Cuando la solidaridad depende del adversario geopolítico y no del sufrimiento concreto de los pueblos, algo esencial se va perdiendo. La izquierda deja de ser universalista y se repliega en acciones selectivas, capaz de indignarse en ciertos casos y de callar en otros, aun cuando el horror sea evidente.
Acabo de leer un notable artículo de Paolo Flores d’Arcais, filósofo y ensayista de la izquierda italiana, en la revista Micromega (La rivolta iraniana e la sinistra introvabile). Su emplazamiento no es válido solo para Italia, concierne a todas las izquierdas de los países democráticos y, por supuesto, también a Chile.
El punto de partida es brutal y no admite relativizaciones. En Irán, la represión contra la revuelta popular ha dejado, según estimaciones consistentes, entre 10 y 20 mil muertos, en su mayoría jóvenes ametrallados en manifestaciones y protestas.
El número de heridos es imprecisable, los detenidos superan los 10 mil, muchos de ellos acusados de mohareb, “enemigos de Dios”, un cargo que puede terminar en la horca. No se trata de excesos aislados, sino de una política sistemática de exterminio del disenso.
Frente a ese escenario, Flores d’Arcais formula una constatación incómoda: la ausencia vistosa de movilizaciones masivas de las izquierdas organizadas. No solo de partidos, sino de los actores que históricamente dieron cuerpo a las luchas progresistas.
No hay estudiantes ocupando universidades, no hay federaciones sindicales en boicot. No hay, tampoco, grandes marchas feministas reclamando por las mujeres iraníes asesinadas por quitarse el velo, encarceladas por exigir igualdad, o golpeadas hasta morir por reclamar libertad.
El autor es tajante: si existieran hoy izquierdas justas en Europa, las calles estarían llenas. Pero no ocurre, el silencio se vuelve evidente.
¿Por qué sucede esto?
La respuesta que propone Flores d’Arcais es desalentadora. La revuelta iraní perturba porque no es una rebelión contra Occidente, sino contra una dictadura religiosa que niega derechos elementales. Es una revuelta que reclama libertades civiles, igualdad entre hombres y mujeres, elecciones libres, representación política.
En otras palabras, pide aquello que las izquierdas democráticas occidentales defienden desde hace mucho más de un siglo. De ahí su afirmación más dura: “No se conmueven por la revuelta iraní porque no es una revuelta contra Occidente”.
Cuando la solidaridad depende del adversario geopolítico y no del sufrimiento concreto de los pueblos, algo esencial se va perdiendo. La izquierda deja de ser universalista y se repliega en acciones selectivas, capaz de indignarse en ciertos casos y de callar en otros, aun cuando el horror sea evidente.
Chile no está fuera de este dilema. También aquí se percibe una prudencia excesiva, cuando no un silencio explícito, frente a la masacre iraní.
Hasta ahora, el único partido de izquierda que ha condenado de manera clara y pública la represión del régimen iraní, ha sido el Partido Socialista, en línea, además, con una declaración formal de la Internacional Socialista, que expresó su solidaridad con los manifestantes iraníes y su preocupación por las graves violaciones a los derechos humanos. Fuera de esas excepciones, el resto oscila entre declaraciones ambiguas, silencios estratégicos o derechamente la omisión.
Conviene recordar, además, que Chile no vivió su dictadura bajo el silencio internacional. Ocurrió lo contrario, hubo un clamor mundial sostenido: movilizaciones de solidaridad en Europa y América, denuncias persistentes de organizaciones de derechos humanos, boicots económicos y culturales, rescates de perseguidos políticos a través de embajadas y redes internacionales.
En el plano estatal, la política de derechos humanos impulsada por el presidente Jimmy Carter derivó en restricciones y vetos a la venta de armas y a la cooperación militar con la dictadura chilena. Esa presión externa no fue irrelevante ni puramente retórica: tuvo efectos políticos concretos.
No se trata de alinearse con potencias ni de avalar intervenciones externas. Se trata de algo más elemental: condenar la injusticia cuando ocurre en cualquier país, diciendo claramente que un régimen que asesina mujeres por desobedecer normas religiosas y fusila jóvenes por manifestarse es una dictadura criminal. Y hacerlo sin matices que diluyan esa verdad.
Flores d’Arcais va más lejos y plantea una interpelación directa para las izquierdas contemporáneas: el uso del derecho internacional como coartada moral. Cuando ese derecho se invoca solo para no entrometerse en un determinado país, deja de ser un principio y se transforma en una excusa.
El resultado es una neutralidad que siempre favorece al opresor. No se trata unanimidad en el repudio internacional, se trata de coherencia en sostener que los derechos humanos no dependen del color ideológico del tirano ni de las contradicciones que provoque la causa en su contra.
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