Entre aeropuertos, aduanas y conexiones perdidas, una campaña científica en el océano Austral estuvo a punto de terminar antes de comenzar. Esta es la historia de cómo diez bultos cargados de ciencia lograron llegar a tiempo.

En los proyectos antárticos solemos hablar de escalas gigantes: océanos, corrientes, frentes polares y ciclos del carbono. Pero en la práctica, una campaña científica puede depender de algo mucho más pequeño y frágil: una maleta.

La nuestra se armó con meses de anticipación. Éramos dos personas y diez bultos en total. Nada de sobra. Además de nuestras maletas personales, llevábamos cajas repletas de tubos, mangueras, filtros, reactivos, una bomba peristáltica y un analizador de gases de alta precisión. Todo lo necesario para medir metano, microbiología y propiedades del agua durante dos meses en el océano Austral.

Desde Santiago hasta Ushuaia no hay rutas directas. Hay que pasar por Buenos Aires, sí o sí. Por eso elegimos vuelos que evitaran cambiar de aeropuerto: mover ese volumen de equipaje científico por una ciudad, en medio de conexiones ajustadas, no es una molestia, es un riesgo real para el proyecto.

Pero unos días antes del viaje, la aerolínea anunció un cambio: aterrizaríamos en un aeropuerto y despegaríamos desde otro. Con ciencia a cuestas, una lotería.

Controles de maletas
Instituto Milenio BASE

Llegamos al aeropuerto de Santiago al amanecer. Declaraciones de equipaje especial, formularios de aduana, etiquetas, firmas. Todo salió bien…hasta que el primer vuelo se retrasó una hora. La conexión pasó de ajustada a crítica.

En Buenos Aires surgió el siguiente obstáculo. El personal de aduana nos indicó que los equipos científicos requerían una importación temporal y, para ello, un garante nacional en Argentina.

Explicamos que no permaneceríamos en el país, que solo estábamos de paso y que al día siguiente abordaríamos un buque rumbo a la Antártica. No había posibilidad de dejar nada atrás. Tras una larga y tensa discusión, una excepción nos permitió seguir.

En Ushuaia, una de las maletas no apareció. No una cualquiera: la que contenía una parte esencial del material científico.

Iniciamos el reclamo y empezamos a llamar, a seguir vuelos, a esperar sin poder hacer nada más. Las horas pasaban y la maleta seguía sin aparecer. El tiempo corría más rápido que nosotros.

Una de las científicas haciendo llamadas y seguimiento de vuelos mientras una de las maletas clave seguía sin aparecer.
Instituto Milenio BASE

A media tarde fuimos al puerto y comenzamos a subir al buque lo que sí había llegado. Cuando terminábamos el último viaje, llegó el mensaje: la maleta venía en un vuelo que aterrizaría a las siete de la tarde.

Al comprender la importancia de lo que venía en camino, el capitán del buque aceptó esperar.

Horas después, la maleta llegó al puerto. El zarpe se retrasó cerca de una hora.

Maleta recuperada
Instituto Milenio BASE

Esa noche montamos el laboratorio a contrarreloj. A las once todavía conectábamos bombas y ordenábamos líneas. Nos informaron que cruzaríamos los 56 grados de latitud sur cerca de las tres de la mañana y los 57 grados alrededor de las seis.

Decidimos iniciar el muestreo a las cinco.

Todo lo que había costado tanto traer —bombas, tubos, filtros, analizadores— tenía ahora su primer objetivo: encontrar una frontera invisible en el océano Austral.