El Frente Polar Antártico regula corrientes, nutrientes y vida microscópica. Pero durante esta campaña, no apareció como se esperaba. Buscarlo se convirtió en una historia de ciencia, viento y geometría oceánica.

Tras resolver los desafíos logísticos del viaje —maletas, aduanas y un laboratorio entero cruzando fronteras—, la ciencia podía por fin empezar.

La primera vez que muestreamos agua de mar en el Frente Polar Antártico, era imposible no darse cuenta de cuándo lo cruzábamos.

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Viajábamos desde Punta Arenas hacia el mar de Weddell y, en algún punto entre los 59 y los 60 grados de latitud sur, el océano cambió de golpe. En el registro continuo de temperatura se observó un quiebre nítido: el agua superficial descendió varios grados en una distancia que el barco recorría en minutos. Era como atravesar una pared invisible. A un lado, aguas subantárticas relativamente templadas; al otro, el dominio frío del océano Austral.

Esa frontera no es una línea abstracta. Es una de las grandes estructuras del sistema climático del planeta. Regula corrientes, transporte de nutrientes, distribución de plancton, peces y microorganismos. Por eso lo muestreamos con tanta atención: queríamos capturar cómo cambiaba la comunidad microbiana antes, durante y después de ese límite.

Océano Austral
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Al inicio de esta nueva campaña, en la que esperábamos avanzar entre paisajes despampanantes y majestuosos bloques de hielo, la idea era replicar un muestreo similar.

El barco avanzaba hacia el sur y nosotros seguíamos en tiempo real la temperatura del agua que entraba por la toma de agua del casco. Esperábamos ver, en algún momento, el mismo quiebre abrupto. Pero no ocurrió. La temperatura bajaba, sí, pero de forma gradual, como una pendiente suave en lugar de un escalón.

Datos de navegación y condiciones ambientales en torno a los 57°S, mientras se buscaban señales del Frente Polar Antártico.
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Durante horas nos preguntamos si el frente se había desplazado, si estaba más al norte o más al sur, o si simplemente no lo estábamos encontrando. También consideramos otra posibilidad: que los vientos intensos estuvieran mezclando la superficie del océano y difuminando la señal térmica del frente. Quizás no era una sola causa, sino varias superpuestas.

Aun así, muestreamos de manera sistemática: antes, durante lo que creíamos que era el frente y después. Eso significó filtrar, procesar y congelar muestras hasta altas horas de la madrugada, con el laboratorio funcionando sin pausa mientras el barco seguía avanzando.

Filtración de las primeras muestras de agua recolectadas mientras el barco atravesaba una transición oceánica difusa.
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El plan original dependía de una frontera clara. El océano nos estaba ofreciendo una transición borrosa.

Recién cuando revisamos la literatura y superpusimos nuestro recorrido con la posición media del Frente Polar Antártico, lo entendimos.

Esta vez no veníamos desde Punta Arenas hacia el Weddell. Nuestro trayecto partía de Ushuaia, seguía por el oeste de la península Antártica, bordeaba las islas Shetland del Sur y luego descendía por la base de la península antes de continuar circunnavegando el continente rumbo al mar de Ross.

Seguimiento de la trayectoria del buque y puntos de muestreo entre Ushuaia y la Península Antártica, siguiendo en parte el recorrido del Frente Polar antártico.
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En ese trayecto, más que atravesar el frente de manera perpendicular, lo habíamos seguido en diagonal, acompañándolo durante cientos de kilómetros. En lugar de un salto brusco de temperatura, registramos una transición extendida, diluida en el espacio…y en el tiempo.

El frente no había desaparecido. Habíamos cambiado de ángulo.

Las muestras que recolectamos —aparentemente monótonas, sin un quiebre térmico espectacular— resultaron ser otra cosa: un transecto a lo largo de una de las estructuras más importantes del océano global, siguiendo su geometría viva.

A veces, en la ciencia del terreno, no es el fenómeno el que se esconde. Es una la que mira desde el lado equivocado.

Si el frente no se dejaba ver desde la superficie, tendríamos que ir a buscar sus huellas en otro lugar del océano: bajo el hielo.

Durante el verano antártico una leve oscuridad acompaña los atardeceres y noches.
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