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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

El consumo de marihuana en Chile es motivo de debate, con un 10,1% de personas que la usaron en el último mes según Senda. A pesar de que la percepción de riesgo ha aumentado al 44%, la prevalencia entre adolescentes ha disminuido. Un estudio señala asociación entre consumo temprano y trastornos psicóticos. Es crucial diferenciar entre consumo recreativo y adicción. Expertos como el psiquiatra Sergio Cabrera Melita destacan señales de dependencia como pérdida de control y abstinencia. Renzo Menéndez advierte sobre el problema cuando el consumo se vuelve una necesidad. Incluso la cannabis medicinal no es inocua, y se requiere precaución. Paola Sagués, defensora del cannabis, reconoce que puede afectar negativamente a algunas personas.

Mientras para algunos usuarios forma parte de una práctica recreativa habitual o incluso de tratamientos asociados a determinadas enfermedades, para los especialistas también representa una sustancia capaz de generar dependencia, alterar el funcionamiento cotidiano y, en determinadas personas, aumentar el riesgo de problemas de salud mental. Hablamos del consumo de marihuana en Chile.

La discusión no es sencilla; en el país conviven una percepción de riesgo que ha aumentado durante los últimos años, un consumo que continúa siendo relevante entre determinados grupos y una creciente conversación sobre los posibles usos medicinales del cannabis.

En ese escenario, una de las principales dificultades consiste en distinguir entre consumir marihuana y desarrollar un trastorno problemático por consumo de cannabis.

¿Qué dicen las cifras sobre el consumo de marihuana en Chile?

De acuerdo con datos del Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol (Senda) del 2025, el 10,1% de las personas declaró haber utilizado marihuana durante el último mes. Aunque la cifra se mantuvo relativamente estable respecto del 10,9% registrado en el 2022, representa una disminución cercana al 30% respecto del peak de 2016, cuando llegó al 14,5%.

En tanto, entre adolescentes de 12 a 18 años, la prevalencia bajó del 6,7% a un 2,4%, su nivel más bajo desde que se hace el estudio, detallaron en su momento desde el gobierno cuando publicaron las cifras.

Sin embargo, la percepción de riesgo aumentó y alcanzó un 44%, su mayor nivel en una década. Pero los datos sobre salud mental preocupan especialmente entre quienes comienzan a consumir a edades tempranas.

Un estudio publicado en Revista Andes analizó las hospitalizaciones asociadas a trastornos psicóticos y consumo de cannabis entre 2020 y 2023. Durante el periodo se registraron 198 hospitalizaciones, mientras que la mayor tasa fue entre adolescentes de 15 a 19 años, con cerca de 1 hospitalización por cada 135.000 personas de ese grupo etario.

El trabajo plantea una asociación entre el uso de cannabinoides y el desarrollo de trastornos psicóticos, particularmente en personas que comienzan a consumir a edades tempranas.

Por otro lado, un proyecto investigativo de la Pontificia Universidad Católica, la Universidad de los Andes y la Universidad Alberto Hurtado busca determinar si el consumo de cannabis durante la adolescencia puede aumentar significativamente la probabilidad de desarrollar compulsividad durante la etapa adulta, ya que el cerebro adolescente atraviesa cambios dinámicos que lo vuelven especialmente vulnerable a las modificaciones asociadas a la exposición a drogas; alteraciones que podrían manifestarse posteriormente.

Cuando consumir cannabis deja de ser una elección

Para el psiquiatra Sergio Cabrera Melita, médico de Clínica Andes Salud y docente de la Universidad de Concepción, la principal señal de una eventual adicción es la pérdida progresiva del control.

Una persona puede consumir de manera habitual sin que eso, por sí solo, permita establecer que existe una dependencia o un trastorno, dijo el experto a BioBioChile. “Lo preocupante aparece cuando comienza a consumir más de lo que había previsto, intenta reducir el uso y no lo consigue, experimenta deseos intensos de consumir o siente que necesita marihuana para relajarse, dormir o sentirse bien”, añade.

También pueden aparecer tolerancia y abstinencia. La primera ocurre cuando se requiere una cantidad mayor para conseguir efectos similares, mientras que la segunda corresponde a un conjunto de síntomas que pueden surgir cuando una persona que consume frecuentemente reduce o suspende el consumo.

Cabrera enfatiza que el diagnóstico no depende únicamente de la frecuencia. “Clínicamente, un trastorno por consumo de cannabis considera distintos criterios y requiere que se presenten al menos dos durante un período de 12 meses”, aclaró.

Por eso, una señal especialmente importante es el deterioro de la vida cotidiana, o cuando la marihuana comienza a desplazar responsabilidades, relaciones y actividades que anteriormente eran importantes. “Pueden aparecer ausencias o bajo rendimiento en estudios y trabajo, dificultades de concentración y memoria, pérdida de motivación, aislamiento, conflictos familiares, ocultamiento del consumo y un gasto creciente asociado a la sustancia”.

¿Cuándo ver a un profesional?

Por su parte, Renzo Menéndez, psiquiatra y jefe de la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica de Clínica RedSalud Vitacura, afirma que el problema aparece cuando el cannabis deja de ser una elección ocasional y comienza a transformarse en una necesidad para funcionar.

El especialista explicó a BioBioChile que el THC, principal componente psicoactivo del cannabis, “actúa sobre los circuitos cerebrales relacionados con el placer y la recompensa”. Con un consumo sostenido, puede producirse una adaptación del sistema que contribuye a generar tolerancia y dificultades para controlar el uso.

Así, la pregunta relevante no es simplemente “¿cuánto fuma?”, sino qué lugar ocupa el consumo en su vida.

Sobre un consumo problemático a largo plazo, existen señales principalmente funcionales. Un cambio sostenido en el rendimiento académico o laboral, el abandono de actividades, el aislamiento, la irritabilidad ante la imposibilidad de consumir y la pérdida de responsabilidades pueden constituir alertas.

Un comportamiento aislado no demuestra que exista una adicción, pero varios cambios persistentes, acompañados de intentos fallidos por reducir el consumo, sí justifican una evaluación profesional, dice el experto.

De la abstinencia a la dependencia

Otro de los mitos que los especialistas buscan matizar es la idea de que la marihuana no puede generar dependencia. Según Cabrera, quienes han consumido de manera frecuente y prolongada pueden experimentar un síndrome de abstinencia al suspenderla.

Irritabilidad, ansiedad, inquietud, cambios de ánimo, problemas para dormir, sueños intensos, disminución del apetito y deseos fuertes de volver a consumir se encuentran entre los síntomas más habituales. También pueden presentarse dolor de cabeza, sudoración, temblores, escalofríos o molestias abdominales.

Estas señales suelen comenzar entre las primeras 24 y 48 horas después de suspender el consumo, alcanzan su mayor intensidad durante la primera semana y generalmente disminuyen en una o dos semanas, aunque las alteraciones del sueño, el ánimo y el deseo de consumir pueden prolongarse.

Menéndez señala que este proceso responde al reajuste del sistema nervioso después de un consumo prolongado.

El argumento desde quienes defienden su uso

La discusión adquiere otra dimensión cuando se incorpora la mirada de quienes consumen cannabis y defienden su regulación. Paola Sagués, directora de Santiago Verde, influencer y consumidora habitual destacada por la revista Forbes en el 2022 como una de las 12 figuras hispanas influyentes en el sector del cannabis a las que seguir de cerca, cuestiona que la frecuencia sea utilizada como sinónimo de adicción.

Desde su experiencia, las señales de un consumo problemático son principalmente funcionales: que la sustancia desplace actividades importantes, que sea utilizada para evadir problemas, que se descuiden responsabilidades o vínculos y que la persona pierda la capacidad de controlar su consumo.

“Quiero decir algo que en el activismo a veces cuesta decir: el cannabis le hace bien a mucha gente, pero a otras les hace muy mal. Eso es exactamente lo que hay que aprender a reconocer, y no lo vamos a lograr con el modelo actual prohibicionista”, expresó a BioBioChile.

Sagués relató que comenzó como consumidora recreativa ocasional y posteriormente pasó a utilizar cannabis de manera habitual, en un contexto en que comenzó a trabajar en la industria relacionada con la planta. Según su testimonio, el cambio coincidió con una mejoría de problemas físicos que había experimentado durante años, situación que posteriormente la llevó a consultar con una médica y aproximarse al uso medicinal del cannabis.

Su experiencia también la lleva a cuestionar el enfoque exclusivamente prohibicionista. “Necesitamos una nueva política de drogas que no busque castigar, sino enseñar de manera transparente y sin pelos en la lengua lo que realmente significa hacer uso de esta sustancia. Decirle a un joven que su vida se va a arruinar por usar cannabis es inverosímil (…) Por eso es urgente regular, y regular con certeza jurídica“, dijo la influencer.

Sin embargo, incluso desde esta mirada, reconoce que el cannabis puede afectar negativamente a algunas personas y plantea especial precaución en quienes presentan determinadas condiciones de salud, entre ellas antecedentes de psicosis o esquizofrenia.

Cannabis medicinal: ni panacea ni sustancia inocua

El médico cirujano Daniel Olivos Morales, director del Centro Integrazul, espacio dedicado al abordaje integral de neurodivergencias y al uso de cannabis medicinal, agrega otra dimensión al debate: que esta sustancia tenga usos medicinales no significa que sea completamente seguro.

Según explicó a BioBioChile, “uno de los principales mitos es pensar que, por ser de origen natural, el cannabis es completamente seguro, que no tiene efectos adversos o que sirve prácticamente para cualquier enfermedad”.

Otro mito es creer que fumándolo ya se usa de forma medicinal. La combustión genera toxinas nocivas y absorción errática; el uso medicinal exige vías orales que suelen ser aceites o resinas, o en algunos casos hay formas SOS de uso”, agregó.

Por otro lado, explicó que sí existe evidencia sólida como tratamiento para determinadas epilepsias y para algunos casos de dolor crónico, espasticidad asociada a esclerosis múltiple y manejo de náuseas y vómitos en pacientes oncológicos. En condiciones como ansiedad, trastornos del sueño, autismo y algunas enfermedades neuropsiquiátricas, advierte que todavía se requiere evidencia de mayor calidad para establecer recomendaciones generalizadas.

También recalca que no todos los productos de cannabis son equivalentes. La proporción entre THC y CBD resulta determinante, ya que el THC es responsable principalmente de los efectos psicoactivos y puede producir intoxicación, ansiedad, paranoia, alteraciones cognitivas, taquicardia, sedación y dependencia. El CBD, aunque no suele producir intoxicación, tampoco es completamente inocuo y puede generar sedación, molestias gastrointestinales e interacciones con otros medicamentos.

Pero además, para Olivos, uno de los principales problemas es la desinformación, especialmente cuando las personas obtienen información exclusivamente desde redes sociales o experiencias de otros usuarios. Eso puede generar expectativas poco realistas”.

¿Dónde debería estar el foco del consumo de marihuana?

El desafío, entonces, no parece estar únicamente en determinar si la marihuana es “buena” o “mala”. La evidencia y los testimonios muestran realidades de todo tipo; desde personas que la utilizan de manera ocasional hasta consumidores habituales que no necesariamente presentan un trastorno, incluidos pacientes que recurren a productos de cannabis con objetivos medicinales y también quienes desarrollan dependencia y pierden el control sobre su consumo.

Las fuentes citadas coinciden en un punto: La frontera no está en contar cuántas veces una persona consume, sino en determinar el momento inicial del consumo, qué consecuencias tiene este, cuánto control conserva y qué lugar ocupa la sustancia en su vida.