Vamos casi en la mitad de nuestra expedición antártica, pero es inevitable mencionar lo que nos espera a futuro: Al final, todas las rutas de muestreo terminan igual. Bidones alineados, bombas encendidas y filtros esperando. Es ahí donde el océano deja de correr y comienza a quedar atrapado.

Después de recorrer la Antártica en superficie, de descender en profundidad, y de ordenar el tiempo para que los datos no se deslicen unos sobre otros, todo converge en un mismo lugar: el laboratorio del buque.

Todas las formas de recolección de muestras —desde el buque, desde el zodiac, sobre el hielo o con la roseta— conducen finalmente al mismo punto: bidones llenos de agua de mar esperando su turno.

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Hasta ese momento, el océano sigue siendo un fluido. Para convertirlo en microbiología, hay que hacerlo “pasar” por algo.

Y la “filtración” es ese momento.

Usamos una bomba peristáltica con tres líneas en paralelo. Cada línea termina en un filtro, por lo que procesamos tres réplicas de la misma muestra simultáneamente.

La bomba no hace nada sofisticado: simplemente mueve agua de un lado a otro, igual que la bomba del buque o la que usamos sobre el hielo. Aquí, sin embargo, el recorrido es corto y preciso: desde el bidón hasta el filtro, y del filtro al recipiente donde se recoge el agua ya filtrada.

Ese recipiente no es un descarte. Es una regla.

Para cada filtro debemos saber cuánta agua pasó por él. Por eso el agua que lo atraviesa se recoge en botellas graduadas. Luego, normalizamos la cantidad de microorganismos retenidos por el volumen de agua filtrada. En general, apuntamos a unos cinco litros por filtro. Cinco litros que contienen millones de importantes células invisibles.

Algunas muestras se filtran en media hora. Otras toman más de una hora, a veces dos, o incluso más. La diferencia no está en la bomba, sino en el agua. Hay filtros que empiezan a teñirse lentamente de marrón, rosado o verde, según los microorganismos dominantes y las partículas en suspensión. Cada color es una señal de lo que ese tramo del océano estaba produciendo o acumulando.

Científica montando el sistema de filtrado para procesar las muestras. | Filtros y tubos
Instituto Milenio BASE

A veces, sin embargo, la carga de partículas es tan alta que los filtros de 0,22 micrómetros —los que usamos para capturar bacterias y arqueas— se saturan rápidamente. El flujo se vuelve casi nulo.

En esos casos, hay que retroceder un paso y hacer un prefiltrado. Pasamos primero el agua por filtros de poros más grandes para retener organismos de mayor tamaño y agregados de partículas. Solo entonces el agua puede volver a pasar por el filtro fino que nos interesa.

De esta forma, ese doble filtrado no es un atajo: es una forma de mantener la comparabilidad entre muestras. Permite que, incluso en aguas cargadas de partículas, los microorganismos que queremos estudiar queden retenidos de manera equivalente a los de aguas más claras.

Cuando la filtración termina, lo que queda en el filtro ya no es agua. Es una comunidad. Un conjunto de organismos microscópicos arrancados de su ambiente y fijados en un disco de unos pocos centímetros, como una pequeña placa de vida invisible.

Esos filtros se colocan en una solución que preserva su contenido, se sellan y se congelan. Así, el océano deja de fluir y comienza a viajar, ya “atrapado” en pequeños discos.

Mientras tanto, otras fracciones de esa misma agua —las que aún conservan sus gases disueltos— deben medirse de inmediato, antes de que el equilibrio se pierda.

Paisaje antártico en uno de los puntos de muestreo.
Instituto Milenio BASE

Este es un fundamental proceso que no sabe de horarios: día o noche. Así,en ocasiones nos vemos filtrando agua en la Antártica hasta altas horas de la madrugada, mientras el rompehielos continúa su recorrido por un continente clave para el estudio de la biodiversidad.