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“Mi población ahora es un desierto”: los relatos de las victimas de incendios en Penco

"Mi población ahora es un desierto": los relatos de las víctimas de incendio en Penco

Vicente Godoy García

Periodista de la Unidad de Investigación de BioBioChile.

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Vicente Godoy García

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Jueves 22 enero de 2026 | 18:19
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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

En Penco, un incendio arrasó con la comunidad, dejando a Tomás, un joven de 14 años, y a otros residentes sin hogar ni pertenencias. César, un sobreviviente, perdió todo y lamenta la destrucción de su hogar ancestral. Por su parte, Karen relata la pérdida de su casa y los desafíos de reconstruir. El fuego también impactó a Sabrina, quien vivió momentos de peligro y evacuación.

El incendio que comenzó el sábado pasado trajo consecuencias devastadoras para los vecinos de Penco. La localidad más afectada fue Lirquén, más del 80% de las viviendas fueron calcinadas por las llamas. Cuatro vecinos de la comuna relatan cómo enfrentaron la amenaza, la forma en que lograron escapar y los días posteriores, en que tuvieron que asumir la pérdida de sus hogares.

En el momento en que despertó, Tomás vio las llamas abalanzándose sobre su población. El adolescente de 14 años se encontraba solo en su casa la tarde del sábado y había decidido tomar una siesta. Cuando abrió los ojos, cerca de las 20:00 horas, al otro lado de la ventana el fuego ya arrasaba con el bosque que rodeaba el sector Ríos de Chile de Lirquén.

Poco después volvió su madre junto a su pareja y debieron evacuar. Al abandonar su casa —sus instrumentos musicales y sus recuerdos— un presagio lo sacudía internamente:

—Dentro de mi corazón, tenía la fe de decir “quizás volvamos”, pero mi mente me decía “esto ya fue, la casa ya fue” —relata Tomás.

Se trataba de sólo el comienzo de la tragedia que vivirían el fin de semana los vecinos de Penco. Las llamas destruirían cientos de casas, incluida la de Tomás, y matarían 19 personas en la región del Bío Bío.

Cuatro pencones, de distintos sectores de la comuna, comparten sus relatos sobre lo que catalogan como una de las noches más traumáticas de sus vidas.

“Era como estar en un infierno”

César Caraega, de 61 años, no quería dejar su casa. A pesar de que usa muletas por su artrosis, cuenta que los bomberos casi lo tuvieron que sacar a la fuerza del inmueble.

Según relata, su familia llegó en la década de los 40 a la población Vipla de Lirquén y es una de las más antiguas de dicha comunidad. Él, el último residente de su clan, ha vivido en el sector desde que tiene memoria.

Me dicen que la población ahora es un desierto. No hay casa, no hay plaza, no hay nada. Perdimos todo con la gente —lamenta.

El siniestro lo enfrentó junto a su perro. De su familia directa no queda nadie vivo.

—Me ha tocado muy duro. Falleció mi papá, mi hermano, mi mamá. Esto es peor —afirma.

Sin embargo, valora que a su perro no le haya pasado nada. En el momento en que evacuó en el auto de un vecino tuvo que dejarlo. Por suerte, más tarde, ya instalado en el albergue de la Escuela Italia, unos conocidos se lo llevaron.

César asegura que en su vida le ha tocado ver varios incendios forestales, pero define este como “una cosa impactante”, porque el fuego “no demoró ni tres segundos en llegar”. Lo describe como “darse vuelta en un caracol”: iba hacia un lado y veía fuego; iba para el otro y nuevamente tenía las llamas encima.

—Yo soy sobreviviente, vi cómo se prendió mi casa y el pabellón completo. Mi casa es casa piloto, de segundo piso, y de la parte obrera del tercer pasaje. De ahí agarró toda la población —afirma.

En su casa quedó su silla de ruedas eléctrica y toda su ropa: salió con lo puesto.

—El fuego era una imagen muy grande, muy grande, pero era como estar en un infierno, inmerso en las llamas —relata—. Yo veía todos los cerros como si fueran un volcán. Cuando el volcán hace erupción y cae la lava. Era terrible, un calor desesperante, no se podía ni respirar.

El albergado más pequeño

Mientras se encontraba en medio de la emergencia, César se sentía impotente ante la rápida propagación del fuego y los escasos bomberos que dice que había cerca. Recordaba que hacía algunos años incluso había llegado el Super Tanker a ayudarlos.

—Ahora no pasó nada, no llegó ninguno. Solamente veíamos un helicóptero que venía a apagar, pero no alcanzaron —lamenta.

Hasta el momento, no ha tenido noticias de sus familiares en otros sectores de Lirquén, como La Huasca. Allí, afirma que quedan algunos parientes por el lado de su madre.

—Se me aprieta demasiado el corazón con todas las emociones que siento. Es mucha gente la que está dañada por unas personas que hicieron un fuego. Fue un daño tremendo el que hicieron. Los incendios fueron provocados. A mí no me la hacen, no me meten el dedo en el ojo ni tampoco me tapan la boca: esto fue provocado —esgrime.

Por estos días, César comparte techo con el “albergado más pequeño de toda la región”.

Mi hijo llegó aquí con siete días y hoy ya tiene diez días —cuenta Karen Sandoval, madre de 39 años.

La casa de Karen, ubicada en Villa El Mirador, se quemó por completo. Dicha morada se encontraba en el segundo piso de la vivienda de sus padres. La habían construido hace muy poco tiempo.

—Perdimos todo, nosotros (ella, su esposo e hijos) y mis padres. Mis papás también son adultos mayores y quedaron ahí con una mano adelante y una mano atrás —apunta—. Nosotros evacuamos por prevención y nunca pensamos que se nos iba a quemar la casa. A las nueve de la mañana nos dijeron que ya no teníamos nada y fue un verdadero balde de agua fría —rememora Karen.

Tras recibir la noticia, estaba completamente shockeada. No podía asimilar lo que había ocurrido. De hecho, su esposo y un amigo no la han dejado ir a ver cómo quedó su casa.

Se han preocupado de mantenerla al margen de todo, para que el shock no le provoque complicaciones durante el periodo de lactancia.

—Me tienen en una burbuja donde mi lugar seguro es la sala. No me han dejado ir a ver cómo quedó. Solo me mostraron un video limpiando. Yo no sé cómo está alrededor, no sé quién perdió sus cosas, no sé de mis vecinos, no tengo nada de eso —detalla.

La noticia al despertar

A las 6:00 horas del domingo los despertaron a todos porque tenían que evacuar. ¿La causa? El fuego había llegado hasta la parte de atrás del Cesfam que estaba frente a la escuela.

Así, llegaron al albergue de la Escuela Isla de Pascua, ubicado en dirección frontal a la plaza de Penco. La pareja de su madre había regresado a la población, para ver qué había pasado con la casa, cuando ella se desmayó. Por suerte, los colchones que habían traído desde el primer albergue amortiguaron la caída.

Tomás gritó. Se acercó la Cruz Roja y socorrieron a su madre. La mujer despertó minutos después. Luego de un rato, el adolescente logró calmarse y durmió aproximadamente una hora.

—Desperté con la noticia de que mi casa se había quemado por completo. La población que antes había sido hogar de un montón de personas ahora era pura ceniza —comenta.

Se habían quemado sus guitarras, su bajo, sus cinturones de karate y toda su ropa. Todo había sido totalmente calcinado por las llamas.

Más que pena por lo material, sentía tristeza por los recuerdos de su casa. Y rabia contra los responsables.

—Tenía rabia por las personas que suben a los cerros con el único objetivo de prender otro incendio, estaba muy ofuscado —señala.

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Sabrina, mira, una chispa

Sabrina Cid (26) realizaba labores de turno en el Hospital de Lirquén cuando comenzaron a llegar alertas de evacuación por riesgo de incendio a su celular. Eran para el sector El Durazno, donde vivía con sus padres. Por eso fue a la población Geo Chile, donde tenía familia y amigos. De pronto, el lugar que ella creía seguro, donde estaba la casa de una amiga, se transformó en uno de los focos principales de la catástrofe.

—Mi amiga me dijo: “Sabrina, mira, una chispa”. Cinco minutos después ardió todo el cerro —cuenta.

El peligro era inminente, pero ni su amiga ni sus padres querían abandonar la casa. Finalmente, cuando las llamas tenían rodeado casi todo el barrio, lograron salir.

Escaparon hacia la casa de su abuela. Allí uno de sus primos tiraba agua sobre el techo.

—En un momento me dice: “Sabrina, yo no doy más, necesito mascarilla porque no puedo respirar” —relata.

En ese momento —dice Sabrina— entendió que debían correr.

Al igual que Tomás y su familia, Sabrina fue a la playa con los suyos.

—Cuando estábamos en la playa se levantó un viento, se nos llenaron los ojos con arena, veíamos cómo se incendiaba todo el cerro. Después tuvimos que caminar hacia Penco porque decían que a la Indura en cualquier momento iba a llegar el fuego y que quizás nos iba a pasar algo, que si eso explotaba era peligroso.

Corrieron hasta el sector de Cerro Verde. Ahí dice que fue rescatada en vehículo por un amigo que la llevó hasta su casa, en Villa Los Aromos. Llegaron a las dos de la mañana aproximadamente. A las 6:00 horas tuvo que evacuar nuevamente porque el fuego estaba detrás de la casa de su amigo.

De esa manera, llegó al albergue del Liceo de Penco, donde hasta el día de hoy se encuentra a salvo. Por fortuna, su casa se salvó. Sin embargo, el resto de su familia no corrió con la misma suerte. Lo perdieron todo.

Volver a pararse

Actualmente, Tomás se encuentra junto a su madre en el albergue de la Escuela Italia, donde fueron transferidos recientemente. Dice que no le ha faltado nada: no ha pasado hambre ni frío. Sin embargo, asume que este episodio lo acompañará por siempre.

—El hecho de escuchar una sirena hace que me dé taquicardia. El trauma se quedó conmigo.

Karen Sandoval insiste en que es necesario volver a pararse y, para eso, se necesita plata:

En ropa y alimentación no nos falta, pero sí para poder reconstruir mi hogar, con mi esposo y mi hijo, y el de mis papás. Poder volver a estar bien, pues —concluye.

César, en cambio, cree que las personas de Lirquén son "gente dura", y que podrán sobreponerse. Dios estará con ellos, asegura, aunque reconoce que en este momento es difícil mantener el optimismo.

—Lamento mucho lo de mi pueblo, Lirquén —manifiesta—. Yo nunca voy a cambiar mi localidad, pero es un desierto total.

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