La política exterior no puede ni debe ser rehén del debate interno más estrecho, porque sus consecuencias trascienden gobiernos, coaliciones y ciclos electorales.
La inscripción de la candidatura de Michelle Bachelet para asumir la Secretaría General de la Organización de las Naciones Unidas ha abierto un debate legítimo en nuestro país. Sin embargo, ese debate debe darse con responsabilidad política, altura institucional y, sobre todo, con una clara mirada de Estado.
Cuando una decisión involucra el posicionamiento internacional de Chile, no puede analizarse desde la lógica del cálculo menor ni de la contingencia inmediata.
Chile ha construido, a lo largo de décadas, una política exterior reconocida por su seriedad, continuidad y apego al multilateralismo. Hemos sido un país que entiende que su tamaño no limita su influencia cuando actúa con coherencia, profesionalismo diplomático y compromiso con el derecho internacional. Esa tradición es la que hoy se proyecta en una candidatura que no es solo personal, sino profundamente institucional.
Reducir esta discusión a una evaluación doméstica o a una disputa política interna es desconocer cómo funcionan las relaciones internacionales y el sistema multilateral. La eventual elección de una chilena como Secretaria General de la ONU no es un favor, ni un gesto simbólico vacío: es una oportunidad estratégica para Chile, que fortalece su presencia en los espacios donde se discuten y deciden los grandes asuntos globales.
En un escenario internacional marcado por conflictos armados, crisis humanitarias, cambio climático, migraciones forzadas y debilitamiento de las democracias, contar con una conducción con experiencia política, capacidad de diálogo y conocimiento del funcionamiento del sistema internacional es una ventaja.
Para Chile, ello implica mayor capacidad de interlocución, mejor posicionamiento diplomático y una proyección de largo plazo coherente con nuestros intereses nacionales.
Llama la atención que algunas críticas a esta candidatura se formulen sin considerar estos elementos y se limiten a la pelea chica, al comentario coyuntural o al aprovechamiento político inmediato. Esa forma de enfrentar un tema de esta envergadura revela una falta de comprensión sobre lo que significa actuar con sentido de Estado. La política exterior no puede ni debe ser rehén del debate interno más estrecho, porque sus consecuencias trascienden gobiernos, coaliciones y ciclos electorales.
Chile no “pierde” cuando apoya una candidatura de este nivel; por el contrario, gana prestigio, influencia y visibilidad internacional. Gana también la posibilidad de incidir, de manera indirecta pero real, en debates que afectan a nuestra región y a nuestro propio desarrollo: cooperación internacional, comercio, derechos humanos, igualdad de género, paz y seguridad, y desarrollo sostenible. Pensar que estos temas no tienen impacto en la vida cotidiana de los chilenos es, sencillamente, una mirada miope.
Además, esta postulación se inscribe en un contexto regional relevante, con respaldos de países latinoamericanos de peso. En tiempos de fragmentación global, que América Latina logre articular posiciones comunes es una señal positiva y necesaria. Chile ha sido históricamente un puente entre regiones y un actor confiable en el sistema internacional; esa es una condición que debemos cuidar y proyectar, no debilitar con discusiones menores.
Es legítimo discrepar, cuestionar y exigir claridad. Eso es parte de la democracia. Pero también es un deber de quienes ejercemos responsabilidades públicas diferenciar la crítica responsable del oportunismo político. Cuando se confunde una discusión estratégica de política exterior con una polémica interna de corto plazo, se le hace un daño innecesario al país.
Respaldar esta candidatura no implica unanimidad ideológica ni adhesión política automática. Implica comprender que hay momentos en que Chile debe actuar con visión de futuro, entendiendo que su interés nacional se juega también —y cada vez más— en el plano internacional. Esa es la diferencia entre gobernar con mirada de Estado y quedarse atrapado en la pelea chica.
En definitiva, la candidatura de una chilena a la Secretaría General de la ONU es una oportunidad que debe evaluarse con seriedad, responsabilidad y perspectiva histórica. Chile ha sabido estar a la altura antes. Hoy, nuevamente, se nos exige lo mismo.
Enviando corrección, espere un momento...
