Etológicamente, el chimpancé no regresa porque haya desaparecido el trauma del pasado, sino porque la promesa bonobo fue vivida como incapaz de administrar el conflicto que ella misma heredó.

Desde el punto de vista etológico, la comparación entre chimpancés (Pan troglodytes) y bonobos (Pan paniscus) no es una simple diferencia dentro de un linaje de grandes simios. Arriesgando en estos tiempos alguna puya, habrá que decir que entre los grandes simios hay un género llamado Pan que es el más cercano evolutivamente al humano (también simio). Los miembros del género Pan son más cercanos a los humanos que los gorilas. Dentro de Pan ocurre la bifurcación crucial que nos interesa: la bifurcación entre chimpancés y bonobos.

Esto ocurrió hace más de un millón de años. La bifurcación no fue de origen genético, sino por nicho ecológico. La clave estuvo en el río Congo. Poblaciones del mismo género (Pan) quedaron separadas por el mencionado río, unos al norte y otros al sur. Los primeros se convertirían en lo que entendemos como chimpancés. Los del sur se convertirían después en bonobos. La distancia era pequeña en metros, pero insalvable porque el río era muy ancho y caudaloso. Miles de generaciones no cruzaron el río. La consecuencia era obvia: aislamiento reproductivo.

Si bien bonobos y chimpancés eran entonces iguales, la diferencia ecológica fue moldeando algunas diferencias. Y dentro de ellas, las más importantes fueron las conductuales. Unos y otros han desarrollado formas radicalmente distintas de organizar el poder, el conflicto y la cohesión social. La verdad, muy distintas: chimpancé y bonobo representan las dos grandes líneas estructurales del comportamiento social de los simios.

La línea chimpancé se organiza socialmente en torno a la dominancia jerárquica, masculina, control territorial agresivo, coaliciones instrumentales basadas en fuerza, resolución del conflicto por intimidación o violencia, y centralidad del alfa y castigo ejemplar.

Este modelo es expansivo, competitivo y orientado al control de recursos escasos. Su ventaja evolutiva es clara: permite imponer orden rápido, defender territorio y ganar en contextos de alta competencia externa. Su costo es la acumulación de tensión, fragmentación interna y violencia latente con posibles ‘estallidos’ en contra de las autoridades como representación sofisticada del ataque colectivo al macho dominante. Esto es lo que va por el lado chimpancé.

La línea bonobo, en cambio, se estructura a partir de la centralidad de las hembras y alianzas cruzadas, el uso sistemático del contacto sexual y lúdico para desactivar conflicto, la reducción drástica de la violencia letal, la excitación social y sexual como mecanismo de integración, cohesión por afecto con cercanía corporal y ritualización de la autoridad en la búsqueda de un orden más distribuido.

Aquí la ventaja evolutiva es la estabilidad interna, la baja agresividad y la alta cohesión del grupo. El costo es la menor capacidad de defensa frente a amenazas externas intensas o entornos altamente competitivos.

Solo chimpancés y bonobos desarrollan sistemas sociales complejos, capaces de escalar en tamaño y con aprendizaje cultural. Y dentro de esos sistemas, solo existen dos principios organizadores fundamentales: dominancia coercitiva y cohesión afectiva.

¿Y los humanos?

Todo grupo humano real es una combinación variable de ambas lógicas. Las sociedades pueden desplazarse históricamente de una a otra. Las crisis suelen producir oscilaciones bruscas entre ambos polos.

Es probable que no haya un tercer principio organizador autónomo. No existe una política del simio basada ni en pura racionalidad abstracta, ni en cooperación sin afecto, ni en igualdad sin jerarquía, ni en jerarquía sin coerción. Esas son ilusiones normativas humanas, no patrones etológicos estables.

Cuando una sociedad cree haber “superado” una de estas lógicas —por ejemplo, eliminando la dominancia— no crea una nueva ruta, sino que queda estructuralmente incompleta. El vacío es llenado tarde o temprano por el polo opuesto, generalmente de forma más brusca y menos reflexiva.

¿Es posible ocupar estas categorías para analizar la política chilena de las últimas décadas? Nuestra respuesta es que sí y que aporta relevancia la distinción. Hagamos el ejercicio.

1. Dictadura: la hegemonía pura del chimpancé

La dictadura chilena puede leerse como un régimen chimpancé clásico. En términos etológicos, el chimpancé organiza su grupo mediante jerarquías rígidas, castigo ejemplar, exhibición de fuerza y control del territorio. La cohesión no es afectiva, sino coercitiva.

En este momento, el sistema político funciona como una manada disciplinada por el alfa. El conflicto no se gestiona, más bien se suprime. El disenso no se procesa como tal, sino como riesgo sistémico y necesidad de supresión. Es la idea de la expulsión o la destrucción. La sexualidad, la fiesta, el juego y la emocionalidad —elementos centrales del bonobo— son vistos como amenazas al orden. La política se vuelve ascética, severa, hipermasculinizada, incluso cuando adopta ropajes tecnocráticos.

Este tipo de orden es altamente eficaz para estabilizar rápidamente un ecosistema caótico, pero genera un problema estructural: acumula tensión no resuelta. En términos animales, es una paz aparente basada en inmovilidad forzada. Cuando el alfa envejece o pierde legitimidad, la violencia retorna amplificada. “No se mueve una hoja sin que yo lo sepa”, dijo Pinochet.

La viabilidad de la salida algo estilo bonobo del plebiscito se produjo en el día que las dos rutas (conflictivas entre sí) de orden conductual chimpancé chocaron sin sujeto triunfante: fue el atentado a Pinochet, donde este último salió dañado porque había hojas en Chile que se movían sin él saberlo, pero también salen dañados los frentistas que ejecutan el atentado pues no logran matar al macho alfa. Fue el momento en que la disputa de fuerza pudo convertirse en lápiz.

2. Transición: la entrada controlada del bonobo

La transición chilena introduce, por primera vez, rasgos bonobo en un ecosistema aún chimpancé. El bonobo no elimina jerarquías, pero las desdramatiza. Sustituye la violencia directa por rituales de consenso, contacto social, negociación, distribución simbólica del reconocimiento.

Aquí emerge el modelo de la Concertación. Se trata de una búsqueda deliberada de desactivar el conflicto, contener la agresión y generar estabilidad mediante acuerdos. No se desafía frontalmente al macho alfa; se lo rodea, se lo persuade, se negocian espacios.

Pinochet vuelve a su trabajo, luego debuta de senador. Estamos en un equilibrio híbrido donde el chimpancé sigue controlando la estructura dura (economía, fuerzas armadas, constitución), pero el bonobo introduce lenguajes de cuidado, moderación y racionalidad.

Este orden funciona porque no pretende abolir la dominancia. En rigor, solo se trata de administrarla. El consenso es frío y aun cuando el afecto existe, está regulado y no tiene un despliegue intenso. Surge el lenguaje de reconciliación y el énfasis en la convivencia y la prudencia.

Hay un esfuerzo de decir que la forma chimpancé debe alejarse con la ritualización del “nunca más” y las comisiones como Rettig y Valech. Es un llamado claro, pero sin confrontación directa. Aquí el bonobo no gobierna, sino que calma. Actúa como mecanismo de descompresión emocional colectiva. El chimpancé (FF.AA., constitución, economía) sigue intacto, pero se introduce un clima relacional que evita la reactivación de la violencia.

El consenso no tuvo un componente comunitario o emotivo. El consenso fue técnica, no afecto. Durante gran parte de la década de los 90, el bonobo aparece solo para permitir cooperación sin alterar jerarquías. Surgen así los acuerdos transversales, la negociación parlamentaria constante y el lenguaje tecnocrático moderado.

Pero no es un bonobo completo. Este es un bonobo frío, racionalizado. No hay fiesta ni afecto expansivo. Hay contacto mínimo necesario para evitar el conflicto.

Es el bonobo que sabe que el alfa le está mirando. Por eso el bonobo se dedicó a enfatizar el cuidado material sin disputa de poder. Surgen los programas de alivio de la pobreza, la expansión gradual de derechos sociales y un lenguaje de protección y oportunidad.

Es un bonobo permitido, pero no empoderado. Puede existir mientras no cuestione la arquitectura del dominio.

3. Intensificación bonobo: el consenso afectivo-excitatorio

¿Era posible coordinar el poder desde la fiesta, la amistad y la sexualidad? Ese lugar no parecía una estructura de poder, pero lo ha logrado y ha hecho gobierno. Desde 2011 más tímidamente con un clímax en 2018, vimos cómo el bonobo dejó de ser complemento y pretendió convertirse en principio total.

El consenso ya no se construye solo desde el acuerdo racional, sino desde el afecto compartido y la fiesta. ¿Formas de organizar un acuerdo? El placer de la fiesta y de su fiel compañero, el sexo. La fiesta se convirtió en mecanismo de cohesión y la excitación reemplazó a la legitimidad. Hubo quienes plantearon algo así como que la sexualidad y el cuerpo son lenguajes de integración de integración.

Este es el momento cultural que conduce al auge del Frente Amplio. La política entonces se vive (o se esconde) como comunidad emocional, no como estructura de poder. El conflicto se cree superable no mediante reglas, sino mediante empatía ampliada.

He aquí el bonobo:

– La autoridad se sospecha.

– La verticalidad se considera patológica.

El gobierno del Frente Amplio desplegó en varios momentos una forma de ejercicio del poder que puede leerse etológicamente como una política bonobo en estado avanzado, donde el cuerpo, el afecto y la pertenencia sustituyeron parcialmente a la jerarquía, la técnica y el mando.

La gestualidad pública privilegió la cercanía, el abrazo, la informalidad y la ruptura del protocolo como señales explícitas de no dominancia, mientras la identidad y el reconocimiento simbólico operaron como fuentes centrales de legitimidad.

La política se expresó muchas veces como vínculo amistoso antes que como orden, como cuidado antes que como sanción, como validación emocional antes que como capacidad de corte. En ese marco, la autoridad tendió a construirse desde la afinidad y la pertenencia al grupo más que desde la pericia técnica o la demostración de control, reproduciendo un clima de alta cohesión interna, pero también de fragilidad frente a entornos adversariales.

Ese predominio afectivo se tradujo en un estilo de conducción marcado por la horizontalidad decisional, la deliberación prolongada y la dificultad para ejercer mando en contextos de urgencia. La contención emocional fue frecuentemente priorizada frente al castigo ejemplar (incluso en una denuncia de posible violación entre un alto funcionario de gobierno y una profesional), la fiesta y la estética funcionaron como dispositivos de cohesión simbólica (las anécdotas se suman sin descanso), y la técnica quedó muchas veces subordinada a la necesidad de preservar el clima interno del grupo.

Etológicamente, el sistema mostró una gran capacidad para generar excitación compartida y sentido de comunidad, pero una baja disposición a imponer límites cuando el conflicto lo exigía. El resultado no fue un colapso inmediato, sino un desgaste progresivo del vínculo cuando la realidad económica, política y social demandó decisiones duras, autoridad visible y capacidad de coerción legítima, abriendo así el espacio para el retorno del deseo de orden que suele seguir a las fases de expansión bonobo.

Y esto ocurrió desde el primer día: Izkia Siches, ministra de Interior, viajó a Temucuicui (zona de conflicto mapuche) sin salvaguardas de seguridad, creyendo que el diálogo y el afecto resolvería el problema. El gobierno tuvo que generar finalmente una detención altamente chimpancé para superar el incordio.

El problema es que el bonobo funciona en grupos pequeños y densamente vinculados, no en sociedades complejas con alta competencia externa. Cuando el ecosistema se vuelve hostil —crisis económica, presión internacional, conflictos de intereses— el bonobo carece de defensas. No sabe imponer límites, solo procesar emociones sin una salida racional de ello. Es un procesamiento de relajación. Si la tensión amenaza explotar en un conflicto latente, el bonobo se masturba y, no obstante no resuelve el problema, se calma.

4. El momento actual: promesa de retorno chimpancé

El estallido fue una irrupción chimpancé abierta, violenta, territorial y destructiva, incluso cuando se construyó una narración por sectores de la izquierda que enfatizaban la dignidad, el pueblo o el despertar.

Quienes luego llegan al gobierno —en particular el Frente Amplio— cargan con una doble amenaza simbólica. Por un lado, el riesgo de ser identificados con esa violencia y quedar atrapados en la lógica del desorden. Por otro, el temor a que cualquier gesto de autoridad o coerción los devuelva al repertorio chimpancé que dicen querer superar. Frente a ese dilema, el sistema opta por una huida hacia el bonobo, como reflejo defensivo.

Desde esta perspectiva, la sobrerreacción bonobo no busca tanto construir un nuevo orden, como exorcizar el fantasma del estallido. El problema es que el estallido no fue solo un evento simbólico, sino la manifestación de un conflicto chimpancé no resuelto. Al intentar alejarse de él mediante una política casi exclusivamente afectiva, el gobierno de Boric deja sin procesamiento la dimensión de fuerza, límite y control que el propio estallido había puesto brutalmente sobre la mesa.

El bonobo aparece así no como síntesis, sino como negación. Y cuando el bonobo gobierna como negación del chimpancé, queda estructuralmente impedido de ejercer autoridad sin sentir que se traiciona.

En ese sentido, la reacción altamente bonobo no es continuidad del estallido, sino su inversión ansiosa e infantil. Pero como el conflicto no se evapora por inversión simbólica, la sociedad comienza a demandar nuevamente orden, límites y protección. El péndulo vuelve a moverse. El bonobo fue utilizado como mecanismo de huida y no como parte de una arquitectura estable que integrara, sin negarla, la dimensión chimpancé del poder.

Cuando un ecosistema social percibe que la política bonobo no garantiza protección, emerge una reacción etológica casi automática: el deseo de un nuevo alfa. No necesariamente un dictador, pero sí figuras duras, límites claros y sanción visible.

Es la hora del endurecimiento, del castigo y la restauración de jerarquías. Este retorno del chimpancé no es idéntico al primero. Es un chimpancé resentido, que ha visto el experimento bonobo y lo interpreta como desorden, abuso o ingenuidad. Quiere orden, pero ahora con justificación moral.

El paso desde la fase bonobo hacia el retorno chimpancé no ocurre como un giro abrupto, sino como una transición por agotamiento. La política afectiva, desplegada como huida del estallido, fue perdiendo capacidad de producir protección a medida que el conflicto no resuelto seguía operando por debajo. La contención emocional, la horizontalidad y la negación del mando comenzaron a ser leídas no como cuidado, sino como desamparo.

Allí se produce el quiebre etológico decisivo. Cuando el vínculo ya no calma y la empatía no ordena, el grupo comienza a buscar instintivamente señales de jerarquía, límite y castigo.

En ese vacío emergen figuras que no prometen síntesis, sino dominancia explícita, como José Antonio Kast y Johannes Kaiser, que construyen su legitimidad no a pesar del fracaso bonobo, sino precisamente sobre él.

El discurso del orden, la fuerza y la sanción aparece entonces no como nostalgia autoritaria, sino como respuesta adaptativa a un ecosistema percibido como inseguro. Etológicamente, el chimpancé no regresa porque haya desaparecido el trauma del pasado, sino porque la promesa bonobo fue vivida como incapaz de administrar el conflicto que ella misma heredó. El resultado es un chimpancé nuevo, resentido y moralizado, que se legitima no por imponer terror puro, sino por ofrecer protección frente a un poder que, al negarse a ejercer límites, terminó exhibiendo su fragilidad.

José Antonio Kast fue el primero en 2017 en esta ruta. Desde entonces sus campañas se construyeron explícitamente como promesas de restauración del orden. Ya antes del último proceso electoral sostuvo reiteradamente que “sin orden no hay derechos” y que “los delincuentes deben tener miedo, no los ciudadanos”, fórmula repetida en entrevistas radiales y televisivas desde 2021 en adelante.

En otra línea constante afirmó que era necesario “respaldar sin complejos a Carabineros y a las Fuerzas Armadas” y que el país requería “estado de emergencia permanente en la Macrozona Sur”. Estas declaraciones no buscan deliberar ni persuadir, sino marcar jerarquía, dar espacio al efecto del miedo como regulador social y relegitimar la coerción como principio organizador.

Kast no promete diálogo ni reparación, promete dominancia clara, delimitación amigo–enemigo y castigo visible. Su mensaje chimpancé no es improvisado, es sistemático y moralizado, y se ofrece como respuesta directa al fracaso del experimento bonobo.

El segundo caso es Johannes Kaiser, que lleva el registro chimpancé a un nivel más crudo y provocador. Kaiser ha declarado en múltiples espacios que “la izquierda destruyó el país”, que “el estallido fue delincuencia pura” y que “Chile necesita mano dura de verdad, no psicólogos ni asistentes sociales”, expresiones difundidas ampliamente en redes y entrevistas previas al último ciclo electoral.

Kaiser no intenta administrar la dominancia, sino exhibirla. Su discurso opera como demostración pública de agresividad simbólica, busca provocar, polarizar y atraer a quienes perciben que el Estado perdió completamente la capacidad de imponer orden. Es el chimpancé que no se avergüenza de serlo y que se legitima precisamente en la burla del bonobo.

Kast ha venido criticado con dureza tanto la gestión del gobierno como las decisiones personales de Boric, calificándolo de “mal presidente” y asegurando que no tiene legado. Lo que Kast no entiende es que el bonobo no busca un legado, sino una experiencia; no busca una obra, sino un placer relajante que otorgue a la vida un reconfortante momento.

¿Usted quiere una conclusión?

El chimpancé levanta imperios que no sabe habitar; el bonobo habita fiestas que no sabe defender.