La muerte de Patricio Guzmán provoca un reconocimiento de su trabajo intelectual de enorme repercusión y valor. Pero me dedicaré a comentar nada más que un tramo breve de su tarea artística, uno menos conocido y divulgado porque radica en un tiempo anterior a la especificidad de cineasta.

Se trata de la novela Juegos de verdad, publicada cuando Guzmán tiene solo 22 años. Este libro nos servirá para reparar en algunas cuestiones menores pero de interés en la trayectoria del documentalista, y en la escena de época que el texto compone.

La novela se la compré hace un par de décadas, nada más que por curiosidad, a Luis Rivano en su librería de la calle San Diego. Me la llevé casi en calidad de yapa, porque le había comprado otros libros de más peso y Rivano insistía en que le echara una ojeada. Rivano, escritor y librero, era un tipo hosco, de frases de puntos seguidos, sin coma alguna, para quien uno era en todo momento sospechoso de algo. Había sido carabinero y por eso lo llamaban “el paco Rivano”; en servicio activo escribió Esto no es el paraíso, por lo que fue pasado a retiro en el acto, por lo poco honroso del relato. Pero lo había hecho hablar preguntándole por cierto personaje que ahora no viene al caso, y eso funcionó como una especie de abrelatas porque se explayó en detalles y eventos de interés. La conversación se dio como a lo Antonioni, sin muchas ganas, lenta, pero seguía. Finalmente, hicimos el trato ya que pretendía saber qué había ahí de Patricio Guzmán en tanto escritor, previo al documentalista de El primer año y La batalla de Chile.

El propio Guzmán la calificó como una “mala novela” en una entrevista de Primer Plano (revista de cine, Vol. II, n° 5, verano 1973, Ediciones Universitarias de Valparaíso), hecha por Sergio Salinas y Héctor Soto: “Comencé, pues, a trabajar en una oficina de publicidad. Estuve cuatro años en este oficio y durante ese tiempo escribí dos libros, un cuento y una novela. Malos, naturalmente, muy en la onda de los escritores que empiezan, sin abordar las cosas directamente, sino en forma periférica”.

Pero lo de “mala novela” no tiene importancia y no significa nada ahora. Juegos de verdad es una novela de corte juvenil en que la pregunta “¿qué vas a ser cuándo grande?” se plantea como una interrogación estelar en ese tránsito inseguro y a trastabillones, y en que ya opera un ojo/cámara de Guzmán dirimiendo entre lo abierto/cerrado, el afuera/adentro, como experiencias tónicas de muy distinto signo. Las casi inadvertidas abrir una ventana o una puerta, abren el lente a un paneo vital significativo en que aparece una secuencia como posibilidad de lo libre y apoyatura de lo por venir: los árboles, “niños, en muchas direcciones, se dispersan”, “Al otro lado de la plaza, algunos vagabundos conversan. Un hombre solitario viene caminando desde el río. En la lejanía, un automóvil echa a rodar”.

Y en lo opuesto la aparición de la cámara fija en el encierro del trabajo, en que la enumeración es caótica por rutinaria, opresiva, el tijeretazo a lo vital: escritorios, corcheteras, timbres, lámparas, tecleo de máquinas de escribir, carpetas, facturas. Ámbito en que “los funcionarios parecen estatuas” (la muerte). La edad juvenil, en un contrapunto elástico y como horizonte de posibilidad del personaje, se orienta mucho más provechosamente a Brahms, la cibernética, el amor ¿para siempre?, la escritura, la biblioteca, etc.

Juegos de verdad se edita en las Ediciones Androvar del propio Luis Rivano (después de la adquisición me daría cuenta de este detalle), de ahí el valor del ejemplar y la insistencia del librero. La contrasolapa señaliza: DEL AUTOR: “Cansancio en la tierra”, cuentos. Editorial Dialéctica, 1959, y “El primer premio”, cuento seleccionado por Armando Cassigoli para su antología Cuentistas de la Universidad, Editorial Universitaria, 1959. Esta antología Guzmán la comparte con Jorge Teillier, Poli Délano, Grínor Rojo, Cristián Huneeus, Antonio Skármeta, y fue editada con el patrocinio de la Facultad de Filosofía y Educación del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.

Supongo que el nombre se debe a Androvar, poema dramático, de Pedro Prado. La declaración de intenciones dice: “El sello que publica a los nuevos valores de la literatura chilena”. En estas ediciones ya habían publicado Poli Délano (Cuadrilátero), Carlos Morand (La herida del tiempo), Rodrigo Quijada (Bajo un silencio).

La solapa lleva la nota laudatoria de lectura de un personaje bastante curioso, por decir algo: Herbert Müller, a quien Guzmán mostraba sus escritos desde los diecisiete años buscando opinión. Enrique Lafourcade lo incluyó en la importante Antología del nuevo cuento chileno (1954), y escribió en el exordio: “Como Claudio Giaconi, Herbert Müller es uno de los más extraordinarios cuentistas que integran esta selección. Su “Perceval” y “Coloquio” constituyen grandes cuentos, no solamente de la literatura chilena, sino también de la contemporánea”. Y en otra página lo anunciaba como “uno de nuestros escritores de mayor significación y jerarquía”. Müller era el afiche de un astro.

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Realmente ese par de cuentos de Müller son bastante notables, con un dejo kafkiano muy bien trabajado. Y en esos años Müller continuaría escribiendo y publicando. Nicanor Parra lo menciona nada menos que en su “Noticiero 1957”: “Perico Müller pacta con el diablo” (en Versos de salón). ¿Por qué? A esta altura de la nota en la solapa del libro de Patricio Guzmán, Müller es ya un notorio miembro o simpatizante de Chile Libre, organización política de corte anticomunista. Müller, bajo el pseudónimo de Perceval, al año siguiente editaría Ganó Allende, para impedir desde esta distopía la elección del candidato en 1964, en el contexto de lo que se consideró la “campaña del terror”. En tanto escritor, como se ve, Müller estaba autorizado para esa reseña literaria, pero políticamente no correspondería para nada con el Patricio Guzmán de los años siguientes.

La foto de portada (Guzmán en blanco y negro) es de Aquiles Orellana, fotógrafo que documentó el teatro chileno, a los escritores y el Santiago de fines de los 50 al 70. Finalmente, el colofón nos informa que la novela se imprimió el veinticinco de diciembre de mil novecientos sesenta y tres, en los Talleres de Arancibia Hnos., en Coronel Alvarado 2602, Santiago. Este fue un taller de impresión clave en la literatura chilena. El padre de Sergio Arancibia (a quien conocí en su calidad de impresor) fue quien ideó la colección El viento en la llama, bajo la dirección de Armando Menedin, en que publicaron las leyendas Rosamel del Valle y Teófilo Cid, entre otros.

Como se puede apreciar, esta rara pieza bibliófila de Patricio Guzmán documentó su tiempo.