Retomar el rumbo al desarrollo exige abandonar la política del pan para hoy. Porque las borracheras de deuda se pagan con resaca de estancamiento y retroceso económico.
Chile se acostumbró peligrosamente a vivir al día. Durante años, la respuesta política a casi todos los problemas fue la misma: más gasto, más deuda, más programas, más ministerios, más subsecretarías y más funcionarios. Como si la calidad de una política pública pudiera medirse por el tamaño del aparato que la administra o, dicho de otro modo, como si los problemas de la ciudadanía se solucionaran con más políticos. El resultado está a la vista: un Estado cada vez más caro, una economía cada vez más lenta y una ciudadanía cada vez más frustrada.
Por eso el proyecto de ley para la Reconstrucción Nacional y el Desarrollo Económico y Social debe leerse más allá de sus artículos tributarios. No es solamente un proyecto para bajar impuestos, lo que de por sí es una buena noticia. Va más allá, es una señal de rumbo. Y Chile necesita justamente eso: rumbo.
El proyecto propone, entre otras medidas, reducir gradualmente el impuesto de primera categoría desde el 27% hasta el 23%, entregar invariabilidad tributaria por 25 años a inversiones superiores a US$50 millones, reactivar la construcción mediante una exención transitoria de IVA a viviendas nuevas, establecer incentivos al empleo formal y ampliar recursos para la reconstrucción en zonas afectadas por incendios en Valparaíso, Ñuble y Biobío.
Por primera vez en décadas, Chile discute seriamente bajar la carga tributaria corporativa general, luego de años en que la tendencia fue subir impuestos y compensar la falta de crecimiento con más presión sobre quienes producen. Y esto importa, porque un país no se desarrolla castigando la inversión, sino atrayéndola y cuidándola con reglas claras.
La invariabilidad tributaria por 25 años es, probablemente, la señal más relevante. En tiempos donde la política piensa en la próxima elección, esta medida de Kast obliga a mirar la próxima generación. Un proyecto minero, energético, industrial, portuario o de infraestructura no se decide con la calculadora del año siguiente, sino que se evalúa a 15, 20 o 30 años. Nadie arriesga millones de dólares si cada ciclo político amenaza con cambiar las reglas del juego. Nadie juega con un tramposo.
Ahí está la diferencia entre un país serio y un país bananero. El país serio entiende que la inversión necesita seguridad jurídica, y responsabilidad fiscal. El país bananero cambia las reglas según la temperatura del momento, improvisa reformas para la galería y cree que el desarrollo se decreta desde el papel.
Chile venía caminando peligrosamente hacia esa segunda categoría: una donde la deuda parecía una fuente inagotable y el crecimiento una preocupación secundaria, algo que llegaría por ósmosis desde una política plagada de supuestas buenas intenciones. Pero la cuenta siempre llega. Y cuando llega, la pagan los mismos de siempre: los trabajadores, las pymes, la clase media y las familias que dependen de servicios públicos que prometen mucho y resuelven poco.
En ese sentido, el reciente cambio de gabinete no debiera quedarse en un simple ajuste de nombres. Debe ser el puntapié inicial de una cirugía mayor al aparato público, mediante la eliminación, fusión o rediseño de ministerios y estructuras que duplican funciones, encarecen decisiones y diluyen responsabilidades. Si incluso el exministro de Vivienda, Carlos Montes, dijo -en medio de la crisis por la reconstrucción de Valparaíso- que era “ministro de Vivienda, no jefe de la reconstrucción”, es decir ni él sabía para qué fue designado.
Así, el nombramiento de un ministro para dos carteras, como Obras Públicas y Transportes, si bien no elimina la estructura orgánica de cada ministerio, sí puede ser una señal de responsabilidad y coherencia. En la vida real, una carretera, un puerto, un tren, una concesión y el transporte público forman parte de una misma cadena. Coordinar mejor puede significar menos gasto, mejores obras y soluciones más rápidas para las personas.
La responsabilidad fiscal exige tener el coraje de decidir pensando en el bienestar de mañana y no solo en el pan de hoy. Durante años, a cada problema se le quiso bautizar con un ministerio, mientras el problema seguía ahí. Insisto: eso no es serio; es bananero. No todo ministerio es necesario y no toda promesa pública merece transformarse en una carga permanente para el contribuyente.
Chile tiene un nuevo capitán. José Antonio Kast, a poco más de 70 días de iniciado su mandato, tiene la tarea de recuperar la seriedad como país. Retomar el rumbo al desarrollo exige abandonar la política del pan para hoy. Porque las borracheras de deuda se pagan con resaca de estancamiento y retroceso económico. La caída de 0,5% del PIB en el primer trimestre de 2026 grafica la urgencia de volver a crecer. Mirar a 25 años no es olvidarse de las urgencias actuales, sino entender que ninguna urgencia se resuelve de verdad si el país deja de crecer.
Enviando corrección, espere un momento...
