Debemos entender que el unilateralismo y la relativización del Derecho Internacional resultante de la política internacional norteamericana son factores a tener en cuenta en el diseño de nuestra propia política exterior para los próximos años.

Chile y el “hemisferio occidental”

Junto con “animaciones” de una Tercera Guerra Mundial (intercambio de misiles balísticos entre potencias nucleares), en la internet acumulan “likes” ciertos “rankings” de “los países más seguros del mundo”.

Todo en el contexto de la inseguridad que parece gobernar el sistema internacional después de consecutivas “iniciativas” norteamericanas en lugares candentes como Irán, el Mar Rojo, Venezuela y, ahora, el Ártico (Groenlandia).

Luego que el propio presidente Trump reafirmara que su país “necesita” (y “se quedará”) con dicho territorio danés, la neoconservadora primera ministra italiana Georgia Meloni llegó a preguntarse que, si eso ocurriera ¿los europeos deberían “quedarse” con las bases norteamericanas en Italia, España, Alemania y Turquía?

No por nuestro desmejorado “índice de criminalidad”, sino por nuestra situación geográfica alejada de los principales escenarios de una guerra atómica, en los referidos “rankings” Chile se ubica entre “los países más seguros”. En 2026 eso “ya no es tan así”.

Si en esas “animaciones” (generalmente pre-2025) la hipótesis de guerra se circunscribe al hemisferio norte y, por efecto de la circulación del mar y de la atmósfera, nuestro país sería menos afectado por la destrucción y el invierno nuclear siguiente, el reordenamiento mundial en marcha -en el que nuestro “hemisferio occidental” ya es parte activa del conflicto estratégico- comienza a relativizarse.

Ilustrativo de lo anterior es, por supuesto, la intervención norteamericana en Venezuela y, también, que la Argentina de Javier Milei (productora de “alimentos”) tempranamente se perfilara como “aliado estratégico” de Estados Unidos.

Las más recientes advertencias/amenazas de la administración Trump a los gobiernos de Cuba, Nicaragua, Venezuela y Colombia indican que, paulatinamente, nuestra región comienza a ser envuelta en el desorden mundial in crescendo.

En el caso argentino, su gobierno ya autorizó la construcción de una instalación militar norteamericana en Ushuaia (canal Beagle), a 15 kilómetros del límite con Chile. Si en principio se trata de un puesto logístico para operaciones antárticas, al menos hipotéticamente, se trata de un punto de observación y monitoreo del sector austral del “hemisferio occidental”.

En ese sector se incluyen los tres pasos marítimos naturales controlados por nuestro país, esto es, el Estrecho de Magallanes, el citado Canal Beagle y el sector del Paso del cabo de Hornos.

China en el “hemisferio occidental”

Años atrás, durante el período kirchnerista, Argentina autorizó una base militar secreta china en Neuquén, a 150 kilómetros del límite con Chile. Pasados los años, Estados Unidos sigue objetando dicha instalación, a la que atribuye funciones en el despliegue estratégico chino.

Otra vez, “hipotéticamente”, en un conflicto global, la instalación estadounidense en Ushuaia puede significar un “empate técnico” con China por el control del espacio del Cono Sur.

En el Pacífico, el proyecto chino en Chancay ya había generado la preocupación de Estados Unidos, considerando los “potenciales usos alternativos” de ese terminal para la flota china. Ahora se anuncia que Washington habría suscrito con el gobierno peruano un acuerdo para la “ampliación de la Base Naval del Callao”, lo cual agregaría al Perú (hoy abocado a la renovación de su armamento) a la lista de países en los que “coinciden” los intereses estratégicos opuestos de Washington y Beijing.

De esta y otras formas “nuestro hemisferio” “recupera” connotaciones geopolíticas propias de las décadas de 1950 y 1960. La “novedad” está, como queda establecido, en que, de facto y “por extensión”, el “enemigo externo para todos” no es la desaparecida URSS, sino China.

En ese marco preocupa que días atrás se alertara de la presencia en aguas nacionales de un “buque científico chino” antes singularizado como parte de la flota estratégica de Beijing. En sociedad con una universidad chilena, esa nave realizará “trabajos en la fosa de Atacama”.

En el Pacífico Sudeste y en el Atlántico Suroccidental, China mantiene una flota de pesca de más de 100 naves que, regularmente -vía el estrecho de Magallanes-, “ida y vuelta” se desplazan desde la “milla 200” ecuatoriana, peruana y chilena hacia “aguas internacionales” frente a Argentina e islas Falkland/Malvinas.

Además del impacto sobre los recursos marinos migratorios de Alta Mar (y por extensión de aquellos de las Zonas Económicas Exclusivas de Argentina, Chile, etc.), se sospecha que, en medio del despliegue pesquero, la flota china esconde “buques espía”.

Como en las regiones polares, en el Atlántico y el Pacífico, China, al igual que otras potencias, disfraza sus intereses estratégicos de “cooperación científica”, y solo cabe esperar que los funcionarios que aprobaron las citadas “actividades científicas” en “aguas profundas” del país hayan tomado los resguardos necesarios.

De otro modo podría entenderse que las autoridades chilenas han concedido un “bonus track” al posicionamiento chino en el Pacífico Sudeste (“hemisferio occidental”).

En Chile, recurrentemente, la falta de análisis multisistémico y prospectivo para contextualizar cuestiones en principio puntuales, pero vinculadas a problemas globales, termina, “como en el rodeo”, con una calificación de “cuatro puntos malos”.

¿Es necesario repetir errores como aquel de la relativización de la neutralidad del estrecho de Magallanes o el “llamado a la autodeterminación” de Rapa Nui ocurridos durante el actual gobierno?

Unilateralismo y [des]orden mundial

La expresión anglosajona “reshuflle”, utilizada en el póker para indicar “re-barajar las cartas”, resulta útil para ilustrar los cambios impuestos por la segunda administración Trump sobre el orden internacional. Más allá de si esos cambios obedecen -o no- a una estrategia o a una teoría (“del caos”, “del “loco”, etc.), lo importante es no olvidar que al gobierno norteamericano aun le restan tres años en el poder.

Esto es importante, porque para los ideólogos del gobierno Trump, en Iberoamérica la izquierda liberal terminó aliándose (y confundiéndose) con la izquierda revolucionaria y con grupos antisistema. Observada desde Washington, se trata de “un solo adversario” para su “guerra cultural” en contra el “pensamiento woke”.

En esta interpretación la izquierda iberoamericana es “solidariamente responsable” de la captura la agenda de Naciones Unidas, que transformó al “multilateralismo” en herramienta para sobre regular el sistema internacional (exceso de tratados con sistemas normativos sobrepuestos).

La “izquierda liberal” y sus aliados convirtieron a la “agenda multilateral” en “plataforma ambiental, anti-industria y anti-norteamericana”, no obstante que hasta hace poco Estados Unidos aseguraba casi el 25% del presupuesto de la organización. La disminución del aporte norteamericano a Naciones Unidas resulta de esa convicción.

Visto así, lo que está en marcha es “un proyecto” para desmontar esa sobrerregulación que, en el análisis norteamericano, afectó gravemente a su interés nacional y, comenzando por China, benefició a sus adversarios.

Desde esa óptica, el unilateralismo del gobierno Trump es una “reacción alérgica” no solo a una “agenda”, sino a una forma de hacer relaciones internacionales que -como es evidente- tampoco evitó catástrofes humanitarias, guerras como la Ucrania, ni resolvió “problemas endémicos” como el árabe-israelí (que Trump dice que “él mismo” resolverá).

En esa “dimensión” se incluyen otros “problemas pendientes” que, quizás a nuestro pesar, nos conciernen. Por ejemplo, la normalización de la crisis venezolana (con la repatriación de su diáspora), la crecientemente compleja relación fronteriza con México, la histórica “cuestión cubana”, y el “problema de Taiwán” (quizás el más complejo de todos).

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Mucho más allá de nuestra preocupación por “lo que está ocurriendo” en el mundo (y en nuestro “hemisferio”), debemos entender que el unilateralismo y la relativización del Derecho Internacional resultante de la política internacional norteamericana (que parece validar el obsoleto “Derecho de Conquista” aplicado a Groenlandia), son factores a tener en cuenta en el diseño de nuestra propia política exterior para los próximos años: los hechos, los porfiados hechos.

No hacerlo confiando en que una “política exterior técnica”, restringida a los aspectos económicos y comerciales, resguardará a nuestro interés, sería, de seguro, equivocado. Equivaldría a un intento fútil de “vivir en la nube”.

Para continuar encabezando los “rankings” de los “países más seguros” se precisa de una política exterior analítica y reflexiva, que evite improvisaciones costosas, y calcule riesgos y beneficios habilitando al nivel superior de toma de decisiones para que, en todo lo posible, nos mantenga a resguardo de las graves crisis que, con seguridad, en el corto y mediano plazo nos aguardan.