La señal está dada. Perú ha definido la relación con Chile como política de Estado. Chile, a través de su presidente electo, ha mostrado voz y carácter.

La visita del presidente electo chileno no fue diplomacia de rutina. Fue una señal política clara: seguridad, migración, inversión y cooperación estratégica pasan al centro de una relación que Perú asume como política de Estado.

No todas las visitas presidenciales dicen algo. Algunas solo cumplen. Otras, en cambio, marcan un cambio de tono. El paso de José Antonio Kast por Lima pertenece a este segundo grupo. Por eso, en una entrevista reciente con Radio Bío Bío, lo resumí en una frase simple pero elocuente: Chile vuelve a tener voz y carácter. Eso fue exactamente lo que se percibió en Perú.

La presencia de un presidente electo de Chile en Lima genera siempre expectativa. Pero esta vez no fue solo atención protocolar. Hubo lectura política, interés empresarial y observación regional. En una relación bicentenaria, profundamente interdependiente, cada gesto importa. Y esta visita transmitió algo distinto: menos ambigüedad y más definición estratégica.

Kast abrió su agenda con una reunión con el capítulo peruano del Consejo Empresarial Chile–Perú, enviando una señal inequívoca al mundo económico. Allí planteó que estos pueden ser los mejores cuatro años de la relación bilateral, siempre que exista estabilidad, reglas claras y cooperación efectiva. El mensaje fue directo: sin seguridad y sin gobernabilidad, no hay integración ni inversión posible.

Ese enfoque encontró continuidad en Palacio de Gobierno, durante su reunión con el presidente constitucional del Perú, José Jerí. El comunicado oficial peruano es políticamente revelador: interpreta la relación con Chile como una política de Estado, basada en la amistad histórica, la cooperación y la necesidad de enfrentar desafíos comunes. Esto implica continuidad, previsibilidad y una voluntad institucional que va más allá de la coyuntura.

La respuesta de Kast fue coherente con ese marco. En Palacio habló de buena vecindad como principio activo, no como fórmula retórica. Ser buenos vecinos -planteó- significa coordinarse frente al crimen organizado, ordenar la migración irregular y generar condiciones reales para la inversión y el desarrollo compartido. Chile y Perú, en su diagnóstico, no pueden permitirse actuar como compartimentos estancos frente a problemas que operan regionalmente.

El crimen organizado fue descrito como lo que hoy es: una industria transnacional que se mueve más rápido que los Estados cuando estos no cooperan. La migración irregular, como una consecuencia directa de crisis regionales mal gestionadas, que exige orden, coordinación y control estatal. En ese contexto se instaló la necesidad de evaluar mecanismos como un corredor humanitario, no desde la ideología, sino desde la eficacia y la responsabilidad.

Durante una entrevista a un medio el día de ayer señalé que cuando el crimen se coordina regionalmente, la descoordinación estatal deja de ser un error y pasa a ser una irresponsabilidad política. Ese es el trasfondo de esta visita. Seguridad y migración dejaron de ser temas sectoriales: hoy son condiciones estructurales para la democracia, la inversión y la estabilidad.

Ahí aparece el segundo eje clave del viaje: la inversión complementaria. Kast vinculó explícitamente seguridad, migración ordenada y crecimiento económico. Chile y Perú no solo compiten; se complementan, especialmente en sectores estratégicos como minería, infraestructura, energía y logística.

Ambos países concentran una parte decisiva de las reservas de cobre del mundo, un recurso crítico para la transición energética global. Pensar esta relación solo en términos comerciales es insuficiente. Existe una oportunidad real de avanzar hacia asociatividad productiva, integración de cadenas de valor y, hacia una zona franca del cobre, que permita escalar industrialmente, atraer inversión y ganar peso estratégico frente a los grandes mercados internacionales.

Las declaraciones finales de Kast al dejar Lima cerraron el círculo: buena vecindad, cooperación directa y una relación sin complejos, enfocada en resultados. No hubo grandilocuencia, pero sí dirección política.

La señal está dada. Perú ha definido la relación con Chile como política de Estado. Chile, a través de su presidente electo, ha mostrado voz y carácter.

Ahora viene lo más difícil: transformar esta coincidencia estratégica en decisiones concretas. Porque si estos serán efectivamente los mejores cuatro años de la relación Chile–Perú, no lo dirán los comunicados, sino los hechos. Y esta vez, la región está mirando.