El triunfo del Rechazo el 4 de septiembre de 2022 no fue un mero evento electoral en comicios convencionales de autoridades locales, regionales o nacionales. Fue un plebiscito de carácter épico, convertido en una auténtica reacción de supervivencia de la sociedad chilena frente a un proyecto de impronta iliberal pero con evidentes pretensiones totalitarias.
Para comprender la magnitud de esa jornada, es preciso recordar la grave abdicación de la centroizquierda tradicional. Desde 2011 en adelante, las cúpulas que alguna vez condujeron la transición prefirieron ceder al chantaje maximalista.
Ese año, las movilizaciones estudiantiles instalaron una nefasta agenda que hoy tiene a la educación pública en estado de descomposición y en el peor retroceso de su historia, con colegios emblemáticos reducidos a símbolos de tristeza, vergüenza e indignación. Pero no solo educación fue su objetivo también detener el crecimiento con reformas que aún sufrimos los chilenos.
Esta complacencia no era nueva. En la primera década del siglo, ante una escalada terrorista con decenas de bombazos en la capital, la investigación posterior dio sus frutos pero sectores políticos tildaron los juzgamientos como “montajes”, acompañados por una justicia que a juicio de muchos renunció a su cometido. El bochorno culminó cuando dos de los liberados en el “Caso Bombas” viajaron a España a continuar su oficio violento, donde sí fueron apresados y condenados.
En el marco de una conspiración para la ejecución de un Golpe al Estado, la deriva alcanzó su punto crítico en octubre de 2019, desatando una ola de violencia sistemática por meses, que sólo pudo detener la pandemia. La élite progresista nuevamente hizo causa común con la locura y paralelamente amparó en el Parlamento el intento de derrocar al presidente Sebastián Piñera mediante acusaciones constitucionales.
A esto se sumó el sistemático debilitamiento y afán de destrucción de Carabineros, cuyas consecuencias sufrimos hasta hoy con la instalación del crimen organizado, la llegada de delitos importados y el control territorial en amplios espacios del país.
Al convertirse en voceros del Apruebo, esa dirigencia se subordinó a un proyecto refundacional articulado bajo la lógica del Grupo de Puebla. La propuesta constitucional buscaba el desmantelamiento republicano mediante la eliminación del Senado, la captura del Poder Judicial, debilitamiento de los contrapesos, fragmentación del Estado bajo la plurinacionalidad, por nombrar algunos de sus objetivos.
A ello se sumaron agresivas pulsiones antinacionales. Promotores del texto atacaron con encono la bandera, el himno y los monumentos patrios -como los del general Baquedano, Prat y O’Higgins a lo largo del país- pretendiendo sustituir la identidad común por banderas negras, por banderas de pueblos originarios, por consignas internacionalistas, mientras se quemaban iglesias y destruían bienes públicos.
Ante el colapso de la centroizquierda tradicional, ciudadanos de diversos orígenes -desde la derecha hasta la izquierda democrática- decidimos enfrentar el proyecto destructor totalitario como un acto de emancipación personal y de compromiso con la patria.
Con esa convicción, asumimos el deber de ponernos de pie contra la euforia ideológica y alertar sobre el abismo al que se conducía al país. Es así que la contundente victoria de 61,89% contra 38,11%, fue una demostración que con ese nivel de Rechazo al cambio constitucional propuesto no debería haber habido un nuevo proceso.
El 4 de septiembre de 2022, el pueblo aplicó un freno de emergencia. La ciudadanía advirtió el sesgo autoritario del texto y la conducta antidemocrática de la mayoría de los convencionales promotores del Apruebo, en simultáneo a sus patéticos comportamientos. Así, la sociedad defendió su libertad, su patrimonio y la dignidad de la nación.
Al votar masivamente Rechazo, Chile detuvo la inercia populista que asolaba también a la región y demostró que la República y sus símbolos pertenecen a todos sus habitantes, no a vanguardias radicalizadas cuyo objetivo principal era su destrucción.
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