Nuestra expedición comienza su cuenta regresiva para su término, y cada muestra y trabajo ha sido fundamental. Y por eso, cuando el muestreo termina, por ejemplo, comienza otra forma de observación. En frascos sellados, las comunidades microbianas siguen activas, revelando procesos que solo se manifiestan con el paso del tiempo.

No todas las muestras se congelan…Después de medir el metano en el momento exacto —cuando el agua aún conserva su equilibrio con la atmósfera—, algunas muestras siguen otro camino.

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Las que provienen de perfiles de profundidad y del agua inmediatamente bajo el hielo se guardan en frascos sellados.

Allí, los microorganismos no quedan inmóviles: siguen vivos. Siguen respirando, produciendo y consumiendo gases. En esas botellas, pequeños fragmentos del océano Austral siguen funcionando como ecosistemas en miniatura.

A cada una de esas muestras se le mide primero el metano inicial. Ese valor es el punto de partida. Luego, los frascos se dividen en dos destinos experimentales.

Científica preparando las botellas con muestras de agua para su incubación. | Científica inyectando metano en alguna de las incubaciones.
Instituto Milenio BASE

En algunos no se toca nada: se dejan tal como estaban en el océano. En otros, se agrega metano para favorecer a los microorganismos que lo “consumen”. A partir de ahí, comienza una espera activa.

Con el paso de los días y las semanas, volvemos una y otra vez a medir el metano en esas mismas botellas. Si el gas disminuye, es señal de “metanotrofía”: microorganismos que lo usan como fuente de energía. Si aumenta, es “metanogénesis”: otros que lo producen como parte de su metabolismo.

Ninguna botella contiene un solo tipo de organismo. En todas coexisten ambos grupos, en un equilibrio inestable, respondiendo a las condiciones que les impusimos.

Por eso estas incubaciones no buscan una respuesta simple. Buscan entender una tensión.

Estudiar estos microorganismos no es solo una forma de observar cómo responden al ambiente. También es una manera de entender cómo el ambiente se regula a sí mismo. A escalas microscópicas, estas comunidades influyen en la disponibilidad de gases, en el intercambio con la atmósfera y en la intensidad de señales climáticas que se propagan mucho más allá del lugar donde se originan.

Botellas con muestras de agua incubadas a largo plazo para medir la producción o el consumo de metano.
Instituto Milenio BASE

Lo que ocurre en estas botellas no es un fenómeno aislado de la Antártica: forma parte de procesos que, sumados en el tiempo y el espacio, contribuyen a regular el clima del planeta.

Lo que ocurre en cada frasco no es una reacción química aislada, sino una comunidad entera que, bajo ciertas condiciones, inclina la balanza. Ese pequeño volumen de océano puede actuar como fuente de metano o como sumidero. Puede amplificar una señal climática o amortiguarla.

Estas incubaciones empiezan aquí, en el frío del océano Austral, pero no terminan aquí. Viajarán con nosotros. Serán medidas durante semanas, quizás meses, hasta que su historia metabólica se vuelva clara.
Mientras tanto, dentro de cada botella, la Antártica sigue respirando.

Paisaje Antártico
Instituto Milenio BASE

Y lo que ocurra en ese espacio controlado empezará, más adelante, a dialogar con todo lo que medimos en el océano abierto: con el hielo, con la profundidad, con el clima y con las decisiones que tomamos —o que no pudimos tomar— en terreno.