Mientras el buque rompehielos avanza circunnavegando el continente antártico, los relojes se desordenan. Los husos horarios, las longitudes y los calendarios se alteran y transforman el tiempo en otra variable que hay que controlar para que la ciencia polar pueda desarrollarse.
Mientras explorábamos el océano Austral hacia abajo, el mundo seguía girando alrededor…Y, sin que lo notásemos de inmediato, el tiempo empezó a no coincidir.
Al principio pensamos que era solo una molestia menor…Pero el barco había cambiado de huso horario, como ocurre cuando se navega a través de varias longitudes. El reloj oficial del buque se ajustaba para mantener una rutina humana razonable: comidas, turnos, descanso. Pero nuestros datos no sabían nada de eso.
Muy pronto descubrimos que, dentro de un mismo dispositivo electrónico, convivían varios horarios distintos.
Por ejemplo, el reloj de nuestros teléfonos marcaba una hora, pero el de WhatsApp otra. Y las fotografías registraban otra distinta. Los archivos de los instrumentos, incluso una diferente.
Cada aplicación parecía vivir en su propio huso horario, sincronizada con un servidor distinto, con una red distinta o simplemente con el último lugar donde había tenido una señal estable.
Eso puede parecer un detalle o anécdota técnica…pero en una campaña oceanográfica antártica, es un problema científico.

Cada muestra debe poder asociarse a una coordenada, una profundidad y una hora. La temperatura, la luz, la dinámica del agua, incluso la actividad microbiana, dependen del momento del día. Si los relojes no coinciden, los datos empiezan a deslizarse unos respecto de otros, como capas de una imagen mal alineada.
El problema se volvió evidente cuando empezamos a descargar los primeros archivos: nombres que sugerían una hora, bitácoras que indicaban otra. Fotografías de muestreo tomadas en un tercer momento. Y, por supuesto, los instrumentos tenían su propio reloj interno, que no sabía si el barco había decidido “adelantar” o “retrasar” el día.
A eso se sumaba otro nivel de complejidad: la conectividad.
Muchas plataformas de seguridad usan claves dinámicas que dependen de la hora exacta. Cuando el dispositivo y el servidor no están de acuerdo sobre qué hora es, simplemente dejan de hablarse. En medio del océano Austral en la remota Antártica, este factor puede significar quedar fuera de tus propios sistemas.
Así, la solución no fue tecnológica…fue conceptual.

Tuvimos que decidir qué tiempo sería “el horario” de la campaña. Establecimos una hora oficial para todos los registros científicos y una regla muy estricta para nombrar archivos, muestras y carpetas. Cada cambio de huso del barco se documentó. Cada desajuste entre relojes se anotó. El tiempo, así como el espacio, pasó a ser una variable que había que medir y controlar.
Solo entonces los datos volvieron a alinearse.
Días después llegó un nuevo desafío: cruzamos la “Línea Internacional de Cambio de Fecha”. No cambiamos de rumbo, pero sí de longitud. Seguíamos avanzando en la misma dirección alrededor de la Antártica, cuando cruzamos el antimeridiano y pasamos del hemisferio oeste al este. Esa noche, el calendario dio un salto abrupto: ¡Un día completo desapareció!

No fue que el tiempo se acelerara ni que ocurriera algo extraordinario en el océano. Fue una convención humana. En los registros oficiales del mundo, ese día no existió. En la campaña, simplemente se omitió. No tomamos muestras con esa fecha, no porque el océano se hubiera detenido, sino porque el calendario decidió avanzar sin ella.
En un lugar donde el océano no reconoce lunes ni domingos, el tiempo tuvo que convertirse en otra variable que definir, documentar y controlar.

Cuando el tiempo volvió a coincidir, el desafío regresó al agua…Específicamente a cómo capturarla, procesarla y conservarla. Antes de que volviera a cambiar.
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