El 03 de septiembre de 2022, Chile estaba a horas de tomar una de las decisiones políticas más importantes de las últimas décadas. Sobre la mesa había una propuesta constitucional que amenazaba con profundizar nuestras divisiones. Un texto maximalista, identitario y refundacional; que debilitaba la igualdad ante la ley, tensionaba la unidad del Estado, fragmentaba instituciones y pretendía reemplazar décadas de construcción democrática por el experimento ideológico de una minoría radicalizada.

No fue un accidente. Fue el resultado de un proceso que muchas veces confundió una oportunidad histórica con una revancha política. La Convención tuvo la posibilidad de construir un gran acuerdo nacional y terminó hablando principalmente para sí misma. Las señales de soberbia, los símbolos de intolerancia y la incapacidad de escuchar a quienes pensaban distinto terminaron alejando progresivamente a millones de chilenos.

El 4 de septiembre Chile respondió. Y lo hizo de una manera categórica: un 62% rechazó aquella propuesta. Casi ocho millones de personas dijeron que Chile no quería partir nuevamente desde cero. Que los cambios son necesarios, pero no cualquier cambio. Que avanzar no significa destruir lo construido.

Por eso el 4 de septiembre merece ser recordado. Fue una demostración extraordinaria de sensatez democrática de los chilenos. Cuando buena parte de la política parecía atrapada por la polarización, la ciudadanía fue capaz de poner un límite.

Pero cuatro años después también debemos decir algo con la misma claridad. Sería un profundo error apropiarnos partidistamente de aquella mayoría. El 4 de septiembre ganó una mayoría democrática mucho más amplia que cualquier partido o coalición. Una mayoría que rechazó los extremos, pero que también esperaba de nosotros algo después de aquella jornada.

Porque detrás de ese gigantesco “No” había también esperanzas de futuro.

Esperanza de recuperar la seguridad, de volver a crecer y de mejores empleos y salarios. Esperanza de un Estado que funcione y de una política capaz de conversar. Esperanza de realizar cambios sociales con responsabilidad. Y, sobre todo, esperanza de volver a construir un proyecto compartido de país.
Por eso, además de recordar lo ocurrido el 4 de septiembre, quiero invitarnos a pensar en el 5 de septiembre.

El Chile del 5 de septiembre tiene que ser el Chile que dejó atrás la pulsión refundacional, pero que tampoco se resigna al inmovilismo. El que entiende que orden y cambio no son conceptos incompatibles. Que podemos defender con firmeza nuestras instituciones y al mismo tiempo reformarlas. Que podemos combatir sin complejos la delincuencia y simultáneamente recuperar nuestros barrios y confiar en las segundas oportunidades de nuestros jóvenes. Que podemos promover el crecimiento económico y hacer que sus beneficios lleguen a más personas. Que podemos discrepar profundamente sin convertir al adversario en enemigo.

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Ese debería ser también el desafío de una derecha moderna: tener convicciones suficientemente firmes para enfrentar los extremos, pero una vocación de mayoría suficientemente grande para encontrarse con quienes piensan distinto.

Chile ya demostró el 4 de septiembre que sabe poner límites. Ahora tenemos que demostrar que somos capaces de construir horizontes. Para que nunca más volvamos al 03 de septiembre. O mejor dicho: para que construyamos juntos el 05 de septiembre.