Hay momentos en la historia en que una generación recibe una tradición, principios y símbolos, pero pareciera que no siempre se pregunta qué hizo realmente con aquellos. No basta con heredar nombres, partidos, cargos o escaños si en el camino dejamos de defender las ideas que dieron origen a todo. Y quizás ese sea hoy uno de los mayores desafíos para quienes nos sentimos parte de la derecha chilena: preguntarnos si estamos construyendo sobre la tradición que recibimos o simplemente administrando lo que otros construyeron antes que nosotros.
La pregunta no es menor. Poco a poco, hemos presenciado cómo nuestro sector se ha ido fragmentando en diversos partidos políticos, en la medida en que los partidos existentes de la derecha se acercan al centro político. Es decir, desde la Unión Demócrata Independiente, vimos nacer al Partido Republicano, y luego del segundo proceso constituyente, donde la propuesta de redacción se izquierdizó desde su origen por los bordes y, en especial, por su artículo primero, numeral tres, vimos nacer al Partido Nacional Libertario.
Entonces, ¿quienes hoy nos sentimos parte de la derecha chilena estamos realmente cuidando las ideas, los principios y los espacios que durante décadas permitieron construir una alternativa política con identidad propia?
Durante buena parte de nuestra historia republicana, existió una forma de entender la política que, sin constituir una doctrina formal de Diego Portales, estuvo marcada por una determinada concepción del orden, la autoridad, la responsabilidad y la formación de ciudadanos capaces de ejercer la libertad. Una tradición que entendía que las instituciones no funcionan solamente porque estén escritas en un papel, sino porque debían ser dirigidas por personas virtuosas capaces de sostenerlas. Lo que el profesor Gonzalo Arenas Hödar denomina muy bien en su libro de 2023, como una Política Portaliana.
Pero la historia también nos demuestra que las ideas pueden perder fuerza cuando quienes las representan dejan de preocuparse por transmitirlas. En este sentido, basta con mirar lo ocurrido a mediados del siglo XX. En 1957, la naciente Falange Nacional obtuvo 17 diputados. Luego, con el nacimiento de la Democracia Cristiana, producto de la unión de la Falange Nacional y el Partido Conservador Social Cristiano, lograron en 1961 alcanzar 23 diputados y, cuatro años después, en las elecciones parlamentarias de 1965, llegaron a una cifra extraordinaria de 82 diputados de un total de 147.
Y acá es donde marco el punto, puesto que la derecha tradicional vivía exactamente el proceso contrario. Liberales y conservadores, que en 1961 sumaban 45 diputados, quedaron reducidos a apenas 9 en 1965, de los cuales el Partido Conservador obtuvo solo 3 escaños. Es decir, un quiebre en el cual la derecha se vio disminuida hasta pasado el Gobierno Militar. Y debo ser claro: el resurgimiento político de la derecha no existiría sin figuras tan trascendentes como Jaime Guzmán.
Aquí es donde veo que quizás exista una lección que todavía no hemos aprendido. Porque las ideas no desaparecen necesariamente porque sean derrotadas en una elección. A veces desaparecen porque quienes debían defenderlas dejaron de ocupar los espacios donde esas ideas se construyen. Abandonaron los símbolos o dejaron de defender lo correcto, sea esto por temor o por cálculo político.
Por eso resulta difícil comprender el presente de la derecha chilena sin comprender la importancia que Jaime Guzmán tuvo en la construcción intelectual, política e institucional de nuestro país. A saber, en 1963, durante su discurso inaugural del año universitario de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica, Jaime Guzmán advertía sobre una batalla que consideraba decisiva en el campo espiritual e intelectual y llamaba la atención sobre la importancia que sus adversarios habían comprendido que tenían que conquistar las esferas universitarias:
“Pero creemos que hoy día el catolicismo de nuestra Patria enfrenta una batalla decisiva en el campo espiritual e intelectual contra enemigos muy poderosos, que han comprendido la trascendencia que reviste la conquista de las esferas universitarias, en su avance metódico y progresivo”[sic].
Si bien no utilizaba la expresión “batalla cultural” en los términos de hoy, resulta difícil no encontrar allí una preocupación que hoy podemos reconocer bajo ese concepto.
Y aquí debiéramos preguntarnos si en la derecha hemos abandonado esos espacios, porque durante décadas, distintos sectores de izquierda comprendieron la importancia de disputar las ideas antes de disputar los gobiernos. En palabras de Gramsci: “Conquistar el mundo de las ideas, para que lleguen a ser las ideas del mundo”.
Y mientras la derecha post Jaime Guzmán se ha concentrado en lo económico y en ganar elecciones. La izquierda se ha preocupado por formar generaciones enteras bajo determinadas concepciones como la desigualdad, lucha de clases y deconstrucción de la realidad por el deseo y la percepción.
Es verdad que las elecciones ganan gobiernos, pero, las ideas pueden transformar sociedades. Y, sin duda alguna, Jaime Guzmán lo había entendido mucho antes que nosotros. Es por esto que veo con pesar cómo hoy a la Unión Demócrata Independiente está bastante alejada del ideario de su fundador, de la convicción de defender los ideales y los símbolos. Porque el voto no vale más que la convicción y el mantener el poder artificialmente era algo que Jaime Guzmán no respaldaba. Debía ganarse en el campo de las ideas.
En este sentido, es conocido por todos que Jaime Guzmán participó en la Comisión Ortúzar y que discutió cómo debía organizarse el sistema político de nuestro país. Y, lamentablemente, lo que plasmaba está en la antípoda de lo que han promovido hasta ahora sus herederos desde el Parlamento. Me explico: durante este último tiempo hemos escuchado con fuerza el argumento de que Chile necesita una reforma al sistema político para enfrentar la fragmentación partidaria. Desde la presidencia de la UDI, nos han planteado que la existencia de demasiados partidos dificulta la gobernabilidad y hace más compleja la tarea legislativa. ¿Pero qué diría Jaime de esto?
Bueno, en el contexto de la Comisión Ortúzar lo dijo claramente y señaló que: “los partidos políticos debían ser corrientes de opinión, influyentes por la calidad de sus miembros y por la seriedad de sus planteamientos doctrinarios y prácticos y no deben ser maquinarias monopólicas del poder político armadas con el solo fin de favorecer a sus propios militantes” [sic].
No parece una frase menor, ¿verdad? Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿desde la UDI y sus herederos están construyendo aquello que Jaime Guzmán quería evitar? Hoy, con un sistema electoral que utiliza el método D’Hondt para distribuir los escaños entre las listas y que otorga un papel central a las estructuras partidarias, cabe preguntarse cuánto espacio estamos dejando realmente a las personalidades, a los independientes y a aquellos ciudadanos que pueden tener capacidad, preparación y vocación pública, pero que no necesariamente cuentan con el respaldo de una maquinaria partidaria.
¿Fortalecer los partidos necesariamente significa fortalecer la democracia? Quizás aquí aparece una de las contradicciones más interesantes. Los partidos que ya existen cuentan con estructura, financiamiento, presencia territorial, militantes, experiencia electoral y reconocimiento público. Los nuevos deben comenzar prácticamente desde cero. Por lo que esta reforma al sistema político parece más bien buscar favorecer únicamente a sus partidos políticos y militantes.
En serio, ¿la virtud llevó a la UDI y demás parlamentarios de derecha a respaldar cómo reducimos el número o imposibilitamos crear más partidos? ¿No debieron defender las ideas de Jaime y preocuparse de cómo aseguramos que las nuevas ideas, los nuevos liderazgos y las nuevas corrientes de opinión pudieran tener una verdadera posibilidad de ingresar al llamado por Jaime Guzmán “Parlamento de las personalidades”?
Y esto no es una crítica exclusiva a la UDI. Es una pregunta para todos en mi sector. Porque cuando una generación considera que su partido se alejó de sus principios originales, crea otro. Y cuando ese nuevo partido comienza a crecer, puede aparecer una nueva generación que considere que también se ha alejado de sus principios originales y vuelva a crear otro. Entonces, quizás el problema no sea solamente el nombre del partido. Quizás el problema sea haber olvidado que una organización política es un instrumento para las ideas y no que las ideas se conviertan en instrumentos.
Por eso también deberíamos preguntarnos qué significa hoy ser heredero de una tradición política. ¿Es defender un logotipo? ¿Es proteger una sigla? ¿Es conseguir más escaños? ¿Una bancada más numerosa? ¿O es formar personas capaces de sostener determinadas ideas incluso cuando defenderlas no resulte electoralmente conveniente?
Quizás por eso también deberíamos volver mucho más atrás que Jaime Guzmán. Volver a Diego Portales. No para convertirlo artificialmente en el autor de una doctrina que nunca escribió, sino para recuperar aquella idea de que una república necesita ciudadanos formados, responsables y capaces de ejercer la libertad. Porque la libertad sin virtud puede convertirse simplemente en una disputa por el poder.
¿Cuántos jóvenes estamos preparando para entrar a las universidades y enfrentar una academia secuestrada por la izquierda, para defender nuestras ideas con argumentos? ¿Cuántos intelectuales estamos formando? ¿Cuántos profesionales estamos preparando para servir al país? ¿Cuántos ciudadanos estamos educando para comprender que la libertad no significa depender del Estado y que el individuo será más exitoso desarrollando su potencial único e irrepetible en la autonomía de los órganos intermedios, en lugar de desaparecer en su individualidad para pertenecer a un colectivo?
Jaime Guzmán entendió que la batalla estaba en la universidad, en las ideas, en los símbolos que sostenían esas ideas.
Y la pregunta aquí la dejo abierta: ¿qué hacemos desde la actual derecha para defender y heredar nuestras ideas? ¿Qué hacemos para defender los símbolos que les dan sustento? ¿Qué hacemos para enaltecer y defender a nuestros mártires del ataque de una izquierda que consideramos barbárica, vandálica y destructora?
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