De eso se tratará, en buena medida, la discusión que viene: no de quién ama más a la familia, sino de si aceptamos o no que haya familias de primera y de segunda categoría moral.
José Antonio Kast pronunció una intervención de neto corte ideológico, nada nuevo bajo el sol. Es su pensamiento valórico omitido durante la campaña electoral, alineado al ideario de las derechas más conservadoras del mundo.
Lo hizo en el marco de la VII Cumbre Transatlántica por la Libertad de Expresión, en Bruselas. Allí Kast decidió hablar menos a los chilenos (excepto Johannes Kaiser) que a su propia red internacional de aliados ideológicos. No improvisó un mensaje moderado, sino lo que sus aliados europeos ya describen, (y celebran) como un “momento fundacional” de una nueva política exterior chilena.
En la sala, repleta de europarlamentarios conservadores, Kast reivindicó la figura de Jaime Guzmán como promotor de un modelo que combina mercado desregulado, orden social rígido y una idea muy precisa de “cuerpos intermedios”: gremios, iglesias y, sobre todo, la familia.
Cuando Kast invoca la “primacía de la familia”, no se refiere a cualquier configuración afectiva, sino a una en particular: familia nuclear hombre/mujer, jerárquica, concebida como célula básica de un orden social que no debe ser alterado por las agendas identitarias de tipo woke.
En esa visión, la familia convencional aparece como muralla defensiva frente al feminismo expansivo y a las transformaciones de las últimas décadas en materia de género y sexualidad.
Kast, por cierto, tiene todo el derecho del mundo a su modelo de familia. Nadie le puede reprochar haber optado por una vida en torno a un núcleo padre/madre, numeroso, estable, coherente con sus creencias religiosas y su ética personal. En una sociedad democrática, las convicciones conservadoras tienen el mismo estatuto de legitimidad que las perspectivas progresistas. No es ahí donde está el problema.
El punto se vuelve delicado cuando esa opción de vida se intenta instalar como modelo ideal para toda la sociedad, casi como única forma moralmente aceptable de organizar los afectos, la crianza y los proyectos de vida individual.
Porque ¿cuál sería la amenaza para la familia tradicional que se levanta como valor a defender? La izquierda democrática nunca ha cuestionado, ni en la política ni en las ideas, dicho modelo familiar. Entonces, solo queda pensar que para la derecha neoconservadora el peligro reside en los otros tipos de familia que se han instalado en las sociedades modernas.
Ahí entramos de lleno en otra zona, la de la disputa de ideas y lenguajes. La batalla cultural (citada por Kast) no es, en sí misma, algo de menor importancia, es parte del pluralismo propio de las sociedades abiertas. Eso está bien, siempre que en esa batalla de ideas se acepte que hay otros proyectos igualmente legítimos, y que nadie tiene el monopolio de la moral.
El problema real aparece cuando esa batalla cultural busca su coronación en leyes que obligan a todos, también a quienes no comparten la visión de mundo que las inspira. Cuando Kast habla de familia “natural” y “orden social”, no está anunciando solo una preferencia personal; está preparando el terreno para políticas públicas y para eventuales reformas legales que pueden afectar derechos (y respeto) conquistados en las últimas décadas. La discusión deja entonces de ser solo cultural y entra a un plano sucesivo, el de la política y las normas públicas.
En ese escenario, una futura oposición democrática, progresista y de izquierda, debiera distinguir con claridad dos campos de disputa.
Por un lado, el campo cultural. Allí la tarea es larga y paciente. Hay que argumentar en serio, producir reflexión, relatos, imágenes poderosas que muestren que la diversidad familiar no es una amenaza sino una realidad cotidiana, una extensión del tipo de familia, a veces veces más responsable y cuidadora que el ideal conservador de la iconografía tradicional que suele desplegarse hasta en la publicidad.
Los medios existen: columnas, libros, debates, festivales, producción artística. El cine y las series ya hace rato vienen mostrando familias ensambladas en una amplia variedad de modelos. Esa educación sentimental que entregan las artes suele ser más eficaz que mil discursos de políticos inspirados.
Del otro lado está el campo político-institucional. En él las preguntas son bastante más precisas: ¿qué hará la derecha de Kast con los avances logrados? ¿Buscará revertir o limitar la Ley 21.400 de matrimonio igualitario, que desde marzo de 2022 permite que dos personas, sin distinción de sexo, contraigan matrimonio y sean reconocidas plenamente en materia filiativa?
Al respecto es bueno recordar que parte de la derecha votó a favor de dicha ley, y que el propio Piñera terminó dándole impulso al proyecto, al otorgarle urgencia en su última Cuenta Pública. En otro aspecto, ¿intentará ponerle candado a la ley de divorcio, restringir sus causales o volverla económicamente prohibitiva? ¿Se legislará para limitar el reconocimiento y beneficios sociales a las familias uniparentales o de las miles de madres jefas de hogar que sostienen, solas, casas enteras en Chile?
Conviene recordar que Chile no anda solo en estas políticas públicas. Hoy el matrimonio igualitario es una realidad en un gran número de países, incluyendo buena parte de Europa y varios vecinos de América Latina. No es una excentricidad “woke”, es un estándar mínimo de reconocimiento en democracias consolidadas. Volver atrás en esta materia no sería solo un matiz conservador, sería un retroceso civilizatorio.
Ahora bien, este desahogo ideológico ante una platea que aplaudió animadamente, no es razón para encender alarmas prematuras ni para anunciar autoritarismos morales inminentes. Pero tampoco da pie para la ingenuidad: los discursos no son inocuos, van preparando climas y lenguajes, convirtiendo prejuicios en “sentido común” que terminen instalándose en la sociedad.
La tarea del campo progresista no debiera ser responder con el espejo invertido, a gritos y memes, sino cuidar lo ya logrado y ampliar derechos con calma democrática y, al mismo tiempo, no regalarle a la derecha conservadora la bandera de la familia, como si la izquierda estuviera condenada a hablar solo de Estado y nunca de afectos, crianza o vínculos familiares.
A los entusiastas del orden único se les debe recordar que las familias reales de hoy ya no caben en el cuadrito de padre proveedor/madre cuidadora-/hijos obedientes. Hay familias donde la abuela es el sostén económico, familias de dos mamás o dos papás, familias de hermanos que se hacen cargo unos de otros, familias rearmadas después de separaciones dolorosas, familias atravesadas por la migración, familias sin hijos que no por ello son menos familia.
La vida social ya hizo mucho más de lo que los códigos morales se resisten a reconocer. Y peor sería cuando fuese el Estado el que pretenda jerarquizar amores familiares o graduar la protección en función del tipo de libreta de familia que se tenga. La ley debe proteger a las personas en su vulnerabilidad concreta, no a las abstracciones ideológicas de uno u otro bando.
De eso se tratará, en buena medida, la discusión que viene: no de quién ama más a la familia, sino de si aceptamos o no que haya familias de primera y de segunda categoría moral. Confiamos que la democracia chilena esté a la altura de los tiempos y de su propia historia reciente, que fue la de ir ampliando, paso a paso, el círculo de quienes son vistos y tratados como plenamente iguales.
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