León XIV pide dejar de administrar desastres y empezar a prevenirlos. Con El Niño que ya rompió récords, esa prevención en Chile tiene nombre concreto: sistemas alimentarios capaces de resistir inundaciones e incendios.

La semana pasada, ante la Pontificia Academia de las Ciencias, el papa León XIV dijo algo que debería leerse en La Moneda, en el Congreso y en cada gobierno regional. Recordó que olas de calor, sequías, inundaciones, tormentas e incendios forestales ocurren cada vez con más frecuencia e intensidad, y que golpean con más fuerza a los pobres, a las comunidades con menos recursos para adaptarse y a quienes viven de la tierra, los bosques o el mar.

Por eso, para el Pontífice, el clima es sobre todo una cuestión de justicia, dignidad y solidaridad entre pueblos y generaciones. Su conclusión fue una hoja de ruta: pasar “de la gestión de emergencias a la prevención”, de la vulnerabilidad a la preparación y del corto plazo a una mirada de futuro.

En Chile, esa frase cobra una fuerte urgencia. El Niño que se desarrolla en el Pacífico ya no es un pronóstico. El 25 de septiembre, la región Niño 3.4 alcanzó 29,8 °C, la temperatura más alta registrada desde que existen mediciones satelitales diarias, en 1981. Superó así incluso el peak del evento de 2015-2016.

El 27 de septiembre seguía en ese nivel, con una anomalía de +3,1 °C sobre su promedio histórico, según datos preliminares de la NOAA. Lo más preocupante es el calendario: el récord de 2015 se alcanzó a fines de noviembre, y esta vez llegó dos meses antes. Los modelos anticipan que el fenómeno se siga intensificando hasta noviembre y diciembre, y que se prolongue hasta febrero de 2027.

Ya conocemos sus efectos. Entre julio y agosto, un temporal afectó a diez de las dieciséis regiones del país. Los ríos atmosféricos golpearon desde Atacama hasta Los Ríos, con cauces desbordados, quebradas activadas y un alto costo en infraestructura y damnificados. Lo que viene es el reverso de esa misma moneda.

La Dirección Meteorológica advierte episodios de calor extremo, con varios días seguidos sobre 34°C y máximas que pueden superar los 40 °C. La directora de CONAF, Aída Baldini, ha advertido que tendremos un verano complejo, influenciado por El Niño. Las lluvias del invierno hicieron crecer abundante vegetación que, con las altas temperaturas del verano, se convierte en combustible y aumenta el riesgo de incendios. A esto se suman posibles lluvias estivales en el norte y floraciones algales nocivas en el sur. Inundaciones en invierno e incendios en verano: el mismo fenómeno, dos golpes seguidos.

Cada uno de esos golpes llega a la mesa. Una crecida corta caminos, aísla localidades y destruye cosechas. Un incendio arrasa huertos, bodegas, animales y el sustento de la pequeña agricultura. En ambos casos los alimentos se encarecen y escasean justo donde más se necesitan. En un país donde, según la FAO, el 36,8% de la población ya no puede costear una dieta saludable, cada shock climático se transforma en un shock de precios que pagan los hogares más pobres.

Chile ha aprendido a responder a las emergencias, pero no a anticiparlas. Sabemos entregar cajas de alimentos después del desastre. Lo que no tenemos es un sistema que asegure que los alimentos estén donde se necesitan antes de que el desastre ocurra. Ahí está el deber del Estado.

Un sistema alimentario resiliente requiere de acciones en distintas partes de la cadena, pero una importante ante los desastres es cómo almacenar. Chile mantiene reservas estratégicas de combustible, pero no de alimentos. Una reserva estratégica de alimentos ante shocks climáticos debería tener cuatro componentes.

El primero son inventarios de alimentos no perecibles ubicados con anticipación en las comunas con mayor riesgo de quedar aisladas por aluviones o crecidas. El segundo, centros de acopio regionales con cadena de frío y respaldo energético, para que un corte de luz no signifique perder toneladas de alimentos. El tercero, planes de continuidad para mercados mayoristas y ferias libres, que abastecen a buena parte de los hogares de menores ingresos. Y el cuarto, protocolos que integren la alimentación a la gestión del riesgo que coordina SENAPRED, con responsables claros a nivel regional y comunal.

Esto requiere voluntad de planificar con el calendario climático a la vista. El Niño se anunció con meses de anticipación, su peak está previsto y la temporada de incendios tiene fecha conocida. Si el Estado solo reacciona, habrá elegido que el costo lo absorban las familias.

En el discurso también se destacó que la ciencia y la tecnología pueden fortalecer los sistemas alimentarios, siempre que vayan acompañadas de responsabilidad. La ciencia ya hizo su parte: sabemos qué viene y cuándo. Falta que la política haga la suya. Prevenir, en este caso, es asegurar que ningún chileno quede sin alimentos por un evento que el país vio venir.

Felipe Díaz Bórquez
Director de OSA Chile (Observatorio de Seguridad Alimentaria).
Colaborador de Rumbo Colectivo.

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