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Juan Pablo Sepúlveda (33) se mudó a Barcelona para cursar un doctorado en Economía Aplicada en la UAB. A pesar de su preparación académica y experiencia laboral, enfrentó dificultades financieras y de vivienda en la ciudad. Tras un año y medio, regresó a Santiago debido a la falta de financiamiento para sostener sus estudios, problemas con los trámites de extranjería y la crisis de vivienda en Barcelona.
Juan Pablo Sepúlveda dejó siete años de trabajo en Santiago para apostar por una vida en Barcelona. La falta de financiamiento y meses de trámites lo empujaron de vuelta a Santiago.
Una tarde de su primer año en Barcelona, Juan Pablo Sepúlveda (33) comparte unas pizzas con sus compañeros del curso de catalán en Sant Antoni. Roberta, una de las integrantes del grupo, había recomendado el local. En la mesa hay personas de Italia, Hungría, Escocia, Ucrania e India; también chilenos de Santiago y Curicó. A esa altura, Barcelona le gusta: ya hizo amigos y decidió aprender catalán por cuenta propia. Sepúlveda, vecino de Los Dominicos, en Las Condes, llegó a la ciudad tras siete años de trabajo en distintas empresas y cargos en Chile. Entró al Doctorado en Economía Aplicada de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), un programa con solo diez plazas.
“Siempre quise vivir afuera, en Europa específicamente, por todo lo que tiene. Podía ser trabajar o estudiar, pero estudiar parecía la opción más factible. Y cuando tuve esta oportunidad, la tomé nomás”, cuenta a BioBioChile. “Yo tengo un perfil bastante académico, estudioso, analítico, muy de estas cosas. Y un doctorado parecía un paso natural”.
Fuera de la universidad, viajó a Francia, Alemania y Portugal, salió de noche y fue a la fiesta del Pride de Barcelona. Con el catalán alcanzó el B2. La apuesta tampoco fue improvisada: es ingeniero civil de industrias y magíster en Ciencias de la Ingeniería, especializado en Transporte, de la Universidad Católica. El doctorado también avanzó: en junio de 2026 presentó en Bérgamo, Italia, una investigación sobre los efectos de los descuentos en el transporte público de Barcelona, en la conferencia de la International Transportation Economics Association.
El plan que empezó a fallar
Pero esa vida tenía un límite que no dependía de sus avances académicos. El financiamiento estable que buscaba para sostener el doctorado nunca apareció, los trámites de extranjería se prolongaron durante meses y la crisis de vivienda lo llevó a aceptar una habitación interior, sin luz natural, donde evitaba pasar demasiado tiempo porque se sentía encerrado.
Su caso se parece poco a las historias que suelen contarse sobre chilenos que parten a Europa. Llegó con estudios, experiencia y ahorros. El cálculo falló en otra parte: vivir cuatro años en Barcelona resultó más difícil de lo que imaginó.
Después de un año y medio en la ciudad, Sepúlveda volvió a Santiago. Desde Chile cuenta qué pasó.
—¿Por qué elegiste Barcelona para el doctorado?
“Por la red de la Universidad Católica y mis profesores, el lugar mejor aspectado para estudiar en Europa era Inglaterra, Londres. Pero estudiar allá sin financiamiento es muy difícil. Un máster de un año ya es un compromiso financiero importante; para un doctorado de cuatro años, impensable. No hubo opción de financiamiento por parte de las universidades y, en Chile, las becas para estudiar afuera se habían vuelto prácticamente imposibles”.
—Cuando llegaste, ¿cómo pensabas mantenerte?
“Por lo que había conversado con mis supervisores, la idea era postular a becas o a algunos convenios que se pudieran armar. Pero nada resultó. Yo siempre estuve con mis ahorros. Uno se prepara y dice: ‘Puedo estar tanto tiempo con ahorros’, y si no pasa nada, hay que pasar a otros planes. Lo que vi, al menos en mi programa de doctorado, es que la minoría tenía algún tipo de beca o financiamiento permanente. El resto se las arreglaba de forma bastante precaria, por ejemplo, con clases cuando aparecía la posibilidad”.
—¿Pensabas quedarte durante el doctorado o te imaginabas una vida más larga en Barcelona?
“Claro, uno se imagina el mejor escenario, ¿por qué no? Que todo resulte, que te hagas amigos, que la vida funcione. Pero tampoco era tan ingenuo. La idea era llegar, probar y ver cómo iban las cosas. Lo que sí tenía claro era que quería completar el doctorado allá. No pensaba volver antes”.

—¿Cuándo empezaste a ver que eso podía no resultar?
“El tema fundamental era el financiamiento, tener un ingreso permanente durante el doctorado. Cuando vi que las opciones se iban cerrando, el escenario cambió por completo. Ahí empecé a pensar en alternativas más radicales, hasta que finalmente tuve que dejar Barcelona”.
—¿Y con los papeles qué pasó?
“El tema de los trámites es un gran tema. Todo allá es lentísimo. A mí me dieron en un momento la opción de hacer unas clases como reemplazo, pero no pude tomarlas porque el papeleo todavía estaba en curso. Yo había hecho todo el trámite primero en Chile. Me dieron un visado corto y, una vez que se acabó, lo tuve que renovar. Fue un proceso lentísimo: duró cuatro meses. Eso limita mucho y corta posibilidades, hasta algo tan básico como poder volver a Chile y después entrar otra vez a España”.
—Después apareció el problema de la vivienda. ¿Cómo fue buscar dónde vivir?
“Ufff, el tema de la vivienda… quizá lo más complejo de Barcelona, por lejos. Para todo el mundo: para extranjeros, pero también para los nacionales. Básicamente, hay poca oferta, y la que hay es mala y muy cara. Además, hay regulaciones que dificultan mucho una búsqueda normal de vivienda. No es como en Chile, donde puedes ver algunos lugares, darte un tiempo y decidir”.
—¿Qué pasaba cuando encontrabas algo que te servía?
“Primero, si es que logras que te reciban en una visita y el lugar está disponible, prácticamente tienes que pedirlo de inmediato. No hay mucho espacio para elegir entre dos opciones. Entras a una cola y, con suerte, el dueño te elige. Con las habitaciones quizá es un poco más flexible que con un departamento completo, pero los problemas son parecidos. Y además tienes que compartir con gente desconocida. En mi caso, gracias a Dios, no tuve mayores problemas de convivencia. Tenía, dentro de todo, un espacio cómodo, aunque no era ideal”.
—¿Cómo era tu habitación?
“Yo vivía en una habitación interior, sin luz externa. Uno no está acostumbrado a eso en Chile; pensar en vivir sin luz natural es casi impensable. Allá llegas a esa situación y te afecta psicológicamente. Al final tenía que estar todo el día afuera para no sentirme encerrado en esa habitación”.
—¿Cuánto pagabas?
“550 euros (unos $585.000). Para Barcelona no era mal precio. Si bien la falta de luz era un problema, el barrio —Sant Gervasi— era muy bueno y me quedaba bien conectado con la universidad”.
(Desde Sant Gervasi, el viaje hasta el campus de la UAB, en Cerdanyola del Vallès, toma alrededor de 35 minutos en los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya).
—En medio de todo eso llegaste hasta un B2 de catalán. ¿Por qué?
“Una de las cosas que más me atrae de Europa es la interculturalidad. Tú sales a la calle y escuchas distintos idiomas; la misma gente habla dos, tres o cuatro. Eso es muy distinto a Chile o a buena parte de América, donde predomina el español y hay poco espacio para practicar otras lenguas. En la universidad pude tomar cursos de catalán gratis. Para mí era un interés por la lengua y la cultura, no una necesidad, porque todos los que hablan catalán también hablan español. Fue una experiencia entretenida aprenderlo”.

Un mal cálculo
—¿Te habías puesto un límite para conseguir financiamiento?
“Al inicio no me había puesto límite porque pensaba, quizá inocentemente, que iba a salir algo. O sea, un doctorado tiene que estar financiado de alguna forma… Diría que en Chile se esfuerzan más para que sea así, pero cuando llevaba casi un año allá tuve la certeza de que no iba a haber nada. Y ahí dije: ‘Bueno, me sigo manteniendo hasta el fin del año académico —junio-agosto— y luego tendré que hacer otra cosa’”.
—¿Recuerdas cuándo dijiste: “Ya está, me vuelvo a Chile”?
“En un momento, la única opción de financiamiento que quedaba era un convenio con la Generalitat (el Gobierno autonómico de Cataluña), pero al final se cayó. Ahí me di cuenta de que realmente ya no quedaban más opciones”.
—¿Qué fue lo más difícil de dejar?
“El estilo de vida de allá: la vida urbana, la vida cultural, las actividades, los museos, los lugares por conocer. También la vida nocturna. Como es una ciudad chica, está todo cerca: puedes caminar, tomar el metro y llegar rápido. Además, en general es segura de noche. Es un estilo de vida muy distinto al de Santiago”.
—Cuando viste que ya no podías seguir en Barcelona, ¿cómo resolviste terminar el doctorado?
“Cuando me di cuenta de que ya no venían más opciones, me dije: ‘¿Qué hago?’. Como mi objetivo era completar el doctorado, empecé a gestionar una opción de doble grado con Chile. Así podía terminar el primer año académico allá y después venirme para acá”.
—¿Cómo funciona ese doble grado?
“El doctorado en la Universidad Católica me pide hacer algunos cursos, pero yo ya tengo trabajado un primer capítulo de tres y eso me sirve para las dos universidades. La tesis y la defensa también sirven para graduarme en ambas”.
—¿Qué valoras de estar otra vez en Santiago?
“Acá en Chile no tengo que preocuparme por la vivienda ni por estar incómodo en el lugar donde vivo. Tampoco tengo todo el tema del papeleo que tenía allá. Eso ya está resuelto”.
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