Chile ha sido valiente al marcar los excesos; ahora el desafío es ser igual de audaz para promover las virtudes de los productos naturales.

La nutrición es una ciencia en constante evolución, y las recientes Guías Alimentarias para los estadounidenses 2025-2030 han confirmado un giro que muchos expertos anticipaban: el paso de una mirada restrictiva a una que prioriza la densidad nutricional y los alimentos mínimamente procesados.

Mientras Estados Unidos intenta frenar una crisis de obesidad sin precedentes mediante este “reinicio” de sus pautas, en Chile el debate adquiere un matiz distinto. Aquí no solo discutimos qué comer, sino cómo el Estado debe evolucionar para que su exitoso modelo de advertencias transite hacia una política de incentivos estratégicos que proteja la mesa ciudadana en un entorno global complejo.

Estados Unidos ha decidido atacar de raíz el consumo de azúcares añadidos y carbohidratos refinados, despejando el camino para alimentos naturales que antes eran mirados con recelo. Un ejemplo emblemático de este cambio es la reivindicación definitiva de proteínas de alta calidad, como el huevo.

Tras años de ser injustamente castigado por mitos asociados al colesterol, las nuevas directrices estadounidenses lo destacan hoy como una fuente esencial de colina, nutriente crítico para el desarrollo cerebral y la salud cognitiva tanto en la gestación como en la adultez.

Este reconocimiento es un espejo donde Chile debe mirarse: la ciencia internacional está validando que la salud metabólica no solo se protege evitando lo malo, sino incorporando activamente lo esencial.

En nuestro país, la Ley de Etiquetado (Ley 20.606) ha sido un referente global al alertar sobre los excesos de sodio, azúcar y grasas saturadas. Sin embargo, la legislación chilena se ha centrado mayoritariamente en el “qué no comer”.

El desafío para este 2026 es equilibrar esa balanza. Si bien hemos logrado que los “sellos negros” modifiquen la composición de los productos ultraprocesados y eduquen al consumidor, aún falta una política que facilite el acceso a alimentos naturales de alta densidad nutricional.

Alimentos como el huevo, por su versatilidad y bajo costo relativo, ilustran perfectamente esta oportunidad: son herramientas de salud pública naturales que combaten la anemia y la sarcopenia en una población que envejece aceleradamente.

La convergencia entre la nueva evidencia estadounidense y la robusta regulación chilena nos deja una lección clara. La salud pública no se construye solo con prohibiciones, sino con elecciones inteligentes basadas en alimentos reales. Chile ha sido valiente al marcar los excesos; ahora el desafío es ser igual de audaz para promover las virtudes de los productos naturales.

El futuro de nuestra nutrición depende de transitar desde la mera advertencia del sello hacia una cultura que incentive la proteína noble, garantizando que la ciencia se traduzca en bienestar real para cada hogar.

Rodrigo Valenzuela
Académico Depto. Nutrición y Dietética
Universidad de Chile

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