A la luz de lo que ocurre en el mundo y en el hemisferio no es arriesgado suponer que, 500 años después de Magallanes y Elcano, “alguien más descubra el Estrecho de Magallanes”.

Supongamos…

Supongamos -por un momento- que antes de sus elecciones parlamentarias de noviembre de 2027 (en 21 meses), el gobierno de Trump impuso una paz negociada en Ucrania, y catalizó el fin de los regímenes de los ayatolas en Irán y del castrismo cubano.

Supongamos además que Estados Unidos encauzó la “transición venezolana” y, al menos, no agravó la cuestión palestina.

Supongamos enseguida que -en el contexto del escándalo Epstein- no se demostró ninguna relación impropia entre Trump y dicho financiero y que, en cambio, se consolidó “la duda” sobre la implicación en delitos sexuales de connotados demócratas como Bill Clinton, Bill Gates, y los intelectuales progresistas Noam Chomsky y Alan Dershowitz.

Terminemos de suponer que en 2027 la economía norteamericana se muestra estable, y que el número de empleos creció. Resultado de lo anterior, en las urnas Trump logró otro triunfo resonante, que le asegura mayoría en ambas cámaras del Congreso, y un amplio espacio de maniobra internacional hasta el fin de su mandato (enero 2029).

Con esa perspectiva, en cuanto al hemisferio occidental o, si usted prefiere, “hemisferio americano”:

¿Cuál cree usted podría ser el significado que nuestra escasamente ocupada geografía austral podría adquirir para la renovada geopolítica hemisférica norteamericana?

El enroque hemisférico norteamericano vis à vis el enroque estratégico de Europa

Esta semana se celebró en Múnich la reunión anual de la Conferencia sobre Seguridad, evento político-académico que convoca a expertos y altos funcionarios del mundo.

La reunión enfatizó la “destrucción del orden mundial” en curso, coincidiendo en que -en parte- esto resulta de la crisis de credibilidad del conjunto del sistema de gobierno democrático heredado del siglo XX. “Constató” que un número cada vez mayor de democracias está afectada por la corrupción (en sus más diferentes formas), que genera inéditos niveles de desconfianza e ilegitimidad política.

Lee también...

En sentido epistemológico (evolución del conocimiento y de “las ideas”) estamos en presencia de un fenómeno que -en lo principal- afecta a “Occidente” (como “cultura”), en cuyos países la reforma del sistema político tradicional no parece suficiente para los ciudadanos. La elección de Trump (y de otros políticos de “nueva derecha”) ilustra la desilusión de la mayoría del electorado respecto de las fórmulas tradicionales.

En el mismo sentido, encapsula la búsqueda de “cambios” que apuntalen el crecimiento del empleo, fortalezcan la seguridad nacional y limiten la sobrerregulación para detener la intervención perturbadora del Estado en los negocios y en la vida privada.

Si el “progresismo” (por comodidad intelectual) prefiere llamar a lo anterior “fascismo”, entonces nos estamos adentrando en una era de un fascismo ideológicamente distinto al de la primera mitad del siglo XX.

La reelección de Trump adelantó cambios que, poco a poco, se comienzan a repetir en otros países, incluida Europa. Allí el retiro estratégico norteamericano está en pleno desarrollo.

Luego de un año dedicado a “salir de la sorpresa”, los europeos comienzan a regresar al “viejo proyecto” del “Ejercito Común Europeo” (que data del Tratado de Maastricht de 1993), que ahora podría incluir un “pilar atómico autónomo”, combinando capacidades británicas y francesas.

Ello requeriría que Francia estuviera dispuesta a poner su arsenal nuclear a disposición de otro país, ergo, a “una herejía”. “El cambio geopolítico” no se detiene allí: sorprendentemente, ya está en marcha la discusión acerca de la posibilidad/necesidad de que Alemania acceda al control de armas nucleares.

Hasta hoy aviones de combate alemanes tiene capacidad para emplear misiles nucleares tácticos, pero siempre bajo el paraguas de la OTAN. Ahora políticos y expertos están “abiertos a analizar” la contribución a la defensa del “espacio geográfico europeo” de una “Alemania con capacidades nucleares”. Increíble.

Mientras tanto, también continúa la irrupción norteamericana en el “Ártico americano” (Groenlandia), pues su nueva doctrina de defensa lo incluye en el “hemisferio americano” (“Las Américas”).

Presenciamos definiciones y propósitos de alcance global y “hemisférico”, que superan los supuestos de la Doctrina Monroe (1819): la nueva doctrina norteamericana considera el “control in situ” de espacios geográficos relevantes para su seguridad.

Este es el trasfondo de la iniciativa diplomática norteamericana que “persuadió” al gobierno panameño para caducar contratos con empresas chinas que, se suponía, controlaban el canal de Panamá.

También, para obtener seguridades del mismo gobierno respecto de que naves en tránsito entre puertos norteamericanos tendrán prioridad para cruzar. Como también se conoce, la marina, la fuerza aérea y el ejército de Estados Unidos mantienen bases en suelo panameño, cuyas dotaciones fueron reforzadas después de que un memorándum binacional fuera suscrito en abril 2025.

Todas esas instalaciones tuvieron una función en “la captura de Maduro”, al tiempo que mantienen la vigilancia armada del Caribe y del Pacífico centroamericano. Durante los últimos meses, varias embarcaciones “narco-terroristas” fueron acribilladas por efectivos norteamericanos.

Geopolítica hemisférica y Estrecho de Magallanes “corredor bioceánico”

Estados Unidos está reforzando su presencia estratégica en el espacio geográfico que, especialmente desde 1945, considera su “área natural de influencia”. Sus intervenciones en Panamá y Venezuela son advertencias expresas para potencias extra-hemisféricas, especialmente para China, que mantiene una sólida presencia económica en Iberoamérica.

La reformulación de los equilibrios globales y hemisféricos que ilustran esas acciones norteamericanas ocurren simultáneamente a tres fenómenos de importancia para Chile:

Primero, el agravamiento de los “cuellos de botella” que afectan al transporte marítimo en los canales de Panamá y Suez y, también, en el estrecho de Malaca-Singapur (más de 100 mil naves anuales provenientes del Cabo de Buena Esperanza y los mares Rojo y Pérsico). Decenas de naves ya fueron desviadas al Estrecho de Magallanes y la ruta del Cabo de Hornos.

Segundo, la concentración de casi el 50% del comercio mundial en la Cuenca del Pacífico, especialmente en puertos al norte del Trópico de Cáncer (Shanghái, Ningbo, Qingdao, Busan, Nagoya, Tokio). En ese sector se concentra parte fundamental de nuestro comercio exterior.

Tercero, la irrupción del Mercosur como “potencia alimentaria global”, productora, según la FAO, del 50,6% de la soya, el 39,8% de la caña de azúcar, el 79,9% de las semillas de girasol (aceite vegetal), o el 14,3% del maíz del mundo. Esto, además de porcentajes importantes de carnes de vacuno, cerdo y pollo. Las exportaciones agropecuarias del Mercosur tienen, en más de un 50%, sus mercados en el Océano Pacífico.

¿Entiende ahora la insistencia de los gobiernos del Brasil y Argentina por contar con una “salida al Pacífico”?

Según cifras de nuestra autoridad marítima, en los últimos años Brasil y Argentina fueron los principales usuarios del estrecho de Magallanes. Chile, en tanto, se mantiene como uno de los principales usuarios del canal de Panamá. Históricamente, nuestras elites “miraron hacia el norte”, relegando a una tercera y cuarta fila al Austro que ahora -a pesar de nuestra miopía- la geopolítica del siglo XXI comienza a revalorizar.

En contraste, políticos y geógrafos brasileros y argentinos sí comprenden que, “por capricho de la geografía”, cualquier puerto al sur de Rio de Janeiro (Santos, Rio Grande do Sul, Montevideo, Rosario, etc.) está -vía la ruta del Estrecho de Magallanes- “más cerca” de sus mercados en el Pacífico que siguiendo la ruta de Panamá o aquella de Singapur (Australia Oriental, mares del Sur de China, China Oriental y del Japón)-.

“Sobre la superficie de la tierra” lo anterior significa miles de millas náuticas menos, menos días en la mar, sustantivos ahorros de combustible, enormes reducciones de CO2, etc. En definitiva, economías de escala que hacen que los fletes sean más rápidos, más seguros y mucho más baratos. Esta es “una de las importancias” del Estrecho de Magallanes en el siglo XXI.

Para las elites y la burocracia “de carrera” chilenas, el lenguaje geográfico equivale al “copto-siriaco antiguo”. Chile es (y fue) un país minero y agrícola: nada más. Epistemológicamente, la Zona Austral no tiene espacio en está “idea de país”.

Por esa razón, la “región del estrecho”, ergo, las provincias de Magallanes y Tierra del Fuego, tienen una población de 174 mil habitantes, equivalentes a aquella de Copiapó. No obstante que abarcan una superficie de 59.000 kms2, equivalentes a una superficie mayor a las de Suiza o Dinamarca (en 2025 habitadas por 9 millones y 6 millones de personas, respectivamente).

Las adyacentes provincias argentinas de Santa Cruz y “Tierra del Fuego e islas del Atlántico Sur” ya superan los 420 mil personas, mientras el uso argentino del estrecho supera con creces al chileno.

¿Entiende usted ahora por qué la Directiva de Defensa argentina de 2021 postulaba la “administración compartida” del Estrecho de Magallanes?

En este contexto, ¿entiende usted por qué es grave el compromiso adquirido por la Cancillería Piñera 1 (2011-2012) con el Mercosur para limitar el acceso (“libre navegación”) de naves procedentes de las Falkland/Malvinas, y la gravedad de “los favores a Argentina” registrados en el audio de la Cancillería Boric (2022) que, en los hechos y en el derecho, violentan la “neutralidad del estrecho” comprometida a “perpetuidad” en los Tratados vigentes de 1881 y 1984?

El que el gobierno que concluye esté presidido por “un magallánico” no hizo -como en otros ámbitos- ninguna diferencia. Salvo frecuentes “visitas a Magallanes” (en avión FACH en realidad a Punta Arenas “para votar” y visitar a la familia), el Estrecho de Magallanes siguió siendo invisible para élites del gobierno central. Para estas este pasaje interoceánico natural de aguas profundas, seguro y perfectamente conocido, sigue siendo un “perfecto desconocido”.

A la luz de lo que ocurre en el mundo y en el hemisferio no es arriesgado suponer que, 500 años después de Magallanes y Elcano, “alguien más descubra el Estrecho de Magallanes”.

Sugerencia: Es aconsejable que el gobierno que asume en marzo considere estas circunstancias. La oportunidad para -en esta trascendente cuestión geopolítica- encarnar “el cambio”, “sigue disponible”.