían sostenerlo.
Viaja como mandatario, promete como candidato, dice y hace en el extranjero lo que no se atreve a decir y hacer en suelo patrio, y enfrenta resistencias como gobierno en crisis.
Antes de asumir, ya carga con las contradicciones del poder; antes de gobernar, ya conoce el desgaste de mandar sin mando. Esa es la paradoja: ejercer sin legitimidad institucional y enfrentar oposiciones propias antes de enfrentar la realidad del Estado.
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