Semana Santa, hoy más que nunca, nos recuerda la grandeza del hombre y también su miseria. Después de más de dos mil años nos seguimos encontrando con el Buen Samaritano que cuida y alivia, el Judas que traiciona y el Pedro que niega; con quienes mienten, calumnian, engañan y con quienes ayudan a tomar la cruz para hacerla más liviana.

La pandemia del coronavirus -que gracias a Dios está pasando-, las guerras en el mundo y las odiosidades por doquier, nos vuelven a enseñar, casi de manera majadera, que estamos vinculados los unos a los otros; que todo acto tiene impacto en los demás, y que todos estamos en la misma barca. Semana Santa nos vuelve hacia nosotros mismos para, en medio del miedo, la angustia, el temor, reconocer que somos frágiles, vulnerables, necesitados de los demás. Con fuerza la incertidumbre que estamos viviendo -a nivel político, social y económico- nos recuerda que nuestros planes no siempre se pueden realizar y que hoy todo es puesto en duda. Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Hoy el Cristo sufriente está en los hogares de ancianos pobres y abandonados, en los migrantes que además de las penurias que viven aquí, saben poco o nada de sus familias, de las personas con distintas discapacidades. En ellos resuena con más fuerza que nunca el grito de Jesús: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, pero también con más fuerza que nunca la solidaridad de tantas personas anónimas que, me consta, se sacan el pan de la boca para que su vecino tenga algo que comer, o su hijo pueda seguir estudiando.

En esta Semana Santa sabremos quién es quién y si ha calado en el corazón de la cultura la pasión de Cristo y su mensaje de amarse los unos a los otros como él nos ha amado. En esta hora veremos la pequeñez del que quiere sacar dividendos de algún tipo de este momento histórico que estamos viviendo como país y sociedad y que traicionará a los más débiles por algunas monedas, y la grandeza del que pone el bien común por sobre todo, tiene visión de comunidad y es capaz de dar “hasta que duela”, como dice el P. Hurtado, nuestro santo.

Les deseo una muy feliz Pascua de Resurrección. Y no olvidar que si la muerte fue vencida por Jesucristo al resucitar todos nuestros signos de muerte que experimentamos en la vida cotidiana -odios, rencores, desamor, tristeza, desesperanza- pueden dar un vuelco radical en Aquel que por amor se entregó a cada uno de nosotros.

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