Kalinka Bamberski tenía 14 años cuando murió en la casa de su padrastro alemán en una noche de verano de 1982. Su padre, André, pasó tres décadas combatiendo la impunidad en dos países antes de que la justicia —y sus propias manos— pusieran fin a la historia.
Es la madrugada del 18 de octubre de 2009. En la pequeña localidad bávara de Scheidegg, 750 kilómetros al sur de Berlín, tres hombres esperan en las sombras frente a la casa de un médico de 74 años. Su objetivo lleva décadas disfrutando una vida tranquila y cómoda en Alemania, lejos de los tribunales franceses que lo condenaron en ausencia por matar a su hijastra adolescente.
Lo que ocurrió esa noche no era ningún procedimiento policial. No había orden judicial, no hubo uniformes ni protocolo. Detrás estaba un padre que ya había agotado cada recurso legal imaginable durante casi tres décadas y que, en algún momento, entre su desesperación y determinación, tomó la decisión de terminar el asunto él mismo.
Los tres hombres entraron a la casa, redujeron al médico, lo golpearon, lo amordazaron, lo envolvieron en una manta y lo cargaron hasta una camioneta. Luego condujeron unos 250 kilómetros hacia el oeste, cruzaron la frontera con Francia y dejaron al hombre atado en el umbral de un edificio en Mulhouse, a pasos del palacio de justicia. Luego llamaron a la policía desde un teléfono prepago:
“Vayan a la rue du Tilleul. Encontrarán a un hombre atado…”
El hombre era Dieter Krombach, el cardiólogo alemán que la justicia francesa había pasado años tratando sin éxito de procesarlo. El padre que lo había enviado allí se llamaba André Bamberski. Y para entender por qué un contador jubilado de Toulouse llegó a organizar un secuestro internacional, hay que retroceder 27 años a una noche de verano a orillas de un aparentemente tranquilo lago alemán…
Una familia rota en tres idiomas
André Bamberski nació el 22 de julio de 1937 en Le Quesnoy, en el norte de Francia. Su infancia estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial: fue deportado junto a su hermana gemela a Alemania y luego a Polonia, y recién en 1946 regresaron a Francia.
Estudió contabilidad, prestó 36 meses de servicio militar en Argelia y terminó construyendo una carrera internacional en materia fiscal, hasta dirigir una empresa de 850 empleados en Casablanca, Marruecos.
Fue en Casablanca donde conoció a Danièle Gonnin y se casó con ella. Tuvieron dos hijos: Nicolas y Kalinka, nacida el 7 de agosto de 1967.
En esa misma ciudad, en 1973, Danièle comenzó una relación clandestina con Dieter Krombach, un médico internista y cardiólogo nacido en Dresde en 1935 que trabajaba en el consulado alemán de Casablanca. Para 1975, Danièle había abandonado a André. En 1977 se casó con Krombach y se radicaron en Lindau am Bodensee, una ciudad bávara a orillas del lago de Constanza.

Kalinka y Nicolas quedaron bajo la tuición de su madre y su nuevo esposo alemán alrededor de 1980. Kalinka asistía durante la semana a un internado de habla francesa en Friburgo y pasaba los fines de semana y las vacaciones en la casa de los Krombach en Lindau.
Era una hermosa adolescente rubia, de ojos azules, atlética y extrovertida, que apenas hablaba alemán y que esperaba mudarse definitivamente con su padre en Pechbusque, las afueras de Toulouse, para agosto de 1982.
Nunca llegaría a cumplir ese sueño.
La fatídica noche del 9 de julio de 1982
El viernes 9 de julio de 1982, Kalinka pasó la tarde practicando windsurf en el lago de Constanza. Regresó a casa alrededor de las cinco de la tarde sintiéndose cansada. Cenaron juntos.
Según el propio Krombach —cuya versión cambiaría en múltiples ocasiones a lo largo de los años— esa noche le inyectó a la niña Kobalt-Ferrlecit, un preparado que contenía cobalto, manganeso, cobre, hierro y lecitina, fabricado por una empresa de Colonia. En un primer momento dijo que la inyección era para “ayudarla a broncearse”. Después cambió su explicación: trataba una anemia. También le dio una pastilla para dormir. Le pidió que apagara la luz hacia la medianoche.

A la mañana siguiente, 10 de julio, entre las 9:30 y las 10 de la mañana, Krombach dijo que entró al cuarto de Kalinka vestido con ropa de equitación para dar su paseo matutino. La encontró muerta. El cuerpo ya presentaba la dureza del rigor mortis, lo que según los forenses situaba la hora del deceso entre las 3 y las 4 de la madrugada.
Krombach afirmó haber intentado reanimar a la niña con desesperación usando una inyección de Coramin directa al corazón, más Novodigal en las piernas e Isoptin también inyectado. Los patólogos forenses que examinaron el caso años después calificaron estos supuestos intentos de reanimación sobre un cadáver ya en rigor mortis como “grotescos”. Para ellos, la imagen era inequívoca: el médico sabía perfectamente que Kalinka ya estaba muerta.
Por insistencia de Krombach, el cuerpo fue trasladado directamente a la morgue sin que interviniera la policía criminal —una irregularidad grave para un caso de muerte súbita e inusual. André Bamberski recibió la llamada de su exesposa alrededor de las 10:30 de la mañana, desde su casa en Pechbusque. Fue la llamada que cambió el resto de su vida.
Una autopsia que destruyó las pruebas
La autopsia se realizó dos días después del fallecimiento, en el Hospital Municipal de Memmingen. Según reportes de la época, Krombach estuvo presente durante el procedimiento —algo sumamente irregular y que posiblemente fue facilitado por el hecho de que uno de los patólogos era conocido suyo.
Los hallazgos fueron perturbadores. El cuerpo de Kalinka presentaba contenido gástrico aspirado en las vías respiratorias y los pulmones, alimento sin digerir en el estómago, varias marcas de inyecciones en los brazos, la pierna derecha y el tórax, y un desgarro de aproximadamente un centímetro en la vulva, con manchas de sangre fresca alrededor de los genitales y sustancias blancas y viscosas dentro de la vagina. Estas últimas muestras nunca fueron analizadas. No se realizó ningún análisis toxicológico.
Y lo más devastador: los órganos genitales de Kalinka fueron extirpados durante la autopsia y jamás volvieron a hallarse. Con ellos desapareció la principal evidencia de lo que realmente había ocurrido esa noche. Ninguno de los dos laboratorios forenses alemanes que manipularon los restos fue capaz de explicar su paradero.
Cuando los patólogos le preguntaron por la causa de muerte, Krombach sugirió que “el exceso de sol durante el windsurf” podría explicar el deceso. Lo descartaron de plano. Sin embargo, el 17 de agosto de 1982 —apenas cinco semanas después de la muerte de Kalinka— el fiscal de Kempten, Klaus Schnabl, cerró el caso sin determinar ningún hecho delictivo. Krombach pudo volver a su consultorio.
Meses después, el forense Wolfgang Spann del Instituto Médico-Legal de Múnich analizó las muestras de tejido y concluyó que el Kobalt-Ferrlecit es “una sustancia peligrosa sin ningún valor para mejorar el bronceado” y que sus reacciones adversas —náuseas, fiebre, vómito e incluso fallo respiratorio y paro cardíaco— ocurren de inmediato tras la inyección, no horas después como indicaba la versión de Krombach.
Su conclusión fue demoledora: el médico inyectó a Kalinka justo después de cenar, provocando un shock anafiláctico, pérdida de conocimiento, vómito aspirado hacia los pulmones y muerte por asfixia. En 1988, expertos forenses franceses establecieron oficialmente que la causa de muerte fue asfixia y shock cardiovascular provocados por la inyección de cobalto-hierro. Pero para entonces, Alemania ya había cerrado el caso.
El padre que no olvidó
André Bamberski no recibió un informe de autopsia traducido hasta octubre de 1982, tres meses después de la muerte de su hija. Lo que leyó lo horrorizó. Décadas después aún lo describía con la misma crudeza: “Cuando leí ese informe, supe que había que hacer algo. Que tenía que hacer algo”. Dedicaría los siguientes 27 años a combatir la impunidad de Krombach, a un costo personal enorme: su carrera, sus amistades y gran parte de su vida.
En 1983 viajó a Lindau durante el Oktoberfest y distribuyó panfletos acusando a Krombach de violación y asesinato. Krombach lo demandó por difamación y ganó una sentencia millonaria en marcos alemanes que Bamberski simplemente se negó a pagar.

En diciembre de 1985, el cuerpo de Kalinka fue exhumado en Toulouse para una segunda autopsia. El resultado fue devastador: los órganos genitales, extirpados en la autopsia original, habían desaparecido por completo. Sin esa evidencia, ningún nuevo análisis era posible. La segunda oportunidad de probar lo ocurrido se había esfumado antes de comenzar.
En 1987, el caso llegó ante el Oberlandesgericht (Tribunal Regional Superior) de Múnich, que encontró pruebas insuficientes para determinar si la inyección de Krombach había causado la muerte de forma negligente o intencional. Alemania cerró el caso oficialmente.
Para Bamberski, era como si su hija hubiera muerto dos veces.
El tiempo se acaba
Bamberski giró entonces hacia la justicia francesa. La ley penal francesa permite procesar en Francia a un extranjero que haya cometido un crimen contra un ciudadano francés fuera del país. Kalinka era francesa y eso bastaba para intentarlo. El dolido padre ignoraba que estaba por emprender çuna de las batallas legales más largas y frustrantes de la historia criminal europea.
El 8 de abril de 1993, la Cuarta Cámara de Acusación del Tribunal de Apelación de París encontró “cargos suficientes” y envió a Krombach a juicio por homicidio voluntario. El 9 de marzo de 1995, la Cour d’Assises de París lo condenó en ausencia —y en contumacia— a 15 años de cárcel, el máximo posible para la acusación presentada. Krombach no se molestó en presentarse al juicio. Tampoco fue extraditado. No se emitió ninguna orden de arresto internacional hasta dos años después, gracias a la presión incansable de Bamberski.
Lo más cerca que estuvo Krombach de enfrentar a la Justicia fue en enero de 2000, cuando un policía austríaco lo reconoció en un tren en el oeste de Austria y lo detuvo. Parecía que por fin llegaría su hora de rendir cuentas. Para desilusión de Bamberski, el Oberlandesgericht de Innsbruck ordenó su liberación tres semanas después, declarando que el proceso francés había sido “procesalmente injusto”.

Pero la mayor derrota llegó el 13 de febrero de 2001, cuando el Tribunal Europeo de Derechos Humanos anuló la condena de 1995 e incluso ordenó a Francia pagar una indemnización al propio Krombach. En 2004, Alemania rechazó además la solicitud francesa de extradición, argumentando nuevamente que el caso estaba cerrado en su jurisdicción.
A fines de la década del 2000, Bamberski enfrentaba lo que él mismo describió al periodista del diario suizo Tages-Anzeiger como un “callejón sin salida total”. El plazo de prescripción se acercaba y tras ello, no habría nada más que hacer. Los vecinos de Krombach aseguraban que el médico planeaba establecerse aún más lejos, en África Occidental. “Yo estaba frente a un callejón sin salida completo”, reconoció Bamberski. “Tenía que hacer algo”. Y entonces, dio el salto.
Un depredador serial
Pero la historia de Kalinka no era la única que apuntaba a Krombach. Mientras Bamberski libraba su guerra legal, una sombra oscura se había apoderado de la vida de Dieter Krombach. Lo que los tribunales tardaron décadas en reconocer, las víctimas ya lo sabían: Krombach no era un médico respetable que había cometido un trágico error. Era un depredador.
Durante más de una década, el médico había administrado anestésicos intravenosos a mujeres en su consultorio y las violaba mientras estaban inconscientes. En 1997, una joven de 16 años llamada Laura Stehle, sobrina de su ama de llaves, visitó su clínica para una gastroscopia. Cuando despertó, Krombach estaba sobre ella completamente desnudo.
“Cuando desperté, él estaba encima de mí, totalmente desnudo. Me quedé en shock. Intenté moverme, pero estaba completamente paralizada”, declaró la joven. Fue identificado positivamente por restos de semen y confesó. Cinco pacientes adicionales también lo acusaron de violación.
Increíblemente, el 17 de marzo de 1997, el Landgericht (Tribunal Regional) de Kempten lo condenó por violación sólo a una pena remitida de dos años y le retiró su licencia médica tras 45 años de ejercicio, una condena que muchos consideraron escandalosamente baja.
En una entrevista televisiva para la televisión pública alemana, ZDF —la única que concedió en su vida— Krombach respondió burlón sobre su víctima con una sonrisa: “Ella no dijo sí, pero tampoco dijo no… el que calla parece que consiente, como se decía en la antigua Roma”.

La propia esposa de Krombach, Danièle, quien no tardó en separarse de él, declaró años después ante el tribunal francés que él la drogaba con somníferos para tener relaciones sexuales con una adolescente vecina mientras ella dormía en el piso de arriba.
“Supe de cosas que me impactaron”, dijo Danièle en el estrado. “Que me había dado pastillas para dormir para poder tener sexo con una chica, una vecina adolescente, en nuestra propia casa. Si puedes hacerlo una vez, puedes hacerlo otras veces. Eso me deja muchas dudas sobre por qué dormía tan profundamente la noche en que murió Kalinka“.
Entre 2001 y 2006, ya sin licencia, Krombach ejerció ilegalmente la medicina haciéndose pasar por un médico de reemplazo vacacional, ganando casi 300.000 euros. En julio de 2007 fue condenado a dos años y cuatro meses de cárcel por fraude y ejercicio ilegal de la medicina, aunque para junio de 2008 ya había salido en libertad condicional, sin haber completado un año en prisión.
Para cuando fue secuestrado, ya eran al menos 16 mujeres las que habían acusado a Krombach de algún tipo de violencia sexual. Pero su fortuna para evadir a la Justicia estaba a punto de terminarse.
“Por suerte, no me preocupé de las consecuencias”
Eran comienzos de octubre de 2009 cuando Bamberski recibió una llamada inusual. Un hombre que sólo se identificó como “Anton” le ofreció ayuda para “llevar” a Krombach hasta Francia.
Se llamaba Anton Krasniqi, un barman kosovar de 43 años que había seguido el caso en los medios y se había conmovido con la historia de Bamberski. Según indica el diario británico The Independent, Krasniqi se negó a aceptar dinero —solo le pidió que cubriera los gastos de él y sus dos acompañantes. “Me conmovió que no quería nada a cambio”, recordó Bamberski. “Sólo que se hiciera justicia”.

El 9 de octubre de 2009, Bamberski dio “luz verde” para la operación. En la noche del 17 al 18 de octubre, Krasniqi y otros dos hombres —Kacha Bablovani, un georgiano de 28 años, y un tercero identificado solo como “Ivan”, de quien se cree que es ruso y que nunca fue capturado— golpearon a Krombach en su casa en Scheidegg, lo amordazaron, lo vendaron, lo ataron y lo metieron en una camioneta, para manejar unos 250 kilómetros hasta el este de Francia.
A las 3:50 de la madrugada del 18 de octubre, alguien con acento ruso llamó a la policía de Mulhouse: “Vayan a la rue du Tilleul, frente a la aduana. Encontrarán a un hombre atado”.
La policía encontró a Krombach en el umbral de un edificio. Estaba vendado, amordazado, con hipotermia, una fractura de cráneo, heridas en la cabeza y una costilla rota. Cuando le quitaron la mordaza, sus primeras palabras fueron: “Bamberski está detrás de esto”.
Y en efecto, Bamberski fue detenido el 20 de octubre, portando 19.000 euros en efectivo. Se le imputaron cargos de secuestro, lesiones, privación ilegal de libertad y asociación ilícita. Fue liberado bajo fianza.
Años después, Bamberski explicó su decisión con una honestidad casi filosófica: “Antes de dar este gran paso, decidí básicamente no investigar cuáles serían las consecuencias legales para mí. Y al final resultó muy afortunado que no las hubiera buscado”. También dijo al diario alemán Schwäbische Zeitung: “Reconozco que desde el punto de vista legal fue un secuestro, pero para mí fue un transporte”.
Alemania exigió indignada la devolución de Krombach, la extradición de Bamberski y de los perpetradores del secuestro, sin embargo fue Francia esta vez quien rechazó las solicitudes. La ministra de Justicia de Baviera, Beate Merk, calificó la situación como “inaceptable”. “Es inaceptable cuando los individuos toman la justicia por sus propias manos”. Bamberski escuchó la crítica, pero no respondió.

El juicio: 29 años después
El juicio de Dieter Krombach en Francia se abrió el 4 de octubre de 2011 en la Cour d’Assises de París, tras ser pospuesto unos meses por problemas cardíacos del acusado.
Krombach, ahora de 76 años, se sentó detrás de un vidrio antibalas con la mano en la oreja para escuchar a los testigos. El hombre que durante décadas había esquivado a la justicia por fin estaba donde Bamberski siempre quiso verlo.

Los jueces franceses citaron los casos de Carlos el Chacal y Klaus Barbie —ambos procesados en Francia pese a haber sido aprehendidos en el extranjero— para justificar la legitimidad del proceso. La defensa de Krombach presentó siete recursos para detener el juicio. Todos fueron rechazados.
Varias mujeres acudieron a testificar que Krombach las había abusado sexualmente en su adolescencia, siempre usando inyecciones de cobalto-hierro para sedarlas. Danièle, ahora tomando parte civil contra su ex esposo, testificó sobre cómo él la drogaba. Por su parte, el médico de guardia que había firmado el certificado de defunción de Kalinka en 1982 reconoció desde el estrado por qué decidió no llamar a la policía aquella mañana. “Krombach era un médico muy respetado. Así que le dejé la situación a él”.
La sala sólo guardó silencio.
El 22 de octubre de 2011, en su declaración final, Krombach insistió: “No maté a Kalinka. Quiero subrayar que no soy culpable, que no maté a Kalinka y que no violé a Kalinka.” Luego añadió con solemnidad: “Juro ante el tribunal y ante la señora Gonnin que nunca hice daño a Kalinka”. Fue la misma negativa que había repetido durante 29 años.
Pero el jurado no le creyó. Lo declaró culpable de “violences volontaires ayant entraîné la mort sans intention de la donner” —violencia intencional que causó la muerte sin intención de matarla— y lo condenó a 15 años de cárcel efectiva. También fue obligado a pagar 400.000 euros en indemnizaciones a los sobrevivientes de Kalinka. El abogado defensor, Yves Levano, reaccionó con indignación: “Dieter Krombach no es Klaus Barbie”. Anunció apelación de inmediato.
André Bamberski, con los ojos llorosos, se dirigió a la prensa a las afueras del tribunal: “Mi primer pensamiento es para Kalinka. Lo que le prometí, lo que quería, era un juicio completo y justo. Ese objetivo se ha logrado. Se hizo justicia en su memoria y ahora por fin podré llorarla”. Luego hizo una pausa y añadió: “Ciertamente esto no es venganza. Es perseverancia de mi parte”.
En diciembre de 2012, el tribunal de apelaciones confirmó la sentencia. En abril de 2014, la Cour de Cassation —el máximo tribunal francés— rechazó el recurso final de Krombach. La condena quedó firme y definitiva. En 2018, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos declaró inadmisible su queja de doble juzgamiento. Después de 36 años, era a él a quien no le quedaba ninguna puerta abierta.
El padre condenado por hacer lo que la justicia no hizo
El 22 de mayo de 2014, Bamberski compareció ante un tribunal en Mulhouse por el secuestro de Krombach. La fiscal solicitó seis meses. La jueza le impuso un año en suspenso —más de lo pedido, pero sin encarcelamiento efectivo. Krasniqi y Bablovani sí recibieron un año de cárcel cada uno.
Al salir del tribunal, Bamberski dijo que estaba “un poco decepcionado” con la condena, creyendo que debía ser absuelto por haber actuado bajo una “compulsión moral”. Pero también declaró sin dudar: “He logrado lo más importante”. Llamó a su condena por secuestro un simple “asunto secundario”. La pregunta era si los jueces estaban de acuerdo con esa calificación —y la pena remitida sugería que, al menos en parte, sí lo estaban.

El final de Krombach y el descanso de Kalinka
Krombach fue internado en la prisión de Melun, cerca de París, donde su salud se deterioró progresivamente. En 2012 fue agredido por otros reclusos en Fresnes. Durante años presentó recursos de salud para obtener su liberación anticipada; todos fueron rechazados hasta que, en el verano de 2019, los expertos médicos concluyeron que su estado ya no era compatible con el encarcelamiento ordinario.
El 21 de febrero de 2020, Dieter Krombach fue liberado de la cárcel de Melun a los 84 años. Había cumplido cerca de 10 años y 4 meses de presidio. Su hija Diana lo acompañó de regreso a Alemania, donde se le ingresó en una residencia de ancianos cerca de Winsen an der Luhe, en Baja Sajonia.
André Bamberski reaccionó desde Toulouse con amargura: “Es asombroso. Pasó sólo 10 años y 4 meses en prisión. Eso es muy poco, es verdaderamente abominable. Para mí, debería haber sido condenado al menos a 30 años por asesinato agravado y envenenamiento”, pero nadie le respondió.
Finalmente, el 12 de septiembre de 2020, Dieter Krombach murió en la residencia de ancianos. Tenía 85 años. Alcanzó a vivir allí poco más de siete meses.En tanto, los restos de Kalinka Bamberski descansan en el Cementerio de Pechbusque, en Toulouse, en la región francesa de Haute-Garonne —el barrio donde vivía su padre y donde soñaba con instalarse en aquel fatídico verano de 1982. André Bamberski, hoy con 88 años, sigue visitando regularmente su tumba, ubicada detrás de la iglesia católica de Pechbusque.
Su padre cumplió la promesa que, según dijo en el juicio, le hizo a su hija: que algún día se haría justicia en su nombre. El precio que pagó para cumplirla fue poner en juego casi todo lo que tenía, incluyendo su propia vida.

Cómo hicimos esta nota
Esta nota fue realizada con asistencia de Claude, la IA de Anthropic. Inicialmente, un periodista revisó el caso y seleccionó documentos de referencia en español y en inglés, tras lo cual instruyó a Claude para extender la investigación a diarios en francés y en alemán. Luego el periodista revisó los nuevos antecedentes, entregó a Claude una estructura y le pidió crear un borrador en base a ella. Finalmente el periodista verificó las fuentes, editó el borrador insertando y eliminando párrafos, y preparó las imágenes para su publicación.
Enviando corrección, espere un momento...