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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Deborah Zoellner, descendiente de Elsbeth Isaac, emprende la búsqueda de las obras de arte saqueadas durante el nazismo. Tras recibir una llamada desde Países Bajos en 2000, descubre que una pintura de su abuela, Düne bei Nordwijk mit Kind, de Max Liebermann, estaba en un museo. La familia Zoellner sufrió la persecución nazi y la pérdida de su fábrica de pinturas en Berlín.

Durante décadas, Deborah Zoellner supo que una parte de la historia de su familia había quedado dispersa en Europa. No hablaba solo de recuerdos, sino también de cuadros, muebles, alfombras y objetos que pertenecieron a su abuela paterna, Elsbeth Isaac, una mujer judío-alemana que debió huir ante el avance del nazismo.

Según contó a El País, la búsqueda, sin embargo, comenzó de una forma inesperada. En 2000, Deborah recibió en Chile una llamada desde los Países Bajos. Al otro lado de la línea le informaron que una pintura exhibida en un museo de Groninga había pertenecido a su abuela y que, por lo tanto, correspondía a sus herederos.

“El cuadro me encontró a mí”, resume Zoellner, nacida en Santiago en 1963, sobre el momento que abrió una investigación familiar marcada por el despojo, la persecución y la memoria.

Düne bei Nordwijk mit Kind, una de las obras saqueadas por el nazismo

La obra era Düne bei Nordwijk mit Kind (Duna cerca de Noordwijk con una niña), del pintor alemán Max Liebermann. Elsbeth Isaac la había dejado en 1940 en Ámsterdam, junto a otras pertenencias, al cuidado de Gerard Neumann, un hombre en quien confiaba. Ella y su hija Marianne partieron rumbo a Estados Unidos, poco antes de que Alemania invadiera los Países Bajos. Esperaban recibir después sus bienes en Nueva York, pero eso nunca ocurrió.

La historia de los Zoellner se quebró años antes, con la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933. Arthur Zoellner, esposo de Elsbeth, pertenecía a la familia dueña de Zoellner-Werke, una conocida fábrica de pinturas para autos y barcos en Berlín. Las amenazas y el acoso nazi golpearon con fuerza a la familia, y Arthur se suicidó en septiembre de ese año.

Luego, el régimen incautó la fábrica y la utilizó para producir Zyklon-B, el pesticida a base de cianuro que los nazis usaron para asesinar a millones de personas en cámaras de gas, incluida la de Auschwitz-Birkenau.

Entre 1934 y 1938, los Zoellner-Isaac abandonaron Alemania y buscaron refugio en los Países Bajos. Primero partió Rudolf Zoellner, padre de Deborah, y luego lo hicieron Elsbeth y Marianne. Con ellos viajaron parte de sus pertenencias y de su colección de arte. Pero cuando la guerra volvió a cercarlos, debieron partir otra vez.

Rudolf salió de los Países Bajos en octubre de 1939 y, tiempo después, llegó a Chile. Elsbeth y Marianne dejaron el país en abril de 1940, menos de dos semanas antes de la invasión alemana, con destino a Estados Unidos. Como no podían llevar todo, encargaron a Neumann que guardara y enviara los objetos restantes. Incluso existía un catálogo con el detalle de muebles, cuadros y otros bienes.

La búsqueda

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Elsbeth volvió a los Países Bajos para buscar lo suyo. Neumann se desentendió y aseguró que los alemanes se habían apropiado de los objetos. Ella acudió a las instituciones creadas para reclamar bienes robados, pero no consiguió resultados. Regresó a Nueva York con las manos vacías y murió en julio de 1975.

Mientras Elsbeth intentaba recuperar su colección, uno de esos cuadros ya había iniciado otro camino. En 1946, Hubert Nauta, exalcalde de Haren, vio la pintura de Liebermann en la puerta de una librería de textos usados en Groninga. El librero le contó que la había comprado a soldados alemanes en retirada y se la ofreció a un precio irrisorio. Nauta sospechó que podía tratarse de una obra robada a una familia judía, la compró y la llevó a la policía.

Durante años, la pintura permaneció sin respuestas claras. Luego llegó al Museo Groninger, donde quedó como “préstamo” y se exhibió. Su origen siguió como un misterio por más de cinco décadas, hasta que en 1998 Hendrik Nauta, hijo del exalcalde, pidió al museo un nuevo esfuerzo para identificar a sus dueños legítimos. La investigación de la experta Eelke Muller permitió vincular la obra con la colección perdida de la familia Zoellner.

La llamada a Deborah Zoellner

Así llegó la llamada que sorprendió a Deborah en Chile. “Siempre creí que podía encontrar esas obras. Me dije ‘esto lo voy a encontrar, va a aparecer’. Todos me decían que estaba loca, hasta que apareció el Liebermann”, dijo Zoellner a El País.

En abril de 2000, Deborah viajó invitada por el Museo Groninger y vio por primera vez el cuadro de su abuela. La pintura, de 49 por 60 centímetros, cerraba una parte de la herida que Elsbeth no alcanzó a reparar en vida. En 2007, la obra fue restituida a la familia Zoellner y luego subastada en Sotheby’s.

Pero ese hallazgo no marcó el final de la búsqueda. Con el catálogo elaborado por su abuela en la mano, Deborah continuó rastreando las piezas desaparecidas.

De 13 cuadros cuyo destino se desconocía desde comienzos de la década de 1940, ya logró encontrar cinco y recuperar cuatro para ella y para los descendientes de su tía Marianne: la pintura de Liebermann, Der Netzflicker (El reparador de redes) del suizo Ferdinand Hodler y dos obras del flamenco David Teniers el Joven.

Un cuadro del neerlandés Jacob van Ruisdael apareció en Polonia, aunque todavía no ha sido restituido.

Para Deborah Zoellner, la búsqueda supera el valor artístico o económico de las obras. Lo que persigue, explica, toca una fibra más profunda. “Aquí lo esencial es la recuperación de mi historia, la de mi familia y de mis ancestros. La reparación de una tradición familiar que se truncó con la persecución de los judíos”, asegura.