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Santiaguinos y su apocalipsis por el corte de agua: este penquista sí los comprende
Publicado por: Christian Leal
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Como saben, uno de mis hobbies favoritos es burlarme de los santiaguinos y sus eventos apocal√≠pticos. “Santiaguinos sorprendidos por el fr√≠o“, “Santiaguinos sorprendidos por el calor“, “Santiaguinos sorprendidos por la lluvia“, “Santiaguinos sorprendidos porque el sol sali√≥ 20 minutos antes“.

Para ser una ciudad de 7 millones de habitantes, los santiaguinos parecen tender bastante a la paranoia.

Pero si hay algo en lo que solidarizo con ellos 100%, es en su horror por la sorpresiva falta de agua a la que se enfrentan desde esta ma√Īana.

No. Con el agua no se juega. Con Jes√ļs tampoco (pobre Jes√ļs, nadie quiere jugar con √©l).

Aunque debería ser obvio, sólo comprendí la importancia del agua tras el terremoto de 2010, cuando pasé 40 días sin agua en mi hogar.

Sí, fue el diluvio, pero al revés.

Verán, en Concepción, tras el mambo que nos regaló la corteza terrestre, se cortaron todos los suministros básicos. Agua, gas, electricidad, internet. Incluso la inalámbrica telefonía celular duró apenas un par de horas, por el colapso y porque las baterías de respaldo en antenas y celulares quedaron rápidamente agotadas.

U.S. Geological Survey | Flickr (CC)

U.S. Geological Survey | Flickr (CC)

Aunque el gobierno y los municipios se organizaron r√°pidamente para repartir agua a la poblaci√≥n en camiones aljibes, esta se usaba estrictamente para subsistencia: beber, cocinar y lavar el auto (s√≠, hay fotos de m√°s de un idiota). Ba√Īarse en aquellas circunstancias, era un lujo.

Recuerdo que aquella ma√Īana llegu√© a La Radio a ayudar, con el temor de ver c√≥mo hab√≠a quedado nuestra entonces incipiente oficina de BioBioChile. Por fortuna nada se rompi√≥ y me top√© con otra sorpresa: el ba√Īo ten√≠a agua. Sucede que el edificio donde est√° emplazada Radio B√≠o B√≠o dispone de agua desde una torre en la azotea, lo cual brinda un reservorio de emergencia en caso de corte. Fant√°stico.

Al d√≠a siguiente, inocentemente llegu√© con mi toalla y mi champ√ļ dispuesto a ducharme (en ese tiempo ten√≠amos una vieja ba√Īera en la oficina, no pregunten por qu√©). No importaba que fuera con agua fr√≠a. Me desnud√©, me puse bajo la regadera y abr√≠ la llave anhelando el bendito chorro.

Nada.

El agua se había agotado durante el día anterior. Bad Luck Brian.

La primera v√≠ctima de la falta del “vital elemento” fue mi pelo. Desde la ense√Īanza media me hab√≠a acostumbrado a usar generosas dosis de gel para controlar la rebeld√≠a de mi cabello. Aquel ritual diario se convirti√≥ en una pesadilla a medida que pasaban los d√≠as y mi pelo empezaba a acumular suciedad y ponerse pegajoso por la humedad.

A√ļn me hace rechinar los dientes el recordar cuando me apoyaba sobre la almohada y mi pelo literalmente “cruj√≠a“. La sensaci√≥n result√≥ tan desagradable que, hasta hoy, nunca m√°s volv√≠ a usar gel.

Luego vino el problema de ba√Īarnos. Durante aproximadamente 10 d√≠as, nadie pudo ba√Īarse, afeitarse o peinarse debido a que simplemente no hab√≠a agua suficiente para ello. Podr√°n imaginar el dulce aroma que hab√≠a en la redacci√≥n. Si El N√°ufrago hubiera requerido extras, est√°bamos listos y caracterizados.

Los m√°s desesperados acudieron a las lagunas de la zona para ba√Īarse y lavar la ropa. Hay por ah√≠ una foto de la Laguna Redonda de Concepci√≥n abarrotada de gente. Retrocedimos al siglo XVIII.

Pero lo peor fue algo a lo que nunca me hab√≠a enfrentado antes: la sed. S√≥lo ah√≠ te das cuenta de el error que es dar las cosas por sentado. ¬ŅTienes sed? Pues ve y compra una cerveza o una bebida, un agua embotellada o simplemente abre el grifo. S√≠rvete.

Pero tras el terremoto no sólo no habían tuberías. Las tiendas y supermercados fueron saqueados. Las mercaderías se agotaron y, siendo fin de mes, pocos habían tomado resguardos.

Antes de que la empresa lograra proveernos agua embotellada y de que los bomberos tuvieran la gentileza de suplir nuestra torre para que siguiéramos funcionando, pasamos varias jornadas -en mi caso en el turno de noche- aguantando la sed en el calor del verano porque no había nada que beber.

Sí. Es desesperante.

Deutsche Post DHL | Flickr (CC)

Deutsche Post DHL | Flickr (CC)

Otro gran problema que se dio en paralelo eran los ba√Īos. Como nadie hab√≠a llegado al extremo (hasta mi conocimiento) de beber orina, en las tazas del WC comenzaron a acumularse todo tipo de desechos, pasando del mal olor a convertirse en un foco de riesgo sanitario. La empresa consigui√≥ unos barriles (como los del Chavo) con agua no potable para que llen√°ramos los estanques y los descarg√°ramos, con la orden de hacerlo s√≥lo cuando ya fuera imprescindible (yiak).

Cuando esa agua se agotó, mi editor, Gerson, y yo nos dimos cuenta de que los trabajos de repavimentación de veredas, naturalmente abandonados por las circunstancias, habían dejado allí un tonel metálico lleno de agua. A diario, ambos cargábamos el pesado barril por las escaleras (el ascensor no funcionaba) durante los 3 pisos que nos separaban de BioBioChile (menos mal no trabajábamos en el Costanera Center) sólo para llenar el estanque del Water.

Las instrucciones eran explícitas y su incumplimiento penado con el fusilamiento: si meas, lo dejas. Si cagas, lo descargas.

La experiencia me dej√≥ dos grandes lecciones. Una, Gerson y yo √©ramos los empleados de BBCL de m√°s alto “rango” en la divisi√≥n, pero no dudamos un instante en ir nosotros mismos a buscar cada d√≠a el barril para suplir de agua el ba√Īo para que el equipo siguiera trabajando. Nunca enviamos a nadie (salvo cuando est√°bamos rendidos y ped√≠amos ayuda a nuestro editor de la tarde, Felipe).

Eso no te degrada, sino que por el contrario, te genera un sentido de compromiso con lo que est√°s haciendo a todo nivel, uno que es dif√≠cil de generar en quienes no la han vivido. Es tambi√©n lo que mi amigo Oscar, quien fue director de proyectos en EA, describi√≥ en su libro Restart como “gerencia servicial”: tu trabajo es que los dem√°s puedan hacer su pega.

(Hasta hoy, Gerson y yo seguimos armando los muebles de la oficina o arreglando los desperfectos que no requieren un especialista, a veces con pericia neanderthal – a puros martillazos).

Tambi√©n nos hizo contrastar el esp√≠ritu de servicio p√ļblico del que -ir√≥nicamente- carec√≠an algunos funcionarios p√ļblicos. En medio del caos, la Caja de Compensaci√≥n Los Andes ofreci√≥ al Compin, instituci√≥n cr√≠tica para el pago de licencias y pensiones de invalidez, funcionar en sus oficinas mientras reparaban las suyas, que hab√≠an sido afectadas por el terremoto.

Los funcionarios se negaron… porque no ten√≠an agua en el ba√Īo (y despu√©s piden reajustes de sueldo de 10%).

Poco a poco, el servicio de agua potable comenzó a restablecerse. Lo notabas porque los colegas empezaban a llegar a la oficina impecables, peinaditos, perfumaditos y con una sonrisa de oreja a oreja. Por mi parte, cada día volvía a casa con la esperanza de que el agua hubiera retornado, pero nada. Mis expectativas se iban por el drenaje junto al rugido sordo de las tuberías tras dar vuelta la llave.

Cuando la mayor√≠a de mis colegas ya ten√≠an agua en sus casas y yo no, el asunto comenz√≥ a olerme -literalmente- extra√Īo. Averiguando con Essbio, suced√≠a que como yo viv√≠a entonces con mis padres en el llamado “casco hist√≥rico” de Concepci√≥n (o sea, casas viejas), tambi√©n ten√≠amos las tuber√≠as m√°s antiguas y dif√≠ciles de reparar, por lo que nos hab√≠an dejado para el final.

Charles Chan | Flickr (CC)

Charles Chan | Flickr (CC)

Ni siquiera pod√≠an darnos una fecha de reconexi√≥n… pero no ten√≠amos de qu√© preocuparnos, porque “no nos iban a cobrar”.

Genial.

Para que no me declararan foco ambulante de alerta sanitaria, tom√© una medida desesperada digna de cualquier guerrero con esp√≠ritu Samurai: me ba√Īar√≠a mi Mam√°. As√≠, mientras ella me lanzaba cubos de agua encima, yo aprovechaba de enjabonarme, fregarme y enguajarme lo m√°s r√°pido posible, con agua que rob√°bamos del grifo de la esquina (lo siento Essbio, ojo por ojo).

Mi Madre estaba fascinada. Sent√≠a que hab√≠a vuelto a ba√Īar a su ni√Īito de 3 a√Īos en la tina. Menos mal no me tom√≥ fotos con un patito de hule.

Cuando todo aquello ya se hab√≠a hecho costumbre, una noche llegu√© a casa y, como hac√≠a diariamente, sin expectativas, abr√≠ la llave del ba√Īo. Esta vez sent√≠ un ruido inusual, como un burbujeo lejano, la llave tembl√≥ ligeramente y s√ļbitamente, en un orgasmo l√≠quido, eyacul√≥ su torrente de agua.

Bail√© de felicidad. Lo reconozco. Casi llor√©… porque de la llave de mi casa sal√≠a agua. Creo que estuve unos 5 minutos hipnotizado viendo s√≥lo como ca√≠a el agua. Hab√≠an pasado exactamente 40 d√≠as desde el terremoto.

Desde aquel entonces le tengo respeto al agua. Procuro cerrarla mientras me cepillo los dientes. No la dilapido. Y en una que otra ocasión, simplemente me quedo mirando un instante como fluye, extasiado por lo que ahora considero el privilegio de tenerla.

As√≠ que santiaguinos, esta vez estoy con ustedes. Los comprendo. Pueden sentirse “sorprendidos por la falta de agua“.

Christian F. Leal Reyes | Facebook
Periodista
Director de BioBioChile

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