De niña, adoraba a mi padre. Era un hombre gentil aunque nervioso, infinitamente paciente y nunca demasiado ocupado para jugar a los castillos conmigo o leerme un cuento antes de dormir desde nuestra extensa biblioteca infantil. No fue sino hasta un lluvioso día de Navidad durante mi último año en la universidad -cuando me dejó fuera de casa y destrozó mi computadora a golpes- que me di cuenta de que mis sospechas más repugnantes, que habían ido acumulándose lentamente a lo largo de los años, podrían ser ciertas.
Recuerdo la llamada que recibí una húmeda mañana de febrero algunos años después. Tenía 25 años y me estaba preparando para ir a trabajar a un prestigioso medio de comunicación donde había conseguido mi primer trabajo periodístico, cuando sonó mi celular. Era mi padre, y desde el principio supe que algo terrible había sucedido. “Mira, llamo para decirte que la policía me han arrestado”, dijo, en un tono tan inquietantemente simple que parecía ensayado. “Hicieron un agujero en el techo y se llevaron mi computadora y algunos discos duros”. No necesité preguntar para qué. Ya podía adivinarlo.
Mi padre era un pedófilo, y debían haberlo arrestado bajo sospecha de producir imágenes de abuso infantil.
Todo mi cuerpo temblaba mientras viajaba al trabajo esa mañana. Había llamado a mi madre para contarle la terrible noticia. Mis padres se separaron cuando tenía nueve años y llevaban divorciados 16 años para ese entonces. Estaba devastada por mí, pero no del todo sorprendida. Todo lo que podía pensar era en cómo me iba a asegurar de que nadie se enterara de esto, particularmente mi jefe en extremo conservador, quien estaba segura me despediría si lo supiera.
Dos años después, mi padre fue juzgado y declarado culpable de poseer y producir imágenes de abuso infantil. Recibió una sentencia suspendida de 18 meses y se le ordenó realizar un programa de terapia grupal con otros delincuentes pedófilos. También fue reportado en la prensa local. Pero habían circulado rumores sobre mi padre localmente durante años.
En una salida nocturna, me recibieron con un “¡Ah! ¡llegó la hija de don Pedófilo!”. No entendía estas burlas cuando era adolescente, pero ahora todo tenía sentido. Al igual que otras cosas extrañas sobre nuestras vidas. Como el hecho de que mi padre siempre tenía la televisión infantil encendida por las tardes, incluso cuando mis hermanos y yo ya la habíamos superado hacía tiempo. La forma en que se obsesionaba con asegurarse de haber cerrado las puertas cada noche antes de ir a la cama. Que la más mínima gotera de una llave del baño lo enviara a un estado de estrés tan extremo que no dormía ante la perspectiva de “tener que llamar a alguien” para arreglarlo.
Con los medios inundados con los detalles de los horribles crímenes de Jeffrey Epstein contra mujeres y niñas, mis pensamientos se dirigieron a las princesas Beatrice y Eugenie, las hijas de Andrew Mountbatten-Windsor, antes Príncipe Andrés, y la vergüenza que deben estar sintiendo, aunque sus padres nieguen las acusaciones en su contra.
Cuando veo la cobertura sobre Epstein, me trae de vuelta muchos recuerdos horribles y profundamente dolorosos, incluyendo tener que sentarme durante el juicio de mi padre en la corte y escuchar sobre los tipos de imágenes que había visto y los términos clave que había buscado (“himen antes y después” fue uno particularmente repugnante).
Cuando el juez pronunció su sentencia, me sorprendió que hubiera sido tan indulgente con mi padre. Después de todo, ver imágenes de abuso infantil crea el mercado para el abuso infantil, como el propio juez le indicó. Pero también sentí alivio de que ahora no necesitaría lidiar con que mi padre sesentón fuera asesinado en prisión por los otros reclusos, una eventualidad para la cual había intentado prepararme. La única persona con quien podía hablar sobre esto era mi madre, pero intentaba limitar qué tan seguido lo mencionaba, consciente de no traumatizarla con los detalles.
Resultó que las autoridades habían estado vigilando a mi padre durante varios años antes de hacer el arresto. Fue capturado en una operación encubierta —junto con otros cientos de delincuentes sexuales— después de visitar un sitio web nudista, un sitio de “enlace” para pedófilos. Y aunque nunca abusó de mí, para nuestra vergüenza local tuvo una aventura con una chica de 16 años mientras estaba casado con mi madre. Mi madre misma tenía apenas 16 años, 11 años menor que él, cuando comenzaron a salir. No me atrevía a preguntar si hubo otras de las que no supimos.
Después del juicio, mantuve contacto con él pero lo vi con menos frecuencia. Debía lidiar con sentimientos complejos de amor, horror y repulsión que me surgían al visitarlo. Curiosamente, parecía menos agobiado de lo que había estado en años. Supongo que había algún tipo de alivio para él en que su terrible secreto fuera revelado, incluso mientras era rechazado por cada vecino, amigo y excolega que conocía, hasta que fui la única persona que seguía en contacto con él.
Un día, me dijo que había sido abusado por su tío cuando era un niño pequeño. “Pero aún así, yo amaba a mi tío”, me dijo. Podía sentir pena por la parte de él que fue un niño abusado e incapaz de contarle a nadie, pero al mismo tiempo estaba llena de rabia por el hombre adulto que había perpetuado ese ciclo de sufrimiento en otros niños vulnerables a través de sus búsquedas en internet. Estaba llena de rabia con el hombre que me había cargado a mí, su hija, con todo esto.
Lidiar con la horrible realidad de que mi padre era un pedófilo cobró un precio masivo en mi salud y bienestar emocional. Aunque fui una niña feliz, como adolescente me refugié en horas y horas de estudio obsesivo y desarrollé anorexia, que creo estuvo estrechamente vinculada a los mensajes subliminales que estaba recibiendo sobre la naturaleza repugnante de los cuerpos de las mujeres adultas. Mi padre a menudo estaba deprimido y usualmente ebrio, y un sentido de desesperación inundaba su vida hogareña. Creciendo, me decía a mí misma que no invitaba a mis amigos porque nuestra casa era un desastre, pero creo que debo haber sabido a un nivel más profundo que había algo más, incluso si no podía pronunciarlo.
La universidad me proporcionó algo de escape. Lentamente, comencé a preocuparme menos por mantener un peso de preadolescente y empecé a disfrutar mi vida más allá de mis estudios. Bebía y bailaba y conocí hombres de mi edad, con muchos de los cuales tuve relaciones amorosas. Pero mi concepto de lo que era “seguro” había sido tan distorsionado por mi padre, que todas menos una de las relaciones en las que me encontraría durante los próximos 10 años más o menos fueron emocionalmente oscuras y sexualmente disfuncionales. Era un patrón que continuaría a lo largo de mis 20 años, incluso cuando huí a Estados Unidos por un tiempo. Si le contaba a estos hombres sobre mi padre, asentían solemnemente, a veces incluso con simpatía. Si sentían simpatía por mí o por mi padre, no podía saberlo.
Mi padre murió repentinamente unos años después de su condena. En medio de las complejidades de mi duelo, admitiré que también me sentí aliviada, especialmente cuando tuve que vaciar su casa y encontré aún más repugnante material de abuso infantil por pedido postal, por el cual sin duda habría ido a prisión. Lo quemé inmediatamente. Pero los terribles recuerdos de lo que vi me perseguirán para siempre. Después de que murió, no sorprendió al resto de mi familia que tuviera un colapso y terminara entrando y saliendo del hospital como paciente psiquiátrica. Eventualmente me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático y trastorno de ansiedad generalizada, para los cuales tomo medicación hasta hoy.
Pensé que la muerte de mi padre marcaría una línea bajo mis sentimientos de vergüenza y disgusto por ser la hija de un pedófilo. Pero aunque he sido exitosa en mi trabajo, durante la década siguiente luché, por turnos, con la adicción a la comida, al trabajo, a las compras, a las drogas y al alcohol. Una temporada en rehabilitación finalmente me permitió sanar y seguir adelante con mi vida de manera positiva. Ha sido un largo camino hacia la recuperación.
Hoy estoy bien, casada con un marido que es una roca firme y tengo una hija. Luché terriblemente después de que nació. Convertirme en madre desencadenó tantos sentimientos frescos de repulsión y enojo hacia mi padre, pero también una extraña sensación de que -de alguna manera- había hecho algo indescriptiblemente malo al tener mi propia hija. Un sentimiento inconsciente que una terapeuta sugirió que había captado de niña.
La terapia ha sido esencial, proporcionando un espacio en el cual contar mi verdad, pero también para distinguir entre lo que he estado cargando, qué es mi vergüenza y qué es la de mi padre. No puedes decirle a un amigo o colega que estás emparentada con un pedófilo; es el tabú definitivo. Pero esa inquietante sensación de estar manchada por sus acciones nunca te deja completamente…
Nombre reservado a solicitud de la autora
Publicada originalmente en The Telegraph de Inglaterra
Enviando corrección, espere un momento...