El objetivo declarado es proteger la salud mental infantil reduciendo la exposición temprana al ciberacoso, comparación social y dinámicas adictivas. Sin embargo, las redes sociales son solo una parte del problema.

Esta semana se comenzará a discutir en Chile un proyecto de ley que propone prohibir el acceso de niños y adolescentes a redes sociales antes de los 16 años, replicando la ley que hoy existe en Australia. La preocupación que lo impulsa es legítima: la salud mental adolescente está en crisis.

Según la Defensoría de la Niñez (2024), el 52,9% de los adolescentes chilenos presentan problemas de salud mental. Entre ellos: depresión (35,2%), ansiedad generalizada (25,9%) y consumo problemático de sustancias (28,2%). Múltiples estudios han demostrado asociación entre los problemas en salud mental y el uso intensivo de las redes sociales. Sin duda alguna, estamos ante un problema que requiere de medidas urgentes.

Australia aprobó una ley que establece la edad mínima de 16 años para tener cuentas en redes sociales. El incumplimiento recae en las plataformas digitales, que deben implementar mecanismos eficientes de verificación de edad, de lo contrario enfrentan multas millonarias. El objetivo declarado es proteger la salud mental infantil reduciendo la exposición temprana al ciberacoso, comparación social y dinámicas adictivas.

Sin embargo, las redes sociales son solo una parte del problema. La irrupción de la inteligencia artificial es quizás mucho más compleja y su impacto en la mente de un adolescente aún no podemos cuantificar.

En salud debemos siempre pensar en prevención. Y eso apunta a educar en ciudadanía digital. En un mundo atravesado por redes sociales e inteligencia artificial, esa formación no debiera ser opcional, es una condición básica no solo para la salud mental, sino para lograr una sana convivencia con el mundo digital. Y el adulto responsable es quien debe cumplir ese rol. No se le puede exigir autorregulación a un cerebro en desarrollo, sin adultos presentes, sin educación sistemática y sin normas que obliguen a las plataformas a diseñar entornos más seguros.

La prohibición no educa, sí genera obediencia, pero eso no garantiza el desarrollo de la autorregulación.

La adolescencia es un período altamente influenciado por la interacción social, y en un mundo hiperconectado, especialmente después de la pandemia, estas interacciones se realizan en gran parte a través de las redes sociales, una etapa especialmente sensible al grupo de pares. Quedar fuera de la esfera digital se puede volver amenazante en la mente del adolescente.

Investigaciones en neurociencia indican que la exclusión y el sentimiento de rechazo activan circuitos cerebrales similares al dolor físico. El fenómeno conocido como Fear of Missing Out (FOMO) —el miedo a quedar fuera— se intensifica en entornos digitales, la exclusión y la pérdida de reconocimiento social se viven con altos montos de ansiedad y angustia.

Cabe destacar que todas estas variables debemos considerarlas antes de cualquier regulación, porque hay que sostener adecuadamente la intensa respuesta emocional que puede surgir. Eso también es prevención.

Con todo, el debate que Chile debe dar no es simplemente “redes sociales sí o no”. El foco debe estar en qué responsabilidades exigimos a las plataformas, cómo protegemos el desarrollo emocional sin vulnerar los derechos de los jóvenes, y qué rol asume el Estado en educación digital y salud mental.

Sin un enfoque integral que combine regulación, evidencia científica y acompañamiento, la prohibición corre el riesgo de convertirse en un gesto político tranquilizador, pero poco efectivo.

Jacqueline Deustch Galatzan
Psicóloga Clínica de Niños, Adolescentes y Familias.

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