Cuando el barco se detiene, una estructura de acero desciende cientos de metros para capturar perfiles de temperatura, de oxígeno y de vida microscópica. Así se explora el océano Austral más allá de la superficie antártica.

A veces el océano se deja seguir como una línea continua. Otras veces, exige detenerse y mirar hacia abajo. Seguimos avanzando en nuestra expedición a la Antártica profunda. Cuando el buque se detiene, el océano deja de ser una superficie que se atraviesa y pasa a ser una columna que se explora.

Desde la popa se despliega una estructura circular de acero —la roseta— que sostiene una serie de botellas distribuidas alrededor de un conjunto de sensores.

Juntas, descienden lentamente hacia la profundidad, suspendidas por un cable que transmite datos en tiempo real.

Roseta con botellas lanzada desde la popa del buque para recolectar muestras de agua a diferentes profundidades.
Instituto Milenio BASE

Es un sistema diseñado para dibujar un perfil vertical del océano: cómo cambian la temperatura, la salinidad, el oxígeno, los niveles de clorofila y otras variables a medida que desciende desde la superficie hasta cientos de metros de profundidad.

No siempre podemos usarla. La batimetría debe ser suficiente; el buque debe poder detenerse; el viento y el hielo deben permitir la operación. Cuando todo eso coincide, la roseta se convierte en una de las ventanas más completas al océano que tenemos.

Lee también...
Una línea de agua alrededor de la Antártica Miércoles 11 Febrero, 2026 | 11:27

En esta campaña, los primeros perfiles no mostraban toda la información que esperábamos. Algunos sensores del conjunto, que miden las propiedades del agua, no estaban entregando señales claras y el perfil que aparecía en pantalla era incompleto. Faltaban precisamente algunas de las variables que solemos usar para decidir a qué profundidad cerrar cada botella.

Eso no significa que el muestreo se detenga. Significa que cambia la forma de decidir.

En lugar de guiarnos por lo que los sensores debían estar mostrando en ese momento, recurrimos a información histórica de la zona: perfiles previos, campañas anteriores y conocimiento acumulado sobre dónde suelen encontrarse, por ejemplo, los máximos de clorofila o los mínimos de oxígeno. Con eso definimos a qué profundidad cerrar cada botella, aun sin ver directamente esas capas en tiempo real.

Más adelante, cuando los sensores quedaron operativos, pudimos comprobar que esas decisiones “a ciegas” habían sido correctas. Las capas que queríamos muestrear estaban exactamente donde las habíamos supuesto.

Investigadora monitoreando las variables ambientales en la columna de agua. E Investigadora recolectando el agua de las botellas en bidones.
Instituto Milenio BASE

Cuando la roseta vuelve a la superficie, cada botella trae consigo una porción del océano Austral correspondiente a una profundidad específica. De ahí salen muestras para microbiología, para gases y para fisicoquímica. A diferencia del flujo continuo del buque o del trabajo puntual sobre el hielo, aquí el océano se fragmenta en una serie de capas superpuestas, cada una con su propia historia.

Ese perfil vertical completa lo que los otros métodos no pueden ver. La superficie y el hielo muestran la interacción con la atmósfera. La roseta revela lo que ocurre más abajo, donde la luz se desvanece y los procesos siguen otro ritmo.

Paisaje antártico: focas
Instituto Milenio BASE

Exploramos el océano hacia abajo, mientras el mundo —entre bloques de hielo, focas y pingüinos— sigue girando alrededor. Nuestra expedición polar continúa su curso, intentando hacer coincidir tiempos y procesos que no siempre operan de la misma manera.