Nuevas bases militares, el futuro reemplazo de los cazas F-5, modernización de blindados, drones, guerra electrónica y mayor presencia en la Antártica forman parte del despliegue que prepara Chile para las próximas décadas. Una estrategia anunciada semanas después de las tensiones con Argentina por el Estrecho de Magallanes y mientras Buenos Aires reactiva su propia base naval en Ushuaia. Defensa, sin embargo, recalca que las decisiones responden a una planificación de largo plazo y no a la coyuntura bilateral.
A un lado de la cordillera, Argentina reactivó la construcción de una Base Naval Integrada en Ushuaia. Al otro, Chile acaba de anunciar nuevas bases militares, la renovación de parte importante de sus capacidades aéreas y terrestres y un reforzamiento de su presencia naval y antártica.
Los movimientos ocurren con pocas semanas de diferencia y después de una seguidilla de episodios que volvieron a instalar al extremo austral en la agenda entre Santiago y Buenos Aires.
Pero desde Punta Arenas, el ministro de Defensa, Fernando Barros, buscó marcar una diferencia desde el comienzo: el plan chileno, aseguró, no nació de la contingencia.
“La Defensa no se improvisa y no responde a temas de coyuntura”, sostuvo el secretario de Estado al presentar una estrategia que, según explicó, forma parte de una planificación que se proyecta hasta 2043.
La dimensión del anuncio permite entender la insistencia.
No se trata de una sola compra de material militar. Defensa puso simultáneamente sobre la mesa el futuro de los cazas que resguardan el extremo sur, la modernización de sus tanques, nuevas tecnologías para el Ejército, bases militares adicionales, patrullaje marítimo de largo alcance, infraestructura naval y una expansión de las capacidades chilenas hacia la Antártica.
En otras palabras, Chile comenzó a dibujar cómo pretende mantener su presencia militar en el extremo austral durante las próximas décadas.
El fin de una era para los F-5
Una de las piezas más simbólicas del plan está en la base aérea de Chabunco.
Los F-5 de la Fuerza Aérea llevan 50 años de servicio y se aproximan al término de su vida operacional. Por eso, Defensa dio oficialmente el primer paso para reemplazarlos.
Todavía no existe una aeronave escogida. La FACh deberá realizar los estudios que determinarán qué modelo asumirá esa capacidad estratégica durante las próximas décadas y el Gobierno asegura que el proceso estará abierto a las alternativas disponibles en el mercado.
La decisión tiene especial importancia porque esos aviones están precisamente desplegados en la zona austral.
Pero el recambio aéreo va bastante más lejos.
La sustitución de los helicópteros Bell UH-1H —con cerca de seis décadas de servicio— ya está aprobada y financiada. Además, comenzará el proyecto para renovar la capacidad de transporte estratégico actualmente sostenida por los C-130 Hércules, fundamentales también para abastecer las bases antárticas y responder a emergencias.
Durante 2027, además, está prevista la incorporación de nuevas capacidades de patrullaje aéreo de largo alcance para la Armada.
Es la primera parte de una modernización que también llegará a tierra.
Más bases, drones y guerra electrónica
Los Leopard 1 desplegados en Magallanes tampoco quedarán intactos.
Defensa autorizó su modernización para extender durante algunos años su vida operativa, pero paralelamente encargó al Ejército estudiar una renovación más profunda de sus capacidades australes.
Ya no se piensa únicamente en blindados y poder de fuego. El Ministerio plantea incorporar las lecciones de los conflictos contemporáneos mediante sistemas no tripulados, guerra electrónica, comunicaciones seguras y nuevas capacidades de observación y respuesta.
A eso se suma una decisión de mayor alcance territorial: Chile proyecta construir nuevas bases militares en la zona austral.
De esta forma, el objetivo es aumentar permanentemente el número de efectivos y medios disponibles y mejorar la capacidad de respuesta en lugares que actualmente no están cubiertos.
Según información entregada por Defensa, la intención es contar con contingentes que no lleguen solamente por períodos determinados, sino con militares que vivan permanentemente en el territorio.
La lógica detrás de aquello aparece repetida en prácticamente todos los documentos que acompañaron el anuncio: para el Gobierno, la soberanía no basta con declararla, sino que requiere presencia física, infraestructura y capacidad operacional.
“La soberanía no solamente se declara; la soberanía se ejerce”, resumió Barros.
Argentina también mira hacia el sur
Ahora bien, el anuncio de nuestro país adquiere otra dimensión por el momento en que ocurre.
Al otro lado de la frontera, el gobierno de Javier Milei también comenzó a mover sus piezas en el extremo austral.
Argentina reactivó durante septiembre el proyecto de la Base Naval Integrada de Ushuaia, que busca transformarse en una plataforma logística en el Atlántico Sur y apoyar su proyección hacia la Antártica. El propio Gobierno argentino anunció mayores recursos para Defensa con el objetivo prioritario de iniciar su construcción y aumentar capacidades de telecomunicaciones e inteligencia. Buenos Aires ha señalado que el proyecto no tiene carácter bélico.
El movimiento se produjo, además, prácticamente en paralelo a una controversia diplomática con nuestro país.
A comienzos de septiembre, los presidentes José Antonio Kast y Javier Milei buscaron cerrar las diferencias surgidas por el Estrecho de Magallanes. Ambos gobiernos reafirmaron la vigencia de los tratados de 1881 y 1984 y la soberanía chilena sobre la totalidad del Estrecho.
Sin embargo, apenas horas después, el canciller argentino Pablo Quirno calificó a Argentina como un país “bicontinental, bioceánico” mientras explicaba precisamente la construcción de la base de Ushuaia y la intención de fortalecer la presencia argentina en el Atlántico Sur y su proyección antártica. Posteriormente, aclaró que sus palabras se referían al Atlántico Sur y aseguró que Buenos Aires respetaría los tratados vigentes con Chile.
Así, aunque ambos gobiernos han buscado bajar la tensión y no existe en los antecedentes revisados evidencia de que el plan chileno haya sido diseñado como respuesta al argentino, es un hecho que los dos países están reforzando casi simultáneamente su infraestructura y capacidades estratégicas en el extremo sur.
Y ambos miran hacia un mismo punto: la Antártica.
La otra disputa: convertirse en la puerta de entrada a la Antártica
Para Chile, Punta Arenas ocupa el centro de esa estrategia.
Defensa define a Magallanes como el lugar desde donde el país se proyecta hacia el continente blanco, tanto por su posición geográfica como por la infraestructura logística que sostiene operaciones nacionales y extranjeras.
Por eso el plan contempla gestionar financiamiento para mejorar la infraestructura portuaria naval de Punta Arenas y fortalecer las capacidades de la Armada en el Estrecho y los mares australes.
Más al sur habrá otro movimiento.
La pista Teniente Marsh será mejorada con el objetivo de extender aproximadamente dos meses la temporada de vuelos hacia la Antártica. También se reforzará la infraestructura de la Base Presidente Eduardo Frei Montalva y continuarán las mejoras del muelle de Bahía Fildes.
A ello se sumará un aumento de la vigilancia aérea y de los patrullajes marítimos.
La apuesta argentina presenta similitudes. Buenos Aires describe su futura base de Ushuaia como un polo logístico para el Atlántico Sur y como apoyo para su proyección antártica, mientras autoridades de Tierra del Fuego han vinculado el proyecto con el fortalecimiento de la presencia argentina en la región.
Así, más allá de las controversias diplomáticas, ambos lados de la cordillera están destinando esfuerzos a fortalecer su posición logística en uno de los espacios que previsiblemente ganará relevancia estratégica durante las próximas décadas.
Defensa queda fuera de los recortes
Todo ese despliegue requiere recursos. Y ahí aparece una de las señales políticas más claras entregadas por La Moneda.
El Gobierno decidió excluir a Defensa del ajuste presupuestario de 3%, argumentando que una reducción adicional podía afectar capacidades relacionadas directamente con la seguridad y soberanía.
Además, según los antecedentes entregados por el Ministerio, durante 2026 la inversión destinada a capacidades estratégicas será cercana al doble de la registrada durante el año anterior.
Defensa sostiene que el sector venía de una década de restricciones, período en que el aporte fiscal habría caído un 12% en términos reales mientras las Fuerzas Armadas asumían nuevas tareas y postergaban inversiones. Esa es la explicación oficial con que el Ejecutivo fundamenta el cambio de rumbo.
El plan, por tanto, no se limita a una declaración de intenciones.
Hay proyectos que recién comienzan sus estudios —como el reemplazo de los F-5 y la futura renovación de capacidades terrestres—, otros que ya cuentan con financiamiento —como los nuevos helicópteros— y obras para las cuales todavía deberán conseguirse recursos, como parte de la infraestructura portuaria.
La ejecución completa tomará años y probablemente atravesará más de una administración.
De hecho, esa es precisamente la tesis con que Barros presentó el proyecto.
“No estamos tomando decisiones para los próximos meses. Estamos tomando decisiones para las próximas décadas”, afirmó el ministro.
El horizonte fijado por Defensa llega hasta 2043. Para entonces, si los proyectos anunciados avanzan según lo planificado, el paisaje militar del extremo sur debería ser bastante distinto al actual: nuevos cazas en lugar de los veteranos F-5, otras capacidades terrestres, más vigilancia marítima, infraestructura antártica reforzada y una presencia militar permanente más extensa.
Todo mientras, a pocos kilómetros y al otro lado de la frontera, Argentina desarrolla su propia apuesta austral.
En un extremo del continente donde durante las últimas semanas volvieron a cruzarse conceptos como soberanía, bioceanidad, Estrecho y Antártica, Chile comenzó a preparar las capacidades con las que pretende llegar a las próximas décadas.