La nueva Ley de Convivencia y Buen Trato Escolar volvió a abrir el debate sobre cómo enfrentar el aumento de episodios de violencia en establecimientos educacionales. La normativa contempla la posibilidad de instalar detectores de metales en colegios, y revisiones de las pertenencias de estudiantes.
Esta discusión surge en medio de una preocupación por la seguridad escolar, intensificada tras el asesinato de una inspectora en Calama y diversos casos recientes de ingreso de armas en establecimientos.
Sin embargo, especialistas en infancia, educación y salud mental advierten que el foco en medidas de control podría desviar la atención de las causas profundas del problema. Para ellos, la violencia que aparece en los colegios no se origina necesariamente dentro de las escuelas, sino que responde a fenómenos sociales más amplios.
Violencia social que se expresa en la escuela
Juan Pablo Venegas, gerente de Incidencia en Políticas Públicas de World Vision Chile, una organización presente en nuestro país desde hace décadas, enfocada en el bienestar y la protección de la niñez más vulnerable, plantea que el concepto de “violencia escolar” puede ser engañoso. A su juicio, lo que se observa en los establecimientos educacionales es más bien una manifestación de conflictos sociales previos.
“Todo lo que estamos viendo hoy día que se denomina violencia escolar en realidad es violencia social que se expresa en las escuelas”, sostiene. Según explica, estudios realizados por la organización en 2025 en cuatro territorios del país revelaron que los propios niños y niñas identifican a la escuela como uno de los lugares más seguros de sus vidas.
El contraste, datos recopilados por la misma organización muestran que cerca del 50% de los menores sufre algún tipo de maltrato en el hogar, ya sea físico o psicológico, mientras que 70% experimenta situaciones de violencia en distintos momentos de su vida, ya sea en el barrio, la comunidad o la familia.
En ese contexto, Venegas advierte que centrar la discusión exclusivamente en la seguridad interna de los colegios puede invisibilizar las raíces estructurales del fenómeno.
“La violencia no nace en la escuela. Muchos niños y adolescentes llegan al aula con experiencias previas de violencia que han vivido en su entorno familiar o comunitario, y eso inevitablemente se manifiesta en sus relaciones”, señala.
¿Funcionan los detectores de metales?
La posibilidad de instalar detectores de metales ha sido una de las medidas anunciadas tras los últimos episodios de violencia. Sin embargo, especialistas advierten que la evidencia internacional sobre su efectividad es, en el mejor de los casos, ambigua.
“La pregunta central no es solo si estos dispositivos permiten detectar objetos metálicos, sino si realmente disminuyen la violencia o si son la mejor inversión pública para proteger a las comunidades escolares”, explica Venegas.
Según indica, investigaciones realizadas en países como Estados Unidos y Reino Unido, donde este tipo de sistemas se ha utilizado durante años, no muestran resultados concluyentes respecto de una reducción sostenida de agresiones dentro o fuera de los establecimientos.
En algunos casos, incluso se han observado efectos contraproducentes, debido a que la presencia de pórticos y controles estrictos puede deteriorar la percepción de seguridad, al generar la sensación de que el colegio funciona como un espacio de vigilancia permanente.
“Cuando los estudiantes y sus familias perciben que están entrando a un entorno parecido a una cárcel, se debilitan las relaciones de confianza que son fundamentales para una convivencia sana”, señala el especialista.
El riesgo de priorizar soluciones tecnológicas
Esta discusión también refleja una tendencia a buscar soluciones rápidas frente a crisis mediáticas. Venegas plantea que la instalación masiva de tecnología puede convertirse en una respuesta simbólica que genera tranquilidad inmediata, pero que no aborda el problema de fondo.
“Un detector de metales puede encontrar un objeto, pero no detecta problemas de salud mental, ni la falta de empatía, ni las experiencias de violencia que vive un niño en su casa”, afirma.
Desde esta perspectiva, el especialista propone redirigir los recursos hacia iniciativas de mediación escolar, mentorías, programas de salud mental y mecanismos de detección temprana de situaciones de riesgo.
También enfatiza la importancia de trabajar con las familias y las comunidades, ya que gran parte de los factores que influyen en la conducta de los estudiantes se originan fuera del establecimiento.
La mirada desde la salud mental
Al respecto, la psicóloga clínica de RedSalud Sahira Rivera coincide en que las medidas de control no abordan la raíz del problema. “Desde la perspectiva de la salud, la violencia debe entenderse como un fenómeno de salud pública, con un componente importante de salud mental”, explica.
Coincidiendo con Venegas, dice que debería centrarse en la prevención y en la detección temprana de estudiantes en situación de riesgo. “La clave es escuchar a los estudiantes, observar cambios en su comportamiento y ofrecer apoyo psicológico oportuno”, señala.
Rivera destaca además que los propios compañeros suelen ser los primeros en detectar señales de alerta, como cambios bruscos de ánimo, aislamiento o conductas agresivas. Por ello, fomentar la participación de los estudiantes y fortalecer redes de apoyo entre pares puede transformarse en una herramienta preventiva efectiva.
Otro aspecto que preocupa es el impacto que los controles estrictos pueden tener en la experiencia cotidiana de los estudiantes. Según Rivera, una vigilancia excesiva puede generar estrés, sensación de invasión a la privacidad y una disminución de la confianza en el entorno educativo.
“Si el colegio se percibe como una prisión, el efecto puede ser contraproducente”, advierte.
Para evitarlo, plantea que cualquier medida de seguridad debe ir acompañada de estrategias de humanización del control. Esto implica explicar a los estudiantes el propósito de las medidas, generar espacios de bienestar y promover relaciones cercanas entre quienes cumplen funciones de seguridad y la comunidad escolar.
Violencia con múltiples causas
Por último, los especialistas coinciden en que la violencia en los colegios es el resultado de múltiples factores. Entre ellos se encuentran las dinámicas familiares, las condiciones sociales, la influencia de pandillas, el consumo de sustancias y la presión ejercida por las redes sociales.
Muchos estudiantes que reaccionan con agresividad, señala Rivera, han crecido en entornos donde los conflictos se resuelven mediante gritos o golpes. “El colegio se convierte entonces en el escenario donde esas tensiones acumuladas estallan frente a la primera frustración”, explica.
A ello se suma la creciente exposición a violencia digital, que puede trasladarse al espacio físico del aula.
Por su lado, Venegas sostiene que el desafío es cambiar el enfoque desde una lógica reactiva hacia una anticipatoria. “Si estamos llegando a discutir detectores de metales, es porque ya fracasamos en anticipar el problema”, afirma.
“La pregunta no es solo qué hacemos cuando ocurre un hecho grave, sino qué estamos haciendo antes para evitar que suceda”, concluye.