Señor Director:

Fuimos muchos los que apoyamos con orgullo el comienzo del proceso constituyente. No solo con la ilusión de un nuevo pacto, sino con la esperanza real de un encuentro entre los chilenos, en que todas las voces tuvieran lugar, en un orden configurado por un respeto profundo y libre entre las y los que nos representan en esta instancia. Hoy miramos con temor la justificación de la violencia.

La filósofa francesa, Simone Weil, frente a la violencia de las guerras mundiales, de los totalitarismos y de la opresión sufrida por la miseria a la que eran sometidos los trabajadores, propone un cambio profundo en la lógica que estructura las relaciones sociales, poniendo atención a las necesidades del otro desde el amor, desde el encuentro.

La organización social debe poner énfasis en los deberes que frente a las necesidades del cuerpo y del alma de la persona nos obligan como ciudadano, antes de los derechos que cada uno reclama para sí mismo. A cada deber le corresponde su derecho correlativo. Sin embargo, lo esencial está en el cambio de mirada, desde un individualismo o desde un colectivismo que reclama cosas para sí mismo o su grupo, a una lógica del encuentro social, dominada ya no por la violencia, sino por el encuentro, por un diálogo sincero que busca la comunión entre las personas.

El giro verdaderamente personal implica detenerse, acallar la propia voz dominante, para mirar y escuchar con atención al otro y reconocer de este modo un bien común que enaltezca el espíritu humano, superando la lógica material de la violencia.

Si nuestros convencionales comprenden y asumen libremente este compromiso, podremos lograr un orden social que nos represente a todos.