A fines de la década de 1940, pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y de las atrocidades cometidas por el régimen nazi en nombre de la supuesta superioridad racial, un grupo de científicos estadounidenses comenzó un experimento para saber si era posible criar un animal más inteligente seleccionando cuidadosamente sus características hereditarias.
El escenario fue una enorme instalación construida en una granja de Maine, Estados Unidos, conocida como la “Escuela para Perros”. Durante años, los científicos analizaron a más de 500 cachorros de cinco razas: cocker spaniel, beagle, pastor de Shetland, basenji y fox terrier de pelo duro.
Eugenesia, de nazis hasta los perros
Para indagar a los canes, usaron la eugenesia, que fue una corriente que buscaba “mejorar” genéticamente a la población mediante la reproducción selectiva, favoreciendo características consideradas deseables y evitando otras.
Los nazis llevaron estas ideas al extremo, aplicándolas mediante esterilizaciones forzadas, persecución y asesinato de personas consideradas biológicamente “inferiores”, como parte de su política racial.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la eugenesia quedó profundamente desacreditada por su relación con esos crímenes. Sin embargo, algunos científicos continuaban interesados en determinar cuánto de la inteligencia y el comportamiento dependía de la herencia.
La escuela para encontrar al “superperro”
Según una nota de la BBC, desde su nacimiento, los animales eran observados y registrados minuciosamente. Los investigadores anotaban sus primeras reacciones, movimientos, juegos y respuestas frente a distintos estímulos.
A partir de las cinco semanas comenzaban las pruebas destinadas a medir inteligencia, aprendizaje, dominancia, temperamento y capacidad de entrenamiento.
Detrás del proyecto existía una expectativa mucho mayor. La Fundación Rockefeller había destinado unos 632.000 dólares de la época (casi 9 millones de dólares de la actualidad) para financiar la investigación.
Uno de sus principales impulsores era Alan Gregg, director de la División de Ciencias Médicas de la Fundación Rockefeller, quien sostenía que ciertas conductas humanas, entre ellas la criminalidad y la inestabilidad emocional, podían estar relacionadas con predisposiciones genéticas.
La “Escuela para Perros” permitió poner esa hipótesis a prueba sin utilizar seres humanos. El resultado no fue el esperado.
Experimento fallido
Resulta que ninguna raza demostró ser universalmente más inteligente que las demás. Algunas podían destacar en determinadas pruebas, pero no existía un perro que sobresaliera en todas.
Los investigadores también descubrieron que el comportamiento estaba fuertemente condicionado por el ambiente y las experiencias tempranas. Un perro podía mostrarse temeroso en una situación y seguro en otra, demostrando que los rasgos no funcionaban de manera rígida.
El experimento terminó alejándose de la búsqueda de un “superperro” y convirtiéndose en un golpe a la idea de que la selección genética podía producir individuos superiores.
Con eso, los investigadores concluyeron que el “superhombre” no estaba en un individuo excepcional, sino en una sociedad capaz de combinar distintas capacidades.
Hoy sería una crueldad
El proyecto también dejó un legado controvertido. Algunos cachorros fueron criados en aislamiento para estudiar cómo la falta de contacto social afectaba su desarrollo.
Muchos terminaron convertidos en animales prácticamente salvajes y fueron sacrificados, prácticas que hoy serían consideradas inaceptables.
En 1958, la Fundación Rockefeller dejó de financiar el proyecto y el superperro nunca apareció. En su lugar quedó una conclusión mucho más compleja: la genética influye en la conducta, pero no permite fabricar mediante reproducción un individuo universalmente superior.