El problema es que estos procesos no caben en los tiempos políticos. Una reconstrucción profunda toma una década o más, mientras los gobiernos duran cuatro años.

Cada vez que un gran desastre golpea a Chile, el debate público se centra en una cifra: cuántas viviendas se han reconstruido. Es comprensible. El hogar es la pérdida más visible, la más dolorosa y la que políticamente entrega resultados rápidos. Pero también es una trampa. Porque cuando la reconstrucción se reduce a casas nuevas, lo que hacemos en realidad es administrar la próxima catástrofe.

Reconstruir no es volver a dejar todo como estaba. Es cerrar un ciclo de desastre y abrir uno de aprendizaje. Es preguntarse por qué ese territorio fue tan vulnerable, qué falló en la planificación, qué economías locales colapsaron, qué comunidades quedaron fracturadas y qué daños ambientales profundizaron el riesgo.

Si no abordamos esas preguntas, la próxima emergencia encontrará nuevas viviendas, pero las mismas fragilidades.

Chile tiene experiencia en reconstrucciones rápidas y técnicamente eficientes. Después del terremoto y tsunami de 2010, se levantaron miles de soluciones habitacionales en pocos años.

Sin embargo, en muchos lugares el borde costero volvió a ocuparse sin mayor ordenamiento, las fuentes laborales desaparecieron por largo tiempo, los servicios públicos tardaron en normalizarse y las comunidades quedaron dispersas. Se recuperó el techo, pero no necesariamente el territorio ni la vida social que lo sostenía.

La evidencia internacional muestra que otra reconstrucción es posible, aunque exige paciencia, planificación y visión de largo plazo. En Christchurch, tras el terremoto de 2011, no se optó solo por reponer edificios. Se rediseñó el centro urbano, se incorporaron espacios verdes como infraestructura de seguridad frente a futuras emergencias y se trabajó con la comunidad en una nueva forma de habitar la ciudad.

Incluso en New Orleans después del huracán Katrina, quedó claro que reconstruir no podía limitarse a devolver casas a zonas inundables. Fue necesario repensar defensas contra crecidas, planificación urbana, recuperación económica y cohesión social.

El problema es que estos procesos no caben en los tiempos políticos. Una reconstrucción profunda toma una década o más, mientras los gobiernos duran cuatro años. La presión por mostrar resultados rápidos empuja a soluciones parciales.

También está el financiamiento. Cuando la reconstrucción depende del presupuesto anual, se vuelve frágil y fragmentada.

Y hay un aspecto aún más olvidado: las personas. Comunidades desplazadas, trauma colectivo y pérdida de redes sociales no se solucionan con una vivienda nueva.

Levantar viviendas cierra la emergencia. Reconstruir integralmente cierra el desastre.