Según estadísticas oficiales de la Conaf, en Chile, se producen entre 5 mil y 8 mil incendios forestales cada año. Esos incendios afectan una superficie anual de entre 70 mil a 110 mil hectáreas (ha). La excepción la constituye la temporada del año 2017 (mega incendio), cuando se quemaron 450 mil ha. Además, es bastamente conocido el hecho que el 97% de los incendios son provocados por personas que, de manera intencional o de manera accidental, son el origen del fuego.

La única manera que se conoce hasta este momento para reducir los incendios forestales es la prevención. Hasta antes del mega incendio del 2017 nuestro país prácticamente no hacía prevención de incendios forestales. Lo que se hacía era contratar a rostros de la televisión para que nos recordaran lo malo que era provocar incendios forestales, lo que fue siempre completamente irrelevante sobre la ocurrencia. Con posterioridad al mega incendio, tanto las empresas como el Estado comenzaron a cambiar el ángulo de ataque al fenómeno de los incendios y se comenzó a aumentar las acciones de prevención centradas esencialmente en las comunidades que viven cerca de los ecosistemas forestales y de las plantaciones. Lamentablemente, eso que se hace ha sido poco porque el número de incendios, que es el único indicador objetivo de éxito en prevención no ha bajado, sino que va en alza.

En realidad, lo que ocurre, es que en nuestro país se hace prevención de los dientes hacia afuera. O sea, se hace prevención a contrapelo. O, simplemente se cree que se hace prevención. Esto porque, tanto en las empresas como en el Estado, la prevención la hacen los mismos que combaten los incendios. Aquellos que se auto denominan los caballeros del fuego. Por ejemplo, la gerencia de incendios de la Conaf posee, dentro de sus dependencias, como uno más, al departamento de prevención de incendios forestales. La pregunta obvia es, pero ¿Cómo van a prevenir aquellos que han trabajado toda su vida profesional apagando incendios? ¿Qué incentivo puede tener un funcionario, público o privado, que posee una estructura de ingresos variables ligada a la ocurrencia de incendios, no a su ausencia, para que nuestro país tenga cada año menos incendios forestales?.

Los incentivos están mal puestos, no hay mala intención. Lo que ocurre es que como nunca hemos hecho prevención en serio, porque siempre hemos creído que esta era parte del combate, el resultado es que simplemente no se hace prevención de incendios forestales en nuestro país. Para graficar, la situación equivale a que los defensores penales y los fiscales fueran los mismos. Es aberrante. Organizacionalmente la prevención de incendios forestales es lo opuesto que el combate; una apunta para el norte y la otra para el sur; el “éxito” de una significa el relativo “fracaso” de la otra. En efecto, si la prevención se hace efectivamente, habrá menos incendios y, consecuentemente, habrá menos necesidad de quienes los apagan.

Concomitantemente a lo anteriormente expuesto, es que los incendios forestales vehiculan recursos financieros, en el ámbito público, de unos 200 millones de dólares cada año y, se estima que las empresas hacen otro tanto ¿En que se usa esa plata? Bueno, se contratan aviones y helicópteros en Chile y en el extranjero, se compra combustible e insumos, se pagan brigadistas forestales, se pagan los sueldos las horas extraordinarios y viáticos de los funcionarios del área, en fin, se usa para pagar todo el programa. Las empresas hacen algo parecido, pero subcontratan a terceros la labor de combate, pagando un precio base más un porcentaje por trabajo efectivo ejercido en incendios intervenidos. Entonces ¡el negocio es el incendio, no el no incendio! Si hay más incendios, se usan los aviones y los helicópteros, intervienen los brigadistas, se paga combustible utilizado etc…

Aún más, si hay más incendios, luego que se decreta alerta roja, se subcontratan adicionalmente servicios de helicóptero pagado por Onemi, el Ministerio del Interior les devuelve los recursos financieros utilizados a los bomberos, se compran más insumos como espumas, bombas de espalda y herramientas importadas. En breve, que haya más incendios significa que la economía del fuego se mueve más y genera renta. Si la prevención fuera efectiva y, por azar ya no hubiera incendios, toda esta cadena de valor del fuego se cortaría, se haría mas paupérrima, se haría menos interesante para los consorcios internacionales que arriendan los servicios de combate aéreo y, tal vez, sería más barato ya que no pedirían que les aseguraran un número de incendios forestales mínimo en las licitaciones.

En resumen, Chile no posee cultura de prevención de incendios, sino que posee un historial muy exitoso de combate de incendios: su sistema público y privado poseen, definitivamente, calidad mundial. Tampoco posee una estructura organizacional que permita que se desarrolle la prevención porque la tiene subordinada al combate, lo que es un contrasentido completo. Adicionalmente, el sistema de combate de incendios forestales está inserto, forma parte, es un eslabón importante del llamado cartel del fuego ya que, para tener calidad mundial en combate, como realmente la posee, no hay otra posibilidad y no ser parte de él, significaría que nuestros incendios forestales serían incontrolables.

¿Cómo salir de este círculo vicioso sin arriesgar el necesario éxito de la temporada del combate? Definitivamente la respuesta no pasa por nada instantáneo, el cambio que hagamos en estas materias debe ser estructural por ende es esperable resultados en el mediano plazo. Sin embargo, es imprescindible comenzar hoy mismo, veamos:

En primer lugar, se debe separar organizacionalmente el combate de la prevención de incendios. Son actividades opuestas, ya lo dijimos, porque no sólo compiten entre sí sino porque poseen objetivos divergentes. El objetivo de la prevención de incendios es que estos no ocurran, parece evidente, pero no lo es tanto cuando se observa el escuálido presupuesto que esta actividad posee. Es en la asignación presupuestaria donde se define la voluntad política del tomador de decisiones. Lamentablemente, nuestras autoridades confunden actividades cuando asignan los presupuestos y consideran acciones de combate como de prevención ¡casi siempre se hace combate… casi nunca se previene! Por ejemplo, se ha publicitado un botón rojo que sería apretado cuando haya condiciones de riesgo inminente: eso no es prevención es derechamente combate porque deberíamos estar abocado a que nunca ese botón rojo sea apoyado; ¡eso sería prevención! En realidad, la prevención posee presupuestos infinitamente menores que el combate. Por otro lado, el objetivo del combate de incendios forestales es apagar lo más rápido que se pueda, luego de declarado, un siniestro. Tiene lógica de emergencia.

Nuestro país tiene cultura de emergencia (Onemi), tiene estructura de emergencia, tiene protocolos de emergencia ya que si no son los incendios puede ser cualquiera de los otros fenómenos naturales que son, en sí mismos, catástrofes.

En segundo lugar, se debe aplicar un programa nacional de prevención de incendios forestales. Este programa requerirá luchar contra nuestro endémico inmediatismo, esencialmente porque su objetivo debe ser disminuir los incendios forestales en el mediano plazo hasta llegar a niveles fácilmente manejables. Este programa posee varias características, a saber:

a) Debe ser múltiple porque requiere que muchas entidades actúen en paralelo sobre las zonas geográficas susceptibles de prevenir incendios. Prevenir incendios no es responsabilidad sólo de la Conaf o de una u otra empresa, es una responsabilidad horizontal que cruza muchas organizaciones y entidades de nuestra sociedad.

b) Es complejo porque requiere el concurso de organismos del Estado que accionan sobre aspectos sociales, territoriales y de recursos naturales, todos ellos aportando desde su conocimiento científico o legal en concomitancia con el objeto de prevenir.

c) Debe ser sistemático, porque se debe hacer todos los días durante todo el año. Es claramente un despropósito que nos acordemos de los incendios cuando comienza a subir la temperatura y, en invierno, nuestros expertos en incendios descansen de la durísima labor realizada en verano. Los incendios se apagan en invierno porque ahí se asienta la labor de prevención. Esta labor es todo el año y, sobre todo se desarrolla en invierno.

d) Es un programa tecnológico porque se deben emplear herramientas de última generación como imágenes satélites de incendios en línea, simulaciones provenientes de modelos de incendios e inteligencia artificial que ayude a prevenir los sitios de los incendios (por ser incendios antropogénicos son predecibles con data).

e) Debe ser un programa educativo porque lo único que nos asegurará que los incendios disminuyan, a pesar del cambio en el clima hacia condiciones de mayor aridez que vivimos, es que los futuros ciudadanos no se dediquen a prender fuego para disminuir su hastío infantil o por una reivindicación mal entendida.

f) Es, finalmente, social porque la acción de prevención requiere del concurso de la sociedad completa, de aquella que vive lejos de los ecosistemas forestales y de aquella que interactúa con ellos. Recordemos que el 50% de los incendios forestales en nuestro país, se origina, más bien los originan personas, en zonas llamadas de interfaz, es decir en los bordes, de centros poblados y los bosques nativos o de las plantaciones.

Hacer como que se hace, pero en realidad, no se hace. Eso define mucho de nuestra idiosincrasia en general y, por supuesto, también en materia de prevención de incendios forestales. Lamentablemente, lo que está en juego con nuestra manera de no hacer las cosas, no son las 70 a 100 mil ha anuales de incendios forestales que permiten que el cartel del fuego se mantenga suficientemente aceitado. El BAU en materia de incendios, corresponde a lo que se llama un conflicto de baja intensidad. Es muy conocido que las partes involucradas en ese tipo de conflictos bélicos por ejemplo, tienen gran interés en que ese conflicto no sólo no pase a mayores sino que nunca se acabe. El negocio es el fuego, que duda cabe. El negocio es que siga habiendo entre 5 y 8 mil incendios anuales, que estos sean controlables con mecanismos tradicionales pero cada vez más gigantescos lo que los hacen cada vez más caros. Ya no basta con helicópteros especializados en combate, se requiere impresionar con helicópteros de doble hélice. Ya no basta con los tradicionales air tractor (aviones amarillos), se requiere un super tanquer ya que los incendios son, también y sobre todo, un espectáculo de farándula.

Lamentablemente, el mega incendio del año 2017 es un odioso testigo de cómo serán los incendios forestales del futuro. Ya no sirve que nos preparemos para el BAU, puesto que la única interrogante a este respecto es cuando se producirá el próximo mega incendio ya que es completamente seguro que un evento como ese ocurrirá nuevamente. Contra un incendio llamado de sexta generación por los expertos, es decir un evento de influencia holística (baste recordar que en Santiago inhalamos humo de los incendios Australianos en el pasado verano austral), lo único que resulta es la prevención. Tenemos que modelar los futuros mega incendios y disminuir su posibilidad de propagación mediante acciones de prevención activa como reseñamos más arriba. Esto porque las condiciones del cambio climático que vivimos y, que hacen probable la transformación de cualquier incendio en un mega incendio, seguirán presentes y serán cada vez más fuertes ¡Que incómoda verdad es esta que ya no nos sirve seguir practicando la prevención de incendios forestales a la chilena!

Jorge Morales Gamboni