Durante los últimos cuatro años, nada, nada de esto fue prioridad para “la diplomacia turquesa” de Gabriel Boric y su canciller.
En la segunda vuelta presidencial de 2021, en Magallanes y Antártica Chilena el diputado Gabriel Boric logró el 61,3% de la votación. Mucho más allá de que -hasta la elección de 2025- “Magallanes históricamente votó por la izquierda”, el citado 61,3% de hace cinco años se interpretó como una señal de esperanza respecto de que -“con un presidente magallánico”- el enorme potencial que nuestra Zona Austral ofrece al desarrollo del conjunto del país sería, finalmente, prioridad gubernamental. No fue así. La decepción ha sido profunda.
Prueba de ello es que, en la segunda vuelta presidencial de diciembre, la candidata que -en todo lo esencial- encarnaba la continuidad del actual gobierno, solo logró el 44% de los sufragios. En Punta Arenas, la ciudad natal de Gabriel Boric, José Antonio Kast obtuvo el 55,2% de los votos. El resultado habla por sí mismo.
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Si el resultado de la última elección presidencial puede entenderse como parte de un fenómeno nacional, la indiscutible victoria de Kast encapsula la profunda decepción de patagónicos y fueguinos respecto de un gobierno que, en todo lo sustantivo, resultó muy decepcionante.
Un elemento de esa decepción se origina en las dificultades impuestas al sector productivo por la embestida ambientalista (propiciada por los partidos de gobierno) que, como se dice en Punta Arenas, “fosilizó” el 66% del territorio bajo algún sistema de protección ambiental.
A cambio, el “ambientalismo nortino” no creó ni un solo puesto de trabajo productivo permanente. El continuado acoso del buenismo de oficina se hizo sentir con fuerza sobre la salmonicultura, la pesca industrial y artesanal, la industria del hidrógeno, la construcción y la infraestructura e, incluso, sobre el turismo. En resumen, un atentado sobre la creación y la estabilidad del empleo de miles de familias.
Desde un punto de vista geopolítico y geoestratégico, el buenismo de oficina se consolidó como una amenaza para la seguridad de Chile, en tanto contribuyó al despoblamiento y a perpetuar fronteras interiores esencialmente peligrosas. Punta Arenas y Puerto Natales siguen sin comunicación directa con el resto de Chile.
La Cancillería de teflón
Desde el extremo sur de Chile se percibe que, junto con cierto establishment del Ministerio de Medio Ambiente, un promotor principal de lo descrito más arriba fue el Ministerio de Relaciones Exteriores. Durante las últimas décadas, salvo el interregno de las gestiones de Roberto Ampuero y Teodoro Ribera, dicho ministerio no mostró ni interés, ni preocupación, ni capacidades cognitivas para asumir la complejísima problemática austral.
Por el contrario, en el contexto de su obsesión por “brillar en reuniones internacionales”, la diplomacia chilena convirtió a la Zona Austral en una postal y un comodín para justificar candidaturas a presidir conferencias y organismos de dudosa importancia para el interés material de los ciudadanos.
Alternativamente, para propiciar nuevos tratados (más y más regulaciones), sin ocuparse de los efectos prácticos de iniciativas pensadas, exprofeso, para no trascender al gobierno de turno. Lo que importó fue “la imagen”, “el comunicado”, “el selfie”, la “photo opportunity” y la per se efímera “tendencia”. Parecería que la lógica de todo eso puede resumirse en el aquel refrán que dicta que “lo comido y lo bailado…”
La lógica del “interés permanente de Chile” no fue parte la ecuación del gobierno que termina.
Eso, por ejemplo, explica la renuencia para entender la inconveniencia de que en los comunicados de los encuentros entre los presidentes de Chile y Argentina se siga incluyendo nuestro “aval” al reclamo territorial del vecino sobre los espacios marítimos circundantes a las islas Georgias, Sándwich y Orcadas del Sur. Desde estas se proyecta el reclamo maximalista argentino que abarca parte sustantiva de la Antártica Chilena. En términos político-administrativos, se trata de miles de kms2 del territorio de la región del país de la cual es originario el actual Presidente de la República. Acudiendo a una expresión puramente chilena: Plop!
El desinterés por los asuntos que tocan a la integridad territorial del país también explica por qué, después de cuatro años de gestión, la Cancillería de Boric no se ocupó de enfrentar el desafío planteado en 2023 por Argentina en materia de proyección de la plataforma continental más allá del Cabo de Hornos (recursos naturales del suelo y subsuelo marino). Tal asunto fue entonces elevado a la Comisión de Conciliación del Tratado de Paz y Amistad de 1984, cuya sección chilena sigue sin nombrarse…
De la solución de este asunto depende, en buena parte, la comprobación de la continuidad geográfica de Chile desde y hacia la Antártica, tal como esta está establecida en el Decreto Antártico de 1940 y la Ley Antártica de 2021.
Para afirmar esa continuidad se requiere que Chile complete su presentación sobre la plataforma continental al sur del Cabo de Hornos, cuestión que, después de cuatro años con un “Presidente magallánico”, tampoco ocurrió.
Tampoco se procedió a la conveniente actualización de los límites de la plataforma continental del (innecesario) Parque Marino Cabo de Hornos-Paso Drake que, al detenerse en un meridiano anterior a la longitud de dicho cabo, parece ser “la aplicación chilena del principio bioceánico argentino”, derivado de una “libre interpretación” de una cláusula del protocolo de Límites de 1893 (“Chile en el Pacífico, Argentina en el Atlántico”).
El desinterés de la Cancillería (Difrol) y el Gobierno también explica por qué sigue sin corregirse la cartografía chilena que considera que la Patagonia (el “país de los Patagones”, ergo el pueblo Tehuelche) también incluye no solo a la Tierra del Fuego (la tierra del pueblo Selknam), sino también a las islas al sur del Canal Beagle hasta el Cabo de Hornos (el espacio del pueblo Yagan). Si, como afirma Argentina, “la Patagonia termina en el cabo de Hornos”, entonces allí podrían “dividirse” las aguas del Pacífico y del Atlántico. Si eso fuera correcto (no lo es), entonces -si usted mira un mapa- comprobará que Chile no tiene proyección hacia la Península Antártica (Tierra de O’Higgins).
Durante los últimos cuatro años, nada, nada de esto fue prioridad para “la diplomacia turquesa” de Gabriel Boric y su canciller.
Menos lo fue la cuestión no resuelta del Campo de Hielo Sur, resultante de un tratado absolutamente innecesario suscrito en 1998, en el que diplomacia chilena (otra vez) no comprendió la diferencia (más que semántica) entre “demarcar en terreno” y delimitar (fijar un límite acordado previamente).
Este “error geográfico, político y diplomático” nos ha puesto en una situación que, como se puede observar en Google Earth (que acoge la tesis maximalista argentina), coloca a Argentina a menos de ocho kilómetros de uno de nuestros fiordos. Esa es la razón por la cual, hace algunos años, Cristina Fernández afirmó que su país tendría un puerto en el Pacífico.
El “legado de Boric” y el próximo gobierno
El intríngulis de la aprobación express del proyecto “cable submarino chino” (y el subsiguiente reclamo geopolítico norteamericano) ha movido al gobierno a convocar a la defensa de la soberanía del país. Esto, a pesar de que, a dos semanas de cumplir con su periodo, tal defensa no fue, como indico, “tema”.
Por este simple motivo el colofón del presidente Boric afirmando que “la política exterior debe tener continuidad” (también aplicable a la candidatura inconsulta de Michelle Bachelet a la ONU) no es nada más que una (otra) afirmación vacía de contenido.
Practicando el “método teflón”, ni él, ni su “segundo piso”, ni su Cancillería se preocuparon de las cuestiones de la soberanía o de la integridad territorial de Chile. Por el contrario, por razones ideológicas, esas materias siempre les incomodaron.
Su diplomacia (supuestamente “silenciosa”) será recordada no solo por su levedad, sino por su agenda internacionalista que -como lo ilustra la obsesión por poner en aplicación “el Tratado de Alta Mar”- pretendió convertir a nuestro territorio y a sus recursos naturales (sustento de nuestro bienestar) en souvenirs para sus pares con domicilios en barrios acomodados de países del hemisferio norte.
El presidente electo José Antonio Kast conoce de estas deficiencias, y también conoce los territorios australes y a sus habitantes. Por ello cabe la esperanza de que su gestión -y la de sus ministerios de Relaciones Exteriores y Medio Ambiente- con sano patriotismo se ocuparán de los desafíos anotados más arriba. Hay otros igualmente complejos.
El nuevo Presidente se encontrará con la oportunidad para elevarse por sobre un “relato” que insiste en proposiciones sin sustancia, y que se contenta con “actividades” como la mentada “visita presidencial al polo sur”, en la que Boric fue recibido en una base norteamericana, y tratado como “huésped” en territorio nacional (pequeño detalle). Junto con el obligatorio “selfie”, esa visita es -se supone- parte del “legado de Boric” a su región de origen. Otra vez: Plop!
Es de esperar que la nueva administración se sobreponga a tanta levedad, y se ocupe en serio de los problemas que no solo son obstáculos para nuestro desarrollo, sino que amenazan a nuestra integridad territorial.
En pedir no hay engaño.
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