Un sábado de 1976, Jorge Rojas Zegers asistió a una conferencia que terminaría cambiando su carrera. Un especialista extranjero explicó una técnica para intentar salvar a pacientes con quemaduras graves, un procedimiento que prácticamente no se utilizaba en Chile.
Rojas salió de aquella clase con preguntas, buscó al profesor para resolverlas y regresó a su trabajo sin imaginar que apenas unas horas después tendría la oportunidad de poner en práctica lo aprendido.
El domingo ocurrió un incendio cerca del Hospital Roberto del Río, en Independencia. Entre las víctimas había un niño de seis años que tenía quemado el 68% de su cuerpo. Cuando Rojas llegó al hospital el lunes y conoció su estado, acudió al director para pedir autorización para utilizar la técnica que acababa de aprender.
La propuesta parecía arriesgada, pero recibió el permiso. Cien días después, el pequeño regresó a su casa. Para el médico, en cambio, algo recién comenzaba, contó a La Tercera.
Rojas, médico cirujano formado en la Pontificia Universidad Católica y posteriormente especializado en cirugía plástica y reparadora, había encontrado un problema que iba mucho más allá de conseguir que un niño sobreviviera. Las quemaduras dejaban secuelas que podían acompañarlo durante todo su crecimiento. “El niño crece y las cicatrices se encogen. Por tanto, se van haciendo cada vez mayor daño”, explicó décadas después en una entrevista con BioBioTV. En esos años, recordó, la rehabilitación del niño quemado ni siquiera existía como un concepto desarrollado en América Latina.
Jorge Rojas y el nacimiento de Coaniquem
Rojas trabajaba entonces en el Hospital Roberto del Río. Allí, junto a otros profesionales, comenzó a atender y rehabilitar a menores que habían sufrido quemaduras. La experiencia dejó al descubierto una necesidad enorme y empujó al grupo a dar un paso mayor. El 19 de abril de 1979 nació oficialmente la Corporación de Ayuda al Niño Quemado (Coaniquem), liderada por el médico.
Pero crear una institución sobre el papel resultaba mucho más sencillo que levantarla. Necesitaban un lugar, planos, recursos y una forma de financiar su funcionamiento. Rojas imaginó entonces algo que podía parecer desmesurado para una organización que recién comenzaba: quería instalar el centro cerca del aeropuerto y de las principales carreteras porque estaba convencido de que algún día recibirían pacientes provenientes de todo Chile e incluso del extranjero.
Encontraron ese lugar en Pudahuel. Tras conversar con el municipio, consiguieron un terreno que primero recibieron en préstamo y que posteriormente quedó en manos de la institución. El centro comenzó atendiendo a pacientes de la comuna, después llegaron niños desde otros puntos de Santiago y, con el tiempo, desde regiones. Lo que había comenzado con un grupo de médicos terminó convirtiéndose en un modelo de rehabilitación integral.
La apuesta creció mucho más allá de ese primer terreno. En 2019, cuando cumplió cuatro décadas, Coaniquem informó que ya había atendido gratuitamente a más de 135 mil niños y jóvenes. Para 2024, la Universidad Católica situaba esa cifra por sobre los 140 mil pacientes de Chile y Latinoamérica.
Jorge Rojas, mientras tanto, había dedicado buena parte de su carrera profesional a una idea que resumió al recibir el Premio Nacional de Medicina 2024: “En Coaniquem hemos descubierto que para hacer esto, debemos hacer todo por el niño quemado”.
De tratar quemaduras a intentar evitarlas
Sin embargo, los pacientes que llegaban a Coaniquem también permitieron que Rojas y su equipo detectaran otro problema. A comienzos de los años 90 observaron que numerosos niños sufrían quemaduras durante las celebraciones de fin de año producto de petardos, bengalas y otros artículos pirotécnicos. En vez de limitarse a atender las consecuencias, decidieron investigar qué estaba ocurriendo.
El equipo comenzó una vigilancia epidemiológica de los casos y trató de responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿existían fuegos artificiales suficientemente seguros para que las personas pudieran manipularlos? La conclusión de Rojas terminó cambiando el enfoque de la campaña. “Una vez que se enciende es ingobernable”, explicó años después. Para el médico, el problema no dependía simplemente de si quien manipulaba la pirotecnia era un niño o un adulto.
En 1993, Coaniquem creó la campaña “Alto al Fuego”. Pero la organización no quería limitarse a recomendar precaución: comenzó a empujar una modificación legal que sacara los fuegos artificiales de las manos del público general. La discusión avanzó durante años hasta desembocar en la Ley 19.680.
La normativa se promulgó el 12 de mayo de 2000 y se publicó el 25 de ese mes. La ley incorporó los fuegos artificiales y artículos pirotécnicos al régimen de control de armas y estableció prohibiciones sobre su fabricación, importación, comercialización, distribución, venta, entrega y uso para las categorías contempladas por la legislación, además de regular los espectáculos pirotécnicos.
Quemaduras en menores de 15 años disminuyó en un 91%
Jorge Rojas relató que Coaniquem logró convencer al Ejecutivo y al Congreso de la necesidad de avanzar con la regulación. El efecto apareció rápidamente: según antecedentes entregados por el propio médico y recogidos por la Universidad Católica, durante el primer año después de la promulgación la tasa de personas quemadas por fuegos artificiales cayó un 85%.
Veinticinco años después, Coaniquem estimó que las quemaduras por pirotecnia en menores de 15 años habían disminuido un 91% respecto del momento en que entró en vigencia la legislación.
La historia que comenzó con un niño de seis años gravemente quemado terminó así atravesando dos terrenos que rara vez convergen en una misma carrera: la medicina y las políticas públicas.
Jorge Rojas no solo ayudó a construir una institución dedicada a reparar las consecuencias de las quemaduras, sino que empujó una legislación destinada a evitar que muchas de ellas ocurrieran. En 2024, casi medio siglo después de aquel paciente del Hospital Roberto del Río, recibió el Premio Nacional de Medicina, el máximo reconocimiento que entregan sus pares en Chile.