Tuvo un éxito arrollador como el primer actor en dar vida al temible conde Drácula pero al pasar los años, Bela Lugosi, nunca abandonó el papel hasta el día de su muerte.
En 1931, Bela Lugosi se convirtió en una pesadilla, o mejor dicho, le dio forma a una de las representaciones más icónica del cine mundial, la del conde Drácula.
Lugosi tuvo una carrera de altos y bajos, marcada por el éxito de su versión del vampiro en sus primeros años, para luego terminar en su última etapa, absorbido por el personaje.
El actor nacido en el antiguo imperio austrohúngaro es protagonista de una historia única, la de un inmigrante que soñó con un mejor pasar y que pudo hacer una fortuna en Estados Unidos, pero que termino en la pobreza.
Durante su carrera afirmó haber interpretado al príncipe de las tinieblas, más de mil veces, un papel que no abandono incluso después de muerto.
El inicio de una leyenda
Bela Lugosi es el nombre artístico de Ferenc Dezső Blaskó, el intérprete nació en 1882 en el imperio austrohúngaro (actualmente Rumania). Ya desde una temprana edad demostró dotes artísticas, por lo que decidió mudarse a Budapest para ser actor.
Aunque claro Lugosi, tuvo que abrirse paso a través de pequeños roles secundarios hasta que puso su carrera en pausa, tras enlistarse en 1914, como voluntario contra los rusos en la Primera Guerra Mundial. En el frente de batalla, el joven fue herido tres veces, la primera vez en la espalda en los primeros meses de entrar en el ejército.
Posteriormente, después de recuperarse, fue llevado a una expedición a los montes Cárpatos, en el lugar también fue herido pero ahora en los muslos, tras una emboscada sufrida por su pelotón.
Tras vivir de cerca la muerte, Lugosi volvió al frente al mando de una unidad. En la frontera entre Rusia y Hungría, sus soldados fueron emboscados por fuerzas soviéticas, que hicieron detonar una bomba, que lo hizo volar por los aires.
Herido y decepcionado por la guerra, abandonó el ejército poco después.
Pero desde entonces, el actor desarrolló una fuerte adicción a los calmantes. Era adicto a la metadona y la morfina, dos análgesicos usados para tratar el dolor crónico que sufrió durante su tiempo como militar.
Es justo el consumo de estos opiáceos, los que dejaron huella, en su carrera y mermaron su vida.
Bela Lugosi en EE.UU
El joven Lugosi después de abandonar la filas armadas, retomó su carrera como actor en 1917 y se estableció en Alemania. En el país germano filmó una docena de películas pero ninguna se conserva, consigna el medio español 20 Minutos.
Decidido en ir creciendo y adquirir más experiencia, en 1920, Bela Lugosi toma rumbo hacia Estados Unidos para hallar la esquiva fama.
Pero por más que quiso, en el país norteamericano, Lugosi tuvo dificultades con el idioma, incluso llegó a aprenderse de memoria sus líneas sin saber nada de inglés.
De esta forma, pudo protagonizar algunas obras de teatro, entre ellas, una que estaba basada en la novela escrita por el irlandés Bram Stoker “Drácula”.
Estrenada en 1927, la obra fue un rotundo éxito. Tras las funciones y ocasionar grandes filas en los teatros de Broadway, el húngaro recibió el llamado de parte del director Tod Browning, para llevar al personaje a la gran pantalla, pero no estuvo exento de problemas.
Según las quejas del actor, el Estudio Universal lo menospreciaba y sentía que sus dotes actorales eran infravaloradas.
Sin embargo, era tantas las ganas de interpretar a Drácula, que el actor aceptó un sueldo de 3.500 dólares. Según el medio Infobae, un actor de reparto obtuvo un salario cuatro veces mayor que el de Lugosi.
Después del estreno, la caracterización, encumbró a Lugosi a un podio, en que la elegancia y misterio del personaje le daban un aire único e indescifrable.
A partir de su éxito al interpretar al conde de Transilvania, llegó la fama y también el declive de su carrera.
La crisis de Drácula
En una realidad paralela, hubieramos visto que un mismo actor representaba a Drácula y al monstruo de Frankestein, y éste sería nada menos que Bela Lugosi, pero el actor que ya tenía más de 50 años, no quiso. Temía que sus fanáticos no lo reconocieran tras el maquillaje y la limitada actuación a través de los gruñidos del monstruo, lo que lo llevaría a un declive artístico.
No obstante, el rol fue a parar a manos de Boris Karloff, su rival en la actuación. Mientras esto lo condenó a papeles de reparto, Lugosi debió trabajar en roles menores en la franquicia rival, pues hizo de Igor, el ayudante del doctor Frankestein, en la película estelarizada por Karloff.

Karloff en una oportunidad admitió que su colega húngaro lo trato con desprecio. Alejado de las cámaras y las buenas historias, Bela Lugosi siguió explotando su figura como el amo de Transilvania, a pesar de la negativa de los ejecutivos de contratarlo en proyectos de mayor envergadura.
Ya que poseía una menor preparación que su colega Boris Karloff, Lugosi aprovechó todo el histrionismo del personaje para ganar un poco de dinero, sin embargo, al igual que en su vida profesional, el hombre tenía una caótica relación familiar, por sus consecutivos fracasos de pareja. En total, se casó cinco veces y en cada una de ellas fue acusado de ejercer violencia contra sus exesposas.
Alcohólico y adicto a los opiáceos, el otrora conde golpeaba las puertas de los estudios para poder trabajar. Aunque la oportunidad de oro surgiría de la manera más inesperada, por medio del aspirante a cineasta Ed Wood. De la mano de este joven director, el actor volvió al set: protagonizó Meets a Brooklyn Gorilla (1952), una película que narraba cómo un científico desquiciado realizaba experimentos con monos.
La muerte de una estrella
En abril de 1955, Lugosi inauguró un triste registro, ya que fue el primer actor que reconoció sus problemas con las drogas. El escritor Greg Mank relató en un documental basado en la historia de Lugosi, que en un momento de necesidad “mostró a los periodistas sus piernas con las marcas de las agujas, contó historias de cómo había llegado a comerse sus pijamas y de cómo su cuerpo pasaba del calor al frío cuando se drogaba. Era un hombre pidiendo atención a gritos”, remarcó Mank.
Fracasado y con una reputación por los suelos, sus colaboraciones con Wood lo mantuvieron ecónomicamente, en producciones de “clase B”, caracterizadas por ser películas de bajo presupuesto y con guiones bastante pobres.
Lugosi apareció en cuanto lugar lo invitasen, en secuelas de cine y actividades con el público. Algunas versiones confirman que en sus últimos años estuvo aquejado por alucinaciones, que incluso lo llevó a dormir en un ataúd para mitigar el dolor que le provocaba dormir en un colchón de hotel.
Hay relatos que insinuaban que se creía en verdad un vampiro, pero terminaron siendo exageraciones que lo convirtieron en una leyenda del cine de terror de tomo y lomo.
Pese a esto, el 16 de agosto de 1956, Lugosi falleció a causa de infarto, y tal como vivió, fue enterrado con una capa negra, la misma que usó en más de mil veces como el misterioso y seductor conde Drácula.
“Soy el conde Drácula, el rey de los vampiros, soy inmortal”, habría dicho antes de exhalar un último suspiro.
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