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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

En el restaurante Hao Hwa, ubicado en Monjitas 386, conviven historias de migración, arte y diversidad en pleno centro de Santiago. Fundado en 1977 por un tío de Alejandra Cai, ha sido refugio para la comunidad gay, artistas, políticos, y hasta el Presidente de la República; marcado por hechos como el asalto de 2003 retratado por Pedro Lemebel. Alejandra, quien llegó desde China a los 21 años, ha sido testigo de la transformación del local en un espacio colectivo lleno de historias.

Un restaurante que, sin proponérselo, se transformó en refugio de artistas, políticos e intelectuales y abrió, en pleno centro de Santiago, un espacio para la diversidad. Hoy es parte de la historia del Barrio Bellas Artes e inspiró la célebre crónica de Pedro Lemebel en “Adiós mariquita linda”.

Al entrar, dos hombres se encuentran sentados en el hall central. Uno lleva el pelo rapado, con un tono amarillo post decoloración; el otro, pantalones negros hasta los tobillos y un aro en la oreja derecha. Ambos, de alrededor de 30 años, conversan sin apuro en un restaurante que hoy muchos visitan sin saber del todo la historia que se cocina, desde hace casi medio siglo, entre estas paredes.

En el lugar solo dos de sus mezas están siendo ocupadas, el resto de los tres salones se encuentran vacíos por completo. En seguida escucho un acento peculiar: un tipo de “chino chilenizado”.

—¿Para servir o llevar? —dice Alejandra Cai, mientras acompaña a su hijo, que come arroz con carne mongoliana en una mesa cercana a la caja.

Le pregunto si es la dueña del local. Sonríe. Su nombre chino es Ruiru, pero en Chile todos la conocen como Alejandra. Tiene 52 años y llegó desde China cuando tenía 21. Desde entonces, su vida ha transcurrido casi por completo entre estas mesas, la cocina y la caja registradora.

Hao Hwa: Significa prosperidad

El restaurante no siempre fue así. Cuando ella llegó, era un local oscuro, escondido en una calle donde circulaba poca gente. La transformación empezó en 2007, cuando un cliente habitual —artista— le sugirió renovar el espacio. Desde entonces, el restaurante se ha ido armando casi como una obra colectiva: colores más sobrios, lámparas típicas de la cultura asiática, detalles pensados en hacer del espacio, un lugar con sentido.

Imagen de Sofía Alfaro

El Hao Hwa abrió en 1977, fundado por su tío, uno de los primeros migrantes chinos que llegaron a instalar restaurantes en el centro de Santiago. Fue de los tres primeros locales chinos del sector y el único que nunca cambió de dirección. Mientras otros se movieron o cerraron, este siguió firme en Monjitas 386, sobreviviendo a la dictadura, a los cambios del barrio, al estallido social y a la pandemia.

En los años más duros del país, el restaurante nunca cerró. Tampoco tuvo problemas con autoridades ni fiscalizaciones extrañas. Sin proponérselo, se convirtió en un espacio discreto, seguro, donde algunos podían sentarse sin ser mirados de más.

Así empezó a llegar, primero, la comunidad gay. En una época en que el centro no estaba lleno de bares ni de banderas de colores, este comedor chino ofrecía algo simple y raro: anonimato, comida caliente, accesible y un trato normal. Después vinieron los artistas, la gente del teatro, los escritores, los personajes del mundo cultural. Y más tarde, los políticos.

El asalto de 2003

Durante años, Pedro Lemebel fue uno de los habitués, de ahí surge su crónica “El asalto a los chinos gays”. Una historia que hoy Alejandra recuerda como uno de los momentos que más le han marcado en el restaurante.

Era un 30 de diciembre del 2003. Ella se había retirado para ir a jugar con sus hijos, que se encontraban a un par de cuadras del local, en el departamento de su madre. Cerca de las 12 de la noche volvió, pues el turno de sus trabajadores había terminado, pero ella y su marido seguían atendiendo, ya que en verano tenían clientes hasta tarde.

Al llegar, ve las puertas cerradas; se le hizo una escena extraña, pero ella tenía la llave, así que sin pensarlo mucho entró. “No alcancé ni a reaccionar y de repente aparecieron sombras (…) sentí que me tomaron las manos, me estaban quitando aros, me estaban quitando todo”, recordó Cai. Luego la encerraron en el subterráneo junto al resto de comensales y trabajadores.

Ella, angustiada, intentó salir por una puerta que daba hacia la calle. “Yo, estando allá, decía: ¡ábranme afuera!, ¡ábranme afuera!, tengo que avisarle a mi mamá que no traiga a los niños, porque si los niños ven eso van a quedar traumados” agregó.

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Era tal la inquietud, que según la crónica escrita por Lemebel, la desesperación llevó a que una de las clientas guardara sus anillos dentro de su boca, para que no se los robaran.

Tras la historia publicada sobre el asalto el lugar comenzó a ser conocido popularmente como el chino gay.

Imagen de Sofía Alfaro

En la actualidad, otro visitante ocupa siempre la misma mesa que recurría el autor: el Presidente de la República. El personal ya bautizó ese sector como “el salón Boric”. Alejandra cuenta esto sin solemnidad, como si hablara de cualquier cliente antiguo, que llama por teléfono, encarga lo de siempre y pasa a buscarlo.

Cai sigue viviendo en el barrio. Llega caminando todos los días. Entra y sale de la cocina, revisa platos, saluda clientes por su nombre. Sus hijos crecieron aquí, aunque ahora uno se va a estudiar a China y la otra vive en Francia. Ella, en cambio, no se mueve.

Chile ya es su casa.

Afuera, el centro cambia, se vacía en las tardes, se vuelve ruidoso o inseguro según la época. Adentro, el Hao Hwa sigue funcionando como hace décadas: un lugar donde distintas vidas se cruzan sin preguntarse demasiado, donde la historia no está colgada en las paredes, pero se siente en cada mesa ocupada.