Cada año, cuando comienzan a florecer las plantas y a soltar polen al aire, millones de personas empiezan a estornudar, a sentir la nariz tapada y los ojos irritados. Y cada año, muchas de ellas cometen el mismo error: esperan a que los síntomas sean insoportables para recién entonces buscar un antihistamínico en el botiquín. La ciencia sugiere que ese orden está invertido.
Frente a la llegada de una nueva temporada de polen, la recomendación de los expertos es simple: Anticiparse, aunque parezca “tomar remedios de más”, podría ser la diferencia entre atravesar la primavera con comodidad o pasarla estornudando sin parar.
Ojo, porque debes tener en consideración que siempre debes consultar con un médico antes de iniciar un tratamiento con algún medicamento.
¿Por qué conviene anticiparse?
Un estudio clínico aleatorizado publicado en Frontiers in Allergy por un equipo del Hospital de la Unión Médica de Pekín y de la Universidad Jiaotong de Xi’an, comparó a 120 pacientes con alergia al polen de Artemisia (un tipo de “ajenjo” muy común en el norte de China) divididos en dos grupos: uno empezó a usar un espray nasal combinado dos semanas antes de que comenzara la temporada de polen, y el otro esperó a tener síntomas moderados para iniciar el tratamiento.
El resultado fue claro: quienes se adelantaron tuvieron síntomas nasales significativamente más leves durante toda la temporada, con un puntaje promedio de 5,97 puntos frente a 7,86 en la escala de síntomas usada por los investigadores (donde menos puntos es mejor).
La explicación biológica tiene que ver con lo que los especialistas llaman “inflamación mínima persistente”: incluso antes de que aparezcan los primeros estornudos, la nariz ya empieza a inflamarse de a poco por el contacto con las primeras partículas de polen que circulan en el aire. Si se espera a que el cuerpo grite de dolor para actuar, ya hay una base inflamatoria instalada que cuesta mucho más revertir.
Según las guías de la Academia Coreana de Asma, Alergia e Inmunología Clínica (KAAACI), que revisaron decenas de estudios sobre el tema, el tratamiento preventivo debería comenzar entre una y dos semanas antes del inicio esperado de la temporada de polen, especialmente en personas que año tras año sufren el mismo cuadro.
Esta recomendación es “condicional”, es decir, no aplica de forma obligatoria a todos los pacientes, sino que depende de las preferencias y el contexto de cada persona.
¿Antihistamínico diario o solo cuando aparecen los síntomas?
Aquí conviene diferenciar dos preguntas que suelen confundirse: si conviene empezar antes el tratamiento, y si conviene tomarlo todos los días una vez iniciada la temporada, o solo cuando el cuerpo lo reclama.
La evidencia respalda con fuerza el uso regular (no solo “a demanda”) durante los períodos de mayor exposición al alérgeno. Un extenso repaso publicado en Annals of Allergy, Asthma & Immunology por especialistas de la Universidad de Queen’s (Canadá) señala que, en el caso de la urticaria crónica —una afección de la piel provocada por mecanismos similares—, los antihistamínicos de segunda generación deben tomarse de forma regular y no de manera ocasional para lograr un control adecuado.
Para la rinitis alérgica ocurre algo parecido: aunque muchas personas solo recurren a la pastilla cuando ya no aguantan más los estornudos, mantener el antihistamínico durante todo el pico de la temporada —combinado idealmente con un corticoide nasal— ofrece mejores resultados que usarlo de forma intermitente.
¿Existe la “tolerancia” a los antihistamínicos?
Es un mito bastante extendido: mucha gente cree que si toma el mismo antihistamínico durante mucho tiempo, el cuerpo “se acostumbra” y deja de hacer efecto, por lo que hay que ir cambiando de marca. La evidencia científica revisada no respalda esta idea para los antihistamínicos de segunda generación (los modernos, como cetirizina, loratadina, bilastina, fexofenadina o desloratadina).
Diferentes guías internacionales, incluidas las más recientes de la Academia Europea de Alergia e Inmunología Clínica (EAACI) publicadas en la revista Allergy, permiten incluso aumentar la dosis hasta cuatro veces la habitual en casos de urticaria crónica que no responde al tratamiento estándar, sin que se documente una pérdida de eficacia por el uso prolongado.
Lo que sí puede ocurrir es que la persona perciba menos beneficio si el nivel de exposición al alérgeno cambia (por ejemplo, si el polen aumenta bruscamente), lo que se confunde fácilmente con una “tolerancia” que en realidad no existe como tal.
Antihistamínico oral y corticoides nasales: ¿Por qué combinarlos?
Otro punto de confusión frecuente es pensar que el antihistamínico oral y el corticoide nasal (spray) hacen exactamente lo mismo. No es así.
Un metaanálisis reciente publicado en el Journal of Allergy and Clinical Immunology: In Practice, que analizó 74 ensayos clínicos con casi 30.000 participantes, encontró que los corticoides intranasales suelen ser más efectivos que los antihistamínicos orales para controlar la congestión nasal, mientras que los antihistamínicos actúan más rápido y son mejores para aliviar la picazón y los estornudos.
Por eso, las guías actualizadas de la Iniciativa ARIA (Rinitis Alérgica y su Impacto en el Asma), publicadas en Allergy en 2025, recomiendan directamente el uso de corticoides nasales por sobre los antihistamínicos orales como primera opción cuando los síntomas son más intensos, y sugieren que la combinación de ambos —en un mismo spray, como ocurre con la fórmula de azelastina y fluticasona— ofrece ventajas adicionales, sobre todo para quienes necesitan un alivio más rápido al iniciar el tratamiento.
¿Quiénes deberían adelantarse a la primavera?
El perfil de paciente que más se beneficia de comenzar el tratamiento antes de la temporada es el de quienes, año tras año, repiten el mismo patrón de síntomas moderados a severos apenas empieza a circular el polen de su alérgeno específico (pastos, árboles, malezas como el ajenjo, entre otros).
También se recomienda especialmente en personas con asma alérgica asociada, ya que la nariz y los pulmones funcionan como “una sola vía aérea”: si la inflamación nasal no se controla a tiempo, aumenta el riesgo de que también se descontrole el asma.
De hecho, el mismo estudio chino con la fórmula de azelastina y fluticasona observó una tendencia (aunque sin significancia estadística por el tamaño reducido de la muestra) hacia menos crisis asmáticas agudas en el grupo que había recibido tratamiento preventivo.
Los antihistamínicos que dan menos sueño
Uno de los grandes avances de los últimos treinta años en este campo fue el desarrollo de los llamados antihistamínicos de “segunda generación”, que reemplazaron a los más antiguos (como la difenhidramina o la clorfenamina), asociados a somnolencia intensa y otros efectos molestos como sequedad de boca o visión borrosa.
Dentro de los modernos, no todos son iguales en cuanto a sedación. Según la revisión de la revista Annals of Allergy, Asthma & Immunology, la agencia sanitaria de Estados Unidos (FDA) clasifica a la fexofenadina, loratadina y desloratadina como “no sedantes”, mientras que la cetirizina se considera moderadamente sedante (aunque muy eficaz). La bilastina y la rupatadina también destacan por su bajo perfil de somnolencia y buena eficacia, esta última con un inicio de acción particularmente rápido.
Un dato curioso: para quienes usan bilastina, rupatadina o fexofenadina, hay que evitar tomarlas con jugo de pomelo u otros cítricos, ya que estas frutas pueden interferir con la absorción del medicamento y reducir su efecto —algo que muy pocos pacientes conocen y que rara vez se les advierte en la farmacia—.
¿Cuánto tiempo se puede tomar sin parar?
La evidencia científica actual no establece un límite estricto de tiempo para el uso continuo de antihistamínicos de segunda generación en personas con alergias persistentes o estacionales prolongadas.
Estudios de seguimiento a largo plazo en pacientes con rinitis muestran que pueden usarse durante toda la temporada de exposición —que en algunos casos dura varios meses— sin que se reporten problemas de seguridad relevantes, siempre que no haya contraindicaciones médicas específicas (como ciertas enfermedades renales o hepáticas que requieren ajuste de dosis).
Entre los errores más frecuentes que señalan los especialistas están: usar antihistamínicos de primera generación por costumbre o porque son más baratos, sin considerar la sedación que provocan; abandonar el tratamiento apenas mejoran los síntomas en lugar de completar la temporada; combinar de forma innecesaria varios antihistamínicos distintos al mismo tiempo (algo que las guías desaconsejan explícitamente); y, como se mencionó, esperar a estar con síntomas severos para recién empezar el tratamiento, perdiendo la ventana de prevención.
¿Cómo hicimos esta nota?
Esta nota fue redactada con la inteligencia artificial de Claude (Anthropic). El periodista investigó preliminarmente, seleccionó las fuentes y las entregó a Claude para su redacción, usando como referencia el estilo de escritura del autor. Luego el periodista revisó la nota, realizó ediciones y verificó sus fuentes.