Creo que el fracaso rotundo de la descentralización con medidas administrativas demuestra que sería muy buena idea someter a los legisladores chilenos a un cursito que les muestre los estrechos límites de sus leyes.

Cuando empecé a ir al colegio, a mediados de los años 40, nos enseñaban que Chile era un país largo y estrecho en que vivían cinco millones de personas, un millón en la capital y cuatro en el resto del territorio. De allí en adelante, hasta ahora, han sido varios los gobiernos que se han comprometido a descentralizar el país.

El resultado actual es que Chile es un país de 18,5 millones de habitantes de los cuales 10 millones viven en la Región Metropolitana y los 8,5 millones restantes se distribuyen en el resto del país. La pregunta obvia es: ¿Cómo es que se ha producido un fracaso tan monstruoso de las políticas de descentralización?

La respuesta es bien simple: se ha buscado la descentralización del país solo con reformas administrativas otorgándoles categorías de gobiernos regionales empoderados a estructuras locales que, a parte de los cambios de nombre, siguen siendo tan febles y mal preparadas ética y operativamente como eran antes de los nuevos bautizos.

No es raro entonces que cada vez que se controla una gobernación o un nuevo municipio el resultado sea de profundas irregularidades cuando no de descarados desfalcos. Pero ocurre que para que la población se descentralice no se necesitan cambios en la nomenclatura administrativa de las regiones, sino que oportunidades económicas de buenos y estables sueldos y de una vida urbana que no signifique un retroceso de muchas décadas en relación a la vida en la capital.

En otras palabras, no se descentraliza con medidas administrativas, sino que con incentivos económicos y en eso el país está en deuda con todas las regiones y todavía no aprende que pretender descentralizar con leyes que solo afectan las marañas administrativas tiene tanto sentido como pretender clavar un clavo con un serrucho. Lo que hay que hacer es patrocinar proyectos que creen fuentes de trabajo en las regiones y estén libres de esperar años para su aprobación.

Para ilustrar cómo hay que proceder para descentralizar un país, voy a cansar a mis lectores contándoles una experiencia personal.

El secreto “gringo”

Hace ya largos años fui requerido para diseñar, dirigir la construcción y hacerme cargo de la puesta en marcha y la comercialización de un centro comercial en medio de un área planificada para centro urbano. Una carretera secundaria había sido convertida en autopista interestatal que, naciendo en Atlanta uniría ese estado con sus vecinos del norte y hasta la zona de Washington.

Ese trascendental cambio había dejado al pequeño pueblo de Ellijay valorizando significativamente su territorio que estaba destinado a tener un tráfico muy intenso y a solo unos ciento cincuenta kilómetros al norte de Atlanta.

Llegó el momento de presentarle nuestro proyecto a la city de Ellijay (las citys son aproximadamente el equivalente a nuestras municipalidades en que se subdividen los county, o sea los condados que equivalen a nuestras provincias). Para mi enorme sorpresa, cuando hicimos la presentación, encontramos una recepción tan entusiasta y positiva que se concretó en la oferta municipal de ayudarnos en el proyecto con dos medidas insólitas.

Uno de los problemas que el proyecto tenía era que nuestro centro comercial se construiría vecino a la autopista, pero al oeste de ella, de modo que el tráfico que iba hacia el norte tenía que cruzar las pistas de regreso a Atlanta para tomar la calle de ingreso a nuestro territorio. Nosotros habíamos calculado que ese hecho nos afectaría bastante por lo peligroso que era ese cruce. Pues bien, la city de Ellijay se comprometió a instalar semáforos para que el cruce se pudiera efectuar con toda seguridad.

Yo no podía creer que la autoridad de Ellijay tuviera el poder para ofrecer algo así, que implicaba una interrupción del tráfico de una autopista para hacer posible el ingreso a un área donde se proyectaba un barrio completo de esa ciudad en pleno desarrollo.

Pero mi sorpresa fue todavía mayor cuando la municipalidad nos ofreció la exención por diez años del pago de ciertos impuestos locales que, normalmente, afectaban solo a sus ingresos. Al ver todo esto aprendí una lección que nunca se me ha olvidado.

Ese era el secreto de por qué Estados Unidos es un país de población relativamente bien distribuida, donde las decenas de grandes ciudades no borran del mapa a los miles de ciudades menores que tienen las facultades para atraer inversiones con concesiones que aquí en Chile consideraríamos inaceptables y hasta ridículas.

Los “gringos”, como nosotros les decimos, ya aprendieron en la cuna que hay cosas que no se logran con medidas administrativas y con leyes de abogados que creen que éstas surten efecto porque son leyes. Pero la economía tiene su propio código y obedece a otra lógica de modo que, si de descentralizar se trata, hay que atender a este último y lograrlo a través de buenos proyectos con buenos incentivos estatales para desarrollarlos.

En verdad, creo que el fracaso rotundo de la descentralización con medidas administrativas, demuestra que sería muy buena idea someter a los legisladores chilenos a un cursito que les muestre los estrechos límites de sus leyes.

Se sorprenderían de conocer en detalle todas las actividades nacionales que se rigen por códigos ajenos a los nuestros, como ser gran parte de los deportes de toda la hípica y de todas las sectas de carácter arcano o religioso y otros muchos que hacen caso omiso de las legislaturas que emanan del Diario Oficial. Y todo ello para no mencionar los papelones que hace el estado cuando se mete a legislar sobre los llamados temas valóricos. Hay muchos legisladores por encima de los que juegan al poder omnímodo allá en el Congreso de Valparaíso.